jueves, 11 de marzo de 2010
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Cama de yerba
Vergüenzas y esperanzas PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Administrator   
jueves, 03 de septiembre de 2009
Vergüenza me produce ver que nuestro jefe de la diplomacia, Miguel Angel Moratinos, se deje ver junto a otros mandatarios y representantes occidentales en la fiesta del coronel Gadafffi, que se marche a adorar becerros de oro a desiertos lejanos. Ojo, y antes de que nadie saque la guerra de siglas: el ciclón de las Azores recibió a Gadaffi, otrora terrorista y hoy coleguita, en Moncloa y este le correspondió con algún regalo equino. Qué pena que unos cuantos barriles de petróleo valgan la dignidad de las democracias occidentales. Qué pena que nuestras democracias tengan los pies no de barro, sino de mierda, pura y pestilente.
Y esperanza, pese a todo, la de Madrid. Qué si: que el COI nos ha dado un palo y nos ha devuelto a la realidad. A la realidad de la rotación de continentes, a la realidad de que competimos contra tres ciudades pujantes. Tokio; siempre solvente. Chicago, patria chica de Obama y representante de un país cuyos votos fueron, si o si, decisivos para que Londres fuera sede en 2012 -¿habrá devolución de sufragios?-. Y Rio, ciudad que, de fracasar Madrid, me gustaría que fuera la sede de las Olimpiadas. Porque la belleza, reconozcamoslo, de la antorcha olímpica por Copacabana o el Pan de Azúcar sería casi inigualable; y porque, a un país que medio empieza a salir del atolladero, darle unos JJ.OO es ayudarle a salir del todo. Y porque a Brasil y a Latinoamérica le debemos la oportunidad de demostrarnos que en el Hemisferio Sur también saben hacer las cosas.
Pese a todo, algo me dice que no está todo perdido. Y pese a todo, mantengo la esperanza de que Madrid sea sede. Y no, no me escocería que la capital albergara las Olimpiadas. A Madrid voy poco, y para mi sólo es una parada previa a un monasterio de cuyo nombre no quiero acordarme porque quien me conoce lo sabe de sobra. Pero no se me olvida que es la ciudad que resistió como pudo los bombardeos, la ciudad por cuyas calles corrieron amotinados esquilachianos o en cuyas esquinas se escribieron algunos de los mejores versos de Lope o Calderón. Madrid siempre fue referente para el resto del país. "A ver que dice Madrid" , nos cuentan siempre los políticos. "El niño me ha salido listo; se lo quieren llevar a Madrid", fardan las madres de media España. Porque Madrid es, para lo bueno y lo malo, nuestra capital; con Madrid lloramos todos cuando reventaron sus arterias una maldita mañana de marzo y de Madrid y sus gentes nos sentimos todos orgullosos ese día. ¿Por qué Madrid?. Porque se que ahí no se va a silbar a mi himno ni nadie va a lanzar sibilinas consignas en favor de no se que independencias.
Por ello, ahora más que nunca, vamos Madrid. Porque también debemos demostrarnos que nuestra política exterior sirve para más que para ser comparsas en Europa y hombro amigo de dictadores. Y porque, y esto lo sabe bien Ruiz-Gallardón, la esperanza es lo último que se pierde...

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Operación Sinaí PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Administrator   
miércoles, 26 de agosto de 2009
Cuentan las crónicas que Pedro de Meneses, perteneciente a una familia de nobles portugueses enfrentada con la realeza y que queria congraciarse con los que entonces mandaban en Portugal, dió un paso al frente cuando Enrique el Navegante pidió un voluntario para gobernar Ceuta y dijo, cogiendo un palo, que con eso le bastaba para ejercer las tareas de Gobierno. Y echando la vista atrás, ahora que se aproxima el Día de Ceuta, uno no sabe si aquel Pedro de Meneses era un autentico superdotado, un santo varón o un cachondo mental. Porque gobernar Ceuta con un palo hoy sería imposible. Y si no que le pregunten a su sucesor, Juan Vivas, si es necesario algo mas que un cayado para gobernar la ciudad.
Pasaba lo mismo con otro palo mágico: el de Moisés, de quien dicen fue el mejor jugador de ajedrez de la historia ya que hizo tablas con Dios. Fue llegar Moisés, que por cierto era un tipo que se parecía sospechosamente a Ben Hur, darle un toquecito a las aguas del Mar Muerto, y este se abrió de par en par para que por allí pasara el pueblo de Israel.
Madre del amor hermoso. Si tuviéramos algo parecido al palo de Moisés, seguramente los dueños de las navieras acabarian dedicándose al noble arte de la cria del chanquete. Ustedes imagínense el cuadro: el de las navieras: “ofertas para residentes: por tres euros pasa usted, el coche, los niños, la mujer, y si quiere le secuestramos a la suegra y le echamos de comer al perro”. Cualquiera de nosotros: "no, no, déjelo, si es igual: yo, con este palo me basto, como mi tío abuelo perico".
Por desgracia, no tenemos un palo que abra las aguas del estrecho en dos trozos y deje a un lado los delfines y a otro las manchas de gasolina. El palo, más bien, nos lo llevamos nosotros cada vez que vamos a embarcar. Y por supuesto, se lo llevan los que vienen a vernos, que poco menos tienen que presentar un aval para sacar los billetes si es que alguno los tiene como el caballo de Espartero y se le ocurre la genial idea de pasar parienta, coche y niños a Ceuta sin ser residente.
Por eso, la propuesta de UGT, que no es nueva ni concreta pero si es propuesta, de qué el gobierno de José Luis haga algo mas que sonreir y obligue a que haya una alternativa –precios mas baratos aunque en barcos mas lentos- parece que, al menos, debe ser estudiada. Porque, o se hace algo, lo que sea, con las navieras, o aquí tenemos dos opciones: comernos las patas como los pulpos o irnos todos en comandita al Sinaí a ver si el de arriba se apiada de nosotros, nos llama detrás de una zarza ardiendo y nos endiña un palo que mole tanto como el de Moisés para guiar a nuestro pueblo hacia la tierra prometida (de fin de semana, claro).
(Introducción del programa Ceuta en la Onda el 25/08/09)

