MORIR EN EL MAR

La memoria del Guadalete pervive en la casa de Ceuta en Cádiz

La memoria del Guadalete pervive en la casa de Ceuta en Cádiz
Ignacio Mollá Ayuso en la sede de la Casa de Ceuta en Cádiz
Ignacio Mollá Ayuso en la sede de la Casa de Ceuta en Cádiz

Este ha sido el título de la conferencia pronunciada este martes veintiséis  de marzo por el comandante de Infantería del  ejército de tierra en la reserva Ignacio Mollá Ayuso en la sede de la Casa de Ceuta en Cádiz, al día siguiente de cumplirse los 65 años de la tragedia.

Esta misma conferencia ha tenido también lugar en la Ciudad Autónoma el día anterior, veinticinco de marzo, aniversario del hundimiento del dragaminas "Guadalete", suceso ocurrido en este mismo día pero de 1954.

            El presidente De la Yeza presentó al conferenciante, investigador histórico entre otras actividades, del que se da la circunstancia de ser hijo del penúltimo comandante de la referida unidad de la Armada, Teniente de Navío José Mollá Mestre, cuyo mando entregó (5.03.54) al que se hundió con el buque, Teniente de Navío González Aldama.

Aunque nacido en Cartagena, tanto su padre como seis de sus once hermanos nacieron en Ceuta. Entre otros destinos, sirvió como oficial de carrera en el Grupo de Regulares Tetuán nº 1. A la conferencia asistieron, entre otras personas vinculadas con el asunto, un superviviente del hundimiento, el entonces cabo 2º radiotelegrafista D. Jaime Beltrán, de avanzada edad pero con admirable salud, natural de San Fernando pero que vivió durante bastantes años en la Ciudad Autónoma, así como D. Francisco Sánchez Zambrano, nieto del sargento fogonero de la nave, víctima del desgraciado accidente.

            Mollá cuenta la historia de las últimas horas del referido buque un relato de heroicidad de unos herederos de la gloriosa tradición de la Armada, que supieron comportarse como militares y como marinos, protagonistas del último hundimiento que, desde la Guerra Civil, se ha registrado en los anales de nuestras Fuerzas Navales.

            La tripulación estaba formada por sesenta y ocho marinos, pero también navegaban con ellos diez soldados de reemplazo del ET destinados en Melilla. Aparte del comandante del buque antes citado, componían el cuadro de mandos el alférez de navío Moreno(2º comandante), el alférez de navío Miranda (jefe de operaciones), el capitán maquinista Echevarría(Jefe de Máquinas), el brigada García Romeral (contramaestre) y el sargento 1º radiotelegrafista Samper. Partieron de Ceuta a las 22 h del 24.03.54, con una derrota que pasaría por los peñones, Melilla y las Chafarinas, terminando con la vuelta a la base (Ceuta).

            El buque en cuestión había sido construido  por la E.N. Bazán, bajo patente alemana, siendo un dragaminas de la clase "Bidasoa", como parte de un programa de siete dragaminas que se llevó a cabo con grandes esfuerzos dada la penosa economía española de la posguerra civil y motivado por la necesidad de retirar la notable cantidad de minas marinas caladas durante del conflicto civil y posterior II guerra mundial. No era, por su diseño, una embarcación adecuada para servicio en mares bravíos, sino para mares tranquilas como el Báltico suele ser, las islas danesas o los fiordos noruegos, nada que ver con nuestro temