CRÓNICAS DE CORONAVIRUS

Día 9. Todos somos soldados en una guerra rara

Día 9. Todos somos soldados en una guerra rara
Un soldado del Ejército de Tierra monta el alojamiento de los inmigrantes en el polideportivo de La Libertad.
Un soldado del Ejército de Tierra monta el alojamiento de los inmigrantes en el polideportivo de La Libertad.  

Ya no le damos importancia a que se equivoque el calendario. Nos hemos acostumbrado. Hoy es lunes, dice obstinado el almanaque, pero no. Si parece domingo es que es domingo. Un domingo raro y largo. De esos domingos pastosos en los que todo parece irreal, distante. Hasta que ves al ministro de Sanidad, escoltado por la Policía Nacional, la Guardia Civil y el Estado Mayor, dando cifras de muertos y heridos por millares y despiertas en medio de una pesadilla, consciente de que, aunque lo parezca, no es domingo. Es lunes. Y estamos en guerra.

hasta al escritor de discursos del presidente Sánchez se le acaban las metáforas épicas para mantener viva la “disciplina social”, esa virtud de la que, no nos engañemos, no andamos sobrados, aunque como soldados en esta guerra rara no nos toque cavar trincheras, solo escondernos en ellas

“En estos tiempos de guerra o crisis, como queráis llamarlo, todos los días son lunes y en esta guerra irregular y rara que nos ha tocado vivir, en la que nos ha tocado luchar, todos somos soldados”, resumía el Jefe del Estado Mayor, el general Miguel Ángel Villaroya. Alarma, guerra, enemigo… La jerga bélica nos asedia desde hace ya nueve días y hasta al escritor de discursos del presidente Sánchez se le acaban las metáforas épicas para mantener viva la “disciplina social”, esa virtud de la que, no nos engañemos, no andamos sobrados, aunque como soldados en esta guerra rara no nos toque cavar trincheras, solo escondernos en ellas. Nuestra única carga diaria eran unos aplausos al atardecer y este lunes ya languidecen. Hasta la cacerolada contra el Gobierno se prolongó apenas medio minuto.

Hasta entonces solo nos queda luchar sin mover un músculo, tratando de que Ceuta siga como está, en fase de contingencia, rezando por no pasar a la fase de contención, recordaba el portavoz del Gobierno, Alberto Gaitán, impertérrito en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad

Somos soldados que ven la guerra desde la ventana, en estado de shock ante una realidad que cada día parece menos real. Una guerra en la que los verdaderos soldados visten bata blanca y en la que el Ejército encuentra ancianos muertos en residencias mientras otros son arrestados por cazar Pokemon; una guerra en la que el general en jefe es el ministro de Sanidad y el Palacio del Hielo es una morgue. Una guerra en la que luchamos contra un enemigo microscópico que ha puesto al planeta en jaque, uniéndonos cual diminuto Ozymandias ante una amenaza común, la primera de la Historia; una guerra que ha puesto patas arriba el orden mundial y, lo que es más difícil, nuestra jerarquía de prioridades. Una guerra en la que ya no sabes qué asusta más, si el presente o el futuro.

Pero, al fin, en el horizonte parece entreverse una luz: Madrid, epicentro del desastre, ha bajado su ritmo de contagios diarios, justo cuando se cumplen dos semanas del cierre de los centros escolares en la capital. Una esperanza, no obstante, triste. Esperanza de soldado, que se consuela contando menos muertos que ayer.

Esta guerra no solo deja muertos, también parados, suspendidos en un limbo cuyo final nadie tiene claro. Ceuta contabiliza hasta este lunes un total de 297 Expedientes de Regulación Empleo (ERTE) que dejarán temporalmente en la calle a más de mil trabajadores. Víctimas de una guerra rara, capaz de congelar la economía, pero capaz también de convertir en keynesianos a los más férreos neoliberales. De Merkel a Trump, pasando por Bruselas, todos se han convertido al intervencionismo. La deuda ya no es delito. La responsabilidad social sustituye a la estabilidad financiera. Veremos cuánto dura.

Pero eso es el futuro. Un futuro con fecha incierta, dúctil. Hasta entonces solo nos queda luchar sin mover un músculo, tratando de que Ceuta siga como está, en fase de contingencia, rezando por no pasar a la fase de contención, recordaba el portavoz del Gobierno, Alberto Gaitán, impertérrito en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad. 

Acaba desesperadamente lento este noveno día de confinamiento para tratar de frenar la curva de contagio del coronavirus COVID-19. Un día que ya comenzó como la jornada más negra desde que empezara la crisis. España ha iniciado la segunda semana de aislamiento con la muerte de 462 personas en 24 horas, el mayor incremento diario registrado hasta la fecha, hasta sumar un total de 2.182 fallecidos, confirmando lo que todos tememos: que España sigue pasos de Italia, el país del mundo más golpeado por el coronavirus. Pero, al fin, en el horizonte parece entreverse una luz: Madrid, epicentro del desastre, ha pasado de registrar un incremento diario de casos de un 185 por ciento del 8 al 9 de marzo a un ritmo del 5,7% en este último fin de semana, del 19 al 20 de marzo, justo cuando se cumplen dos semanas del cierre de los centros escolares en la capital. Una esperanza, no obstante, triste. Esperanza de soldado, que se consuela contando menos muertos que ayer.