MUSEO DEL PRADO EN CEUTA

Dos genios en un solo retrato

Dos genios en un solo retrato
Isidoro Márquez, obra de Goya.
Isidoro Márquez, obra de Goya.  

En el retrato que cuelga estos días en el Museo de las Murallas Reales puede verse a una sola persona y dos genios. Cada uno en un lado del cuadro. Tras las pinceladas brilla ese fulgor oscuro inconfundible del genio: Goya, para el que hace más de un siglo que se agotaron los elogios. El genio en tiempo de tinieblas, el padre del arte moderno, el primer reportero de guerra. En resumen, miembro indiscutible del Olimpo de artistas de la Historia del Arte Universal, en mayúsculas.

Y bajo el pincel, preservado para la historia por el ojo crítico de Goya, su buen amigo Isidoro Márquez, encuadrado entre los retratos de amigos del pintor . Otro genio, aunque la historia no haya sido tan generosa con su legado. Márquez es el primer actor moderno de la historia de España. El actor y dramaturgo que sacó de las tinieblas  la escena teatral, el primero que deslumbró con Shakespeare ya en 1802 con deslumbrantes interpretaciones de Otelo y Macbeth. Suyo es el Reglamento (1818) con el que pretendía renovar y modernizar la vida teatral de la capital.

Gracias a Márquez, los teatros empezaron a regirse mediante juntas en las que estaban representados el empresario el dramaturgo y dos cómicos. También gracias a su reglamento, se elevó la figura del director, de manera que su opinión prevaleciera en la organización del orden de trabajo y los ensayos, se empezó a anunciar en los carteles el nombre de los artistas y se implantaron las sesiones nocturnas, entre otras tantas novedades que llevaron al teatro español a la era moderna.

Admirador de Shakespeare y del actor francés de la Revolución François-Joseph Talma, con quien pudo estudiar en París gracias a una beca del gobierno español —por mediación del ministro Manuel Godoy— Isidoro Márquez no solo ayudó a renovar la estructura social y empresarial del teatro en España, también su interpretación. Rompió con los cánones y esquemas tradicionales  y apostó por abandonar el clásico “amaneramiento, efectismo, falsedad y desidia", como dejó. Atrevimiento que le valió pasar de ser un perfecto desconocido a primer actor del Teatro del Príncipe.

Dos artistas geniales, dos adelantados a su tiempo que supieron ver más allá y llevar a España hacia la era moderna de la mano de su arte. Lo que no supo hacer la corte que con tanta maestría retrató.