ARTE

Jesús Zurita, el artista y los límites de la vida

Jesús Zurita, el artista y los límites de la vida
Jesús Zurita
Jesús Zurita  

Jesús Zurita es uno de los nombres fundamentales del arte contemporáneo ceutí y usted, casi seguro, no lo conoce.  Lleva dos décadas en el mercado del arte, lo que en sí mismo es un logro inhumano, su obra se ha colgado en medio mundo y sus exposiciones, personales y colectivas se cuentan por decenas, pero jamás ha expuesto en Ceuta, aunque la Ciudad sí posee alguna de sus obras.


“No vengo mucho y me prodigo menos”, admite en conversación con Ceuta al Día, sentados en un banco del Campus Universitario, donde va a dar una conferencia sobre su obra y su noción del arte a los alumnos del Aula de Mayores, entre los que se cuenta su padre. Una charla bajo el título de ‘Predación consentida’, un título misterioso y seductor, con un halo oscuro, como la obra de Zurita

Zurita cambió su sueño de juventud por uno más alto. Marchó de Ceuta a la Universidad de Granada siendo un adolescente que soñaba con ser dibujante de comic -“hijo anodino, estudiante mediocre que huye del mar y se refugia en Granada”, se describe en su biografía para una galería de arte. Pero la Universidad, la realidad del crudo negocio del cómic y un cartel de Rothko le cambiaron el rumbo.

Un profesor y artista, Curro Ruiz, y su hermano Julio, están en el origen de la pasión de Jesús Zurita por el dibujo. “Trabajé muchísimo, muchísimo, con el dibujo, con el entintado, en profundidad, esa fue la etapa ceutí de mi biografía, un trabajo sistemático continuado y en profundidad. Fue muy importante conocer a dos personas, a Curro Ruiz y su hermano Julio”.  Con ese trabajo a la espalda y ya en la Facultad de Bellas Artes, Jesús lo intentó en la industria del Cómic y emigró al Salón de Barcelona, “con mi carpetilla de originales bajo el brazo” al stand de ‘El Víbora’, pero la dura realidad lo recibió con un sopapo: “Había una visión desesperadamente industrial, te pedían requisitos ultraespecíficos de lo que tenías que hacer, que al fin y al cabo era lo que ha sido la vida del dibujante en este país antes de que entrase eso que se ha llamado novela gráfica donde la autoría tiene más juego. Antes no, era férreo”.

RothkoLa revelación de Rothko

“Ahí ya empecé a desilusionarme, me iba a costar mucho adaptarme a esa mentalidad”, recuerda, “pero al mismo tiempo iban avanzando mis vivencias en la Facultad de Bellas Artes, entrando en contacto con otro tipo de gente y un día vi un poster de Rothko de la Fundación Juan March y se me enterró en la cabeza aquello. Lo tenía en clase d  pintura, lo veía a diario, no se me quitaba de la cabeza. Eran otros funcionamientos y sencillamente quería saber cómo funcionaba eso y por qué”, rememora el artista recordando su momento de revelación condensado precisamente en un icono gráfico: un cartel de una de las pocas exposiciones de Rothko en España, en la Fundación Juan March en 1987.

El mercado del arte

Y desde entonces, asegura, tuvo claro que ese era su camino y sabía cómo hacerlo: “poco a poco” y siempre, sin excepción, tomándoselo “muy en serio” y sin engañarse a sí mismo ni a terceros: “He ido tomando conciencia a medida que pasaban los años de en qué medio me estaba moviendo y lo primero que te das cuenta en este mundillo-negocio es que lo que consigues tienes que conseguirlo de verdad, es muy fácil caer en lo fatuo y en las sombras, en los logros falsos, tienes que conseguir las cosas de verdad, con núcleo. Eso implica que tienes que desconsiderar los atajos y tienes que ir poco a poco y ganando terreno centímetro a centímetro y trabajando de verdad sin tonterías”, explica con un tono pausado, mirando hacia dentro.

Pero si las exigencias de la industria del cómic eran duras, los caprichos y veleidades del mercado del arte no lo son menos. Una dualidad con la que es necesario convivir. Mercado y arte son una misma cosa, reflexiona sin ambages Jesús Zurita: “No entiendo una escisión. Yo vivo de esto, trabajo con galerías, colaboro con museos, exposiciones, etcétera. Y  mi sustento económico sale de ahí. La conclusión principal  a la que llegue es que para que eso funcione, mi relación con  las galerías, con los museos, tiene que haber un núcleo real que pueda responder por él y él por mí, que es mi obra, mi trabajo. No puede ser una engañifa, no puede ser una tontería alámbica que pueda venderle a cualquiera. Así funciona mucha gente y han ganado pasta, pero con la misma han desaparecido y no se ha vuelto a saber de ellos y eso es terrorífico”.

Jesús Zurita. 2015 Dibujo. Tinta sobre Papel

Pintor narrativo

La obra de Zurita son historias abiertas, nudos sin desenlace fuera del tiempo y del espacio, historias que deambulan por los límites de la vida, "la enfermedad y la muerte", explica. Porque Jesús Zurita nunca abandonó la esencia de su sueño de juventud: contar historias. “Cambié de altar e hice la ofrenda a los dioses de la pintura y seguí y me olvidé del asunto aunque seguía consumiendo comics, pero sabía que no me iba a dedicar más a ello. Pero volvió en mi pintura y sigue estando presente porque sigo siendo un artista narrativo”.

Esa cualidad narrativa de su obra pictórica es el hilo conductor de su forma de entender el arte. “No encajaba con la industria del comic porque tenía que adaptar al tiempo verbal de la narración que yo necesitaba. Necesitaba conjugarme para sentirme para en el punto en el que podía decir algo. Y el comic es una narración muy específica, pero en la pintura sí puedo a través de una imagen construir una narración”.

Historias que tensan los límites de la vida para poder entenderlos: “Como límites entiendo la muerte y la enfermedad, pero no entrando en lo siniestro, desde la simbología más asentada y más al uso. Intento moverme en un territorio propio  y las influencias son las que son”, admite, pues es fácil encontrar en sus obras el aroma del comic o del universo de H.P. Lovecraft.. Lo que sí niega, rotundamente, es su presunto carácter onírico: los suyos son sueños conscientes.

“Se me ha vinculado con el surrealismo pero creo que eso es muy epidérmico. Planteo mis escenas plenamente conscientes, de hecho son escenas muy, muy conscientes. No echo mano de mis sueños ni de los ajenos. Me gusta pensar que lo que allí ocurre está ocurriendo de verdad en paralelo al espectador”.

El hilo rojo

La obra de Zurita está trufada de elementos reconocibles que se repiten a lo largo de su trayectoria. Uno es visible a simple vista: el rojo. “El rojo es una clave muy importante. Primero apareció como un reclamo para el espectador. Es un color al que podemos atribuir temperatura de una manera más directa, forma vínculos de una manera más directa con el espectador, te sietes atraído hacia ese rojo. Puedes suponer ahí el calor, puedes, te facilita la sinestesia, te entra y puede haber pálpito, puede haber irrigación, puede haber congestión. Una serie de nociones que por otro lado te llevan directamente a lo biológico. La figura humana está encriptada, prefiero de alguna manera que aparezca en ciertos puntos concretos, en ciertos  comportamientos, en ciertas relaciones que constituyen  el cuadro. El rojo en este sentido es un actor fundamental”.

La degradación de la vida

Los límites de la vida son una cuestión de tiempo y conciencia para Jesús Zurita. Lo humano, lo biológico, es en su obra “carne lánguida, putrefacta”. “Me interesa el peso de la degradación. Cuando algo está enhiesto, lleno de vida y lo va haciendo languidecer. El peso de la carne, el eco de la finitud pasando por la enfermedad”.

“La noción del límite no es la que en realidad nos permite mirar hacia un supuesto más allá y tener una especia de vista; la noción del límite es lo que te permite conocerte a ti. Es lo que  te permite saberte. No te das cuenta de tu cuerpo en la misma medida en que lo tienes presente con una enfermedad. En los momentos de la convalecencia tienes un sentido de finitud muy arraigado que te permite conocerte mejor, y esto es muy importante. Ese es uno de los combustibles para esas escenas que suelo pintar”.

Límites que no chocan, solo dialogan, danzan fuera del tiempo y del espacio: “Son siempre en fondo blanco o tela cruda, con partes que se relacionan entre ellas. No hay una unidad de lugar. Yo no pinto un espacio en el que ciertos personajes están en él y desarrollan una acción. Son partes establecidas sobre un fondo plano que se enfrentan en un territorio que es el de la pintura. Una tela sobre un bastidor. Cada parte es un territorio con sus límites, con su frontera y esos límites entran en conflicto unos con otros en la lectura bidimensional de la obra. La composición, que es la poética de todo esto es clave de todo esto”.