CONCIERTO

Pasión y Noa, en esta orilla del Mediterráneo, la vida es bella

Pasión y Noa, en esta orilla del Mediterráneo, la vida es bella
Noa y Pasión Vega durante su actuación en las Murallas Reales
Noa y Pasión Vega durante su actuación en las Murallas Reales  

“¿Ve usted? A mi juicio no sirve de nada hablar de música. Yo no hablo de música. (…) no creo que en música el tener razón tenga el menor valor (…) Se trata de hacer música, de hacer música tan bien, tanta y tan intensiva, como sea posible”, le decía en ‘El Lobo Estepario' el músico Pablo al señor Haller. Y eso mismo es lo que venimos a hacer aquí, a hablar de música –luego no sirve de nada–, de las dos horas largas, larguísimas, para algunos, que ofrecieron en las Murallas Reales el viernes noche Pasión Vega y Noa con una fabulosa banda.

A ambas les faltaron vatios en el sistema de audio. Sus virguerías vocales no sonaban apenas en las últimas filas de las Murallas, pero ponían los pelos de punta a pie de escenario, donde los más previsores, los más ordenados, los más afortunados, se sentaron en la silla para no respirar.

Así fue el espectáculo vocal y musical. De “vibrar” de “sentir la magia” de las dos voces de las artistas mezclándose como se mezcla el mar Mediterráneo de una orilla a otra, ‘de Algeciras a Estambul’, como reza la eterna copla de Serrat, también entonaron dentro de la traca final. A Estambul y un poco más allá.

Noa y Pasión Vega y sus músicos; Pasión y Noa hicieron música ¡tan bien! ¡tanta! Y ¡y tan intensiva! Como les fue posible. Y con ello lograron incluso que el gélido, ártico, público ceutí, bailara incluso en las últimas filas donde faltaban vatios. Erizaron pelos –¿qué más se puede decir? – al que las quiso apreciar.

Sus voces eran filigranas inefables incluso para el mejor de los poetas. Su repertorio, propio y ajeno, remendado y hecho a medida de sus portentosas voces emocionaba como emociona el primer amor o la aparición del familiar largo tiempo extraviado. ‘Sonata de la Luna en Marrakech’, ‘María se bebe las calles’, ‘Es caprichoso el azar’ o la esperadísima ‘La Vida es Bella’ –fin de fiesta de altura–, ¡tan bello!¡Tan intenso! ¡Tan música! Que no quedó nadie sentado.

El espectáculo, merece; el escenario, merece más; la seguridad, excesiva. Que a la única librera de literatura que queda en Ceuta la obliguen a levantarse del mármol de las Murallas por seguridad cuando lo está gozando, parece absolutamente injustificado por más terror por el terror que nos quieran imponer desde la sinrazón de raigambres podridas, por muy milenarias que sean. Que para algo somos pueblo también.

Y de eso iba el ‘show’ también. De cómo el mundo está cambiando, como en la cuna de la civilización, en el Mediterráneo, abandonamos a quienes buscan sueños y vida a la muerte y la pesadilla de cualquier ahogado sin ser capaces, la mayor parte de las veces, de salvar del ahogado el sombrero.

De cómo la mezcla es sana, hace sentir buenas cosas, vibrar, erizar, amar, y cómo el rechazo a lo diferente haría imposible un mundo mejor, un mundo donde se pueda disfrutar del espectáculo coral y virtuoso de dos artistas maduras como Pasión Vega y Noa.

Si algo falló el viernes 21 de julio en las Murallas Reales de Ceuta no fueron los músicos, ni las voces perfectas, afinadas, como toda la banda, armoniosas como la marea infinita del Mediterráneo, fallaron los vatios y la entrega de un público, más bien soso, más bien adocenado, falto del coraje necesario para armar la rebelión que merecía la entrega sobre las tablas, falto del ‘pellizco’ que haga que el mundo cambie, que los sueños no mueran ahogados en insolidaridad, y que incluso en Ceuta el público baile y sonría porque sí, porque el canto, la música, lo merece y porque la vida es bella, ¿qué cojones?