| Palabras |
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| martes, 17 de febrero de 2009 | ||||||
Ponme un bloody, Juan, lento y atendido, como un suspiro que queda entre los restos. Ponme un bloody que me quite el desaliento y que desencadene, por ejemplo, poemas que no tengan en su soledad ganas de ganar encuentros. Ponme un bloody mary de tu sabiduría para libar algo de luz de una naturaleza que se va y sucumbe al hastío de las palabras que se juntan para ir desapareciendo o adormeciéndose en la crítica. Perdona Juan, si me quedo un rato mirando al techo y busco en él una razón que no debe existir entre las realidades, pero a la que tu paciencia -seguro- hará todos los honores.
Y es que nos mentimos, edulcorando realidades creyéndonos capaces de dirimir en esas palabras altanerías y sinsabores (por igual) que nos imaginamos nuestras; pero tras la estructura banal volvemos a preguntarnos: ¿para qué sirve todo esto? sin fidelidad en la respuesta, también es verdad. Sí Juan, bloody tras bloody voy volcando en este espacio guijarros que pretenden aclarar las aguas mientras otros creen que es vanagloria o rabia; pero, la verdad, sólo pretende aplicar soledades visionarias e ininteligibles; qué te diría yo, Juan, ojala hubiera sido poeta buscando su reflejo sobre las espaldas que va surcando. Ángel González me susurra desde el tiempo: "yo sé que existo porque tú me imaginas... pero si tu me olvidas quedaré muerto sin que nadie lo sepa". El maestro tiene el pulso de esas palabras, lo ves. Mientras tanto yo sólo he cursado lodazales o he sido un tatuaje doloroso. Apunta la tarde modelos cochambrosos, por eso ponme el quincuagésimo bloody mary y sonríe contra la barra esta merienda esquiva de la realidad que, a lo mejor, siquiera es eso; mientras tanto los crueles seguirán blandiendo los pañuelos blancos mientras miran de reojo sus bolsillos desde el balcón institucional. Quizás solamente cabe desaparecer para rumiar tiempo de la nada; pero no creas que fue baladí la protesta. En estos espacios insalubres, los codiciosos arriman el ascua a su sardina para hacer creer que son benévolos; pero ellos quieren cualquier guerra para arrasar contra todo aquello que no alcanzan pero que ansían. Atiende a los otros clientes, Juan; por ello, y por muchas cosas más, hay demasiadas cuestiones perdidas en esta guerra en la que a los de enfrente no les asustan los cadáveres. Mientras sirves, y los políticos licenciosos que aglutinan tu vida menean el fajo de aquellos billetes, déjame observar cómo se balancean los pies en la banqueta de tu bar. Que habites en una isla, Juan, no es cortapisa para que huyas de ella desde tu interior. Aquí no hay rutilantes estrellas a las que agarrarse... las han convertido en instinto ferial, queriéndolas dejar de palpitar entre los intereses de los ruines comerciantes; de ciegos con visión de futuro; de vendedores de irrealidades. Tú, Juan, prosigues aquí mirando porque, tal vez, sea lo único que queda por hacer. No obstante, Juan, mientras pones un bloody más, permíteme que te mire ajeno y crea que no todo está perdido; que la locura que alojan las palabras será, al final, perfil de fronteras que se precien rotas; que habrá quedado un gesto de rebeldía en ese giro inexacto del adjetivado que pronunciamos para insultar a la barbarie. No obstante -otra vez este artilugio de la escritura- habremos transido por ese oído que ha dejado en el paladar sabor a tomate combinado: fuera o no fuera de noche dentro o fuera de cada uno. No se resuelven así los entreactos de esta comedia de la que, quizás, un día despertaremos sintiéndonos equivocados; estos gestos de actualidad se solucionan asumiéndolos, no disfrazándolos de amenazas que llegan del exterior, porque no hay tales amenazas: acaso un espejo en el que Alicia no se quiere mirar mientras Carroll desdibuja su creación simplemente literaria. No somos responsables de las emociones, pero sí de lo que hacemos con las emociones; ese era uno de los motivos que Bucay establecía en sus ejercicios para razonar. La lucha también es emoción, te lo aseguro Juan. Palabras que decir, que resumir o que imaginar; palabras que repudiar pero que quieren decir... palabras, y el Bloody más mordaz y etílico que agite tu muñeca.
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Ponme un bloody, Juan, lento y atendido, como un suspiro que queda entre los restos. Ponme un bloody que me quite el desaliento y que desencadene, por ejemplo, poemas que no tengan en su soledad ganas de ganar encuentros. Ponme un bloody mary de tu sabiduría para libar algo de luz de una naturaleza que se va y sucumbe al hastío de las palabras que se juntan para ir desapareciendo o adormeciéndose en la crítica. Perdona Juan, si me quedo un rato mirando al techo y busco en él una razón que no debe existir entre las realidades, pero a la que tu paciencia -seguro- hará todos los honores.