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El retorno del rey PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Administrator   
domingo, 26 de julio de 2009
Cuando el 2 de enero de 1997 Miguel Induráin anunciaba su retirada del ciclismo en activo, tras la frustrante y baldía intentona del sexto Tour, inmediatamente medios de comunicación y aficionados se pusieron a buscar al sucesor del Águila de Villaba. Las primeras miradas se dirigieron a Abraham Olano. Qué fue un buen ciclista, como asi lo atestiguan sus campeonatos del mundo contra el reloj y en fondo, su medalla olímpica, sus podios en el Giro o su Vuelta a España, pero que tuvo que cargar con el sambenito de ser "lo más parecido" que había a mano.
No fue Olano, como tampoco fueron Fernando Escartín ni Joseba Beloki; voluntarioso el primero y cumplidor el segundo, que cuando se decidió, por fin, a atacar y tentar la suerte se dio con su carrera contra los suelos una triste tarde de 2003. No lo fueron tampoco Roberto Heras ni el añorado José María Jiménez: grandes ciclistas e imperiales escaladores en casa, pero que fuera de nuestras fronteras no eran capaces de ganar una etapa.
Ángel Casero y Óscar Sevilla fueron inferiores a las expectativas que se generaron en torno a ellos. Luego llegó el fantasma del dopaje y lo que veníamos sospechando se confirmaba: que era imposible subir el Alpe D'Huez, el Angliru o el Mortirolo con un plato de espaguetis y una coca cola como único alimento. Asi que el ciclismo quedó desvencijado, afeado, apestado ante los ojos de millones de espectadores que nos habíamos enamorado de este deporte.
Y de pronto, cuando menos lo esperaba nadie y en un periodo de "entrereinos", aparece Contador. Que sube con la explosividad de Delgado, Parra o Pantani, que ofrece la seguridad y sangre fría del propio Indurain. Y coincide, además, con el mejor momento de la historia del ciclismo. Ganamos generales, si, pero también tenemos hombres que ganan cualquier tipo de etapas y llegamos al Tour no con una, sino con dos o tres opciones de victoria. Y encima coincide con un ciclista distinto, único en la historia de España, y cuya trayectoria se valorará cuando pasen los años: Óscar Freire.
Alberto Contador, pues, ha llegado para ocupar el trono vacante desde enero de 1997, para volver a dejarnos sin siesta. Y ello, por supuesto, sin desmerecer a grandes campeones como Pereiro, Sastre o el que se anuncia, Luis León. Y es que este deporte, a pesar de tantas trampas, a pesar de tantas injusticias cometidas sobre el, sigue teniendo algo que nos llama a sentarnos y aplaudir gestas imposibles sobre una bicicleta. Y encima, con un equipo en el que se prefirió a una vieja gloria antes que al mejor del presente.
Antes de terminar: se pregunta Greg Lemond -al que Hinault regaló su primer Tour y Fignon el segundo- como puede recuperar el de Pinto tan rápido. Y yo me pregunto como puede alguien, con dos perdigonazos en la espalda, ganar dos tours...

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Mi infancia PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Administrator   
viernes, 24 de julio de 2009
No son recuerdos de un patio de Sevilla, sino de la higuera de un viejo republicano en un barrio hecho de latas a cuya sombra descubrí, en compañía de un puñado de gitanillos buenos, lo que era la amistad. Mi infancia son un caño de agua fresquita o paseos por el muelle Cañonero Dato, de la mano de un abuelo orgulloso que gustaba de contarme historias de La Pirenaica o Radio Pekín.
Mi infancia son la radio de mi madre, a la que jamás nacieron canas sino rayos de plata, con las voces de Luis Del Olmo y Victor Jara. Mi infancia son enseñanzas de un padre que se obsesionó con llevarnos por un buen camino. No el de las universidades, sino el de la decencia.
Mi infancia son juegos en un Polígono recien estrenado, en los que, en compañía de un par de amigos, uno podía ser el Llanero Solitario, Tarzán, Butragueño, el Hombre Araña o cualquier cosa que la imaginación nos dejara. Mi infancia es Samaranch, anunciando con la voz temblorosa que la ciudad es Barcelona, Pedro Delgado alzando los brazos en París, Christopher Reeve derrotando a los malos o una naranja que fue mascota de un mundial.
Mi infancia son amigos y juramentos de sangre jamás incumplidos. Juramentos de amistad, de lealtad, de ser muletas cuando cojearamos. Juramentos que, en muchos casos, siguen aún vigentes. Es también enfermedad: un maldito corsé que me atenazó durante un lustro y una salud enfermiza durante tiempo, y fue la pena de ver a una abuela apagarse por días.
Es una hermana con la que dicen tengo tan poco en común que no me entiendo sin ella. Son vaciladas porque yo tengo un tio en América y suspiros con el día en que pudiera ver la Estatua de la Libertad. Son churros en el Campanero, es chicle Bazooka, es arena en los zapatos tras una noche de feria, son tardes de fantasía en el Cine África, a la subidita del Recinto. Es un puñado de chiquillos montándose en un viejo SEAT para jugar partidos en los llanos de la Marina o una perra que me despertaba lamiéndome la mano para ir al colegio.
Un día, me hice mayor. Y un día partiré. Y se que, como dijo el poeta, algún día mi padre no estará en el huerto ni mi madre en el maizal. Pero se también que siempre me quedarán recuerdos de esa infancia, ya sea en forma de libros de Julio Verne o Vázquez Figueroa, del anillo que luce mi dedo como el mayor de los tesoros o ya sea rememorando frases que me hicieron soñar ser Corto Maltés y poder gritar que yo soy el oceano Atlántico, el mayor de todos.
Dijo alguien que las infancias felices no interesan a nadie. Qué mentira. Mi infancia, que es mi patria, es el mejor patrimonio que tengo en el cofre de mis recuerdos. Y al cielo doy gracias por ello. Y es que, mientras la canción que mejor se escribió jamás en castellano suena en mi MP3, cada vez que veo la noche caer sobre el Chorrillo pienso que, efectivamente, está jugando en su arena.

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Niños y hombres PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Administrator   
miércoles, 22 de julio de 2009
Lo peor de traer las notas en rojo a casa era la bronca correspondiente. Con semblante serio, escuchaba el enésimo rapapolvo por haber suspendido hasta el bollycao. Me sabía de memoria la infancia de mis padres: el uno trabajando desde que era un niño a la par que estudiaba; la otra trabajando aún sin poder estudiar.
El tiempo pasó y pude comprobar cuanta razón llevaban aquellas palabras. Y cuantos niños han vivido ya el triple de experiencias que yo, afortunadamente, jamás viviré. Niños cuya infancia se queda en cualquier vertedero de Bombay, Río o Las Mimbreras buscando mierda y chatarra para poder revender. Niños cuyas delicadas manos y pequeños cuerpos sirven para bajar a profundidades que no se atreven los hombres. Niños explotados durante horas para que podamos llevar la camiseta del enésimo megacrack del fútbol mundial.
Niños con cigarros a medio consumir, cargando con algún Kalasnikov más grande que ellos. Niños que necesitan de muletas desvencijadas para poder caminar, tras pisar alguna mina antipersona. Niñas de primera regla, en edad de muñecas y pizarras, obligadas a ahogar los complejos de algún cerdo por cuatro duros en Cuba o Tailandia.
Niños que esnifan pegamento para poder comer, que cargan con bolsas de fruta y verduras superiores a su peso por apenas un par de dirhams. Niños cuyos padres viven de un talento precoz, y se ven castigados sin infancia para cantar, bailar y tener un rancho embargado a la hora de la muerte. El Niño Yuntero, pues, sigue siendo un poema válido. Quizá porque el propio Miguel Hernández se vio reflejado en el: pastor de cabras, que aprendió a leer de modo casi autodidacta, para convertirse -es mi opinión- en el más grande poeta que jamás escribió en castellano.
Por el contrario: niños que no tienen problemas, niños que lo tienen todo. Niños que juegan a ser hombres y violan a niñas con trece años y deficiencias psíquicas. ¿Hacer purgar delitos de hombres con penas de hombres a los niños?. Por supuesto. Nuestros niños, que no son yunteros, deben saber que los actos tienen, deben tener, consecuencias. Nos hemos cargado la escala de valores de un plumazo. Y antes de que alguien me tache de lo que no soy, que piense cuantos niños como los que he mencionado antes no soñarían, incluso, con unos años de cárcel en España antes que seguir dejándose la salud entre cañerías y ratas a la salida de Bombay.

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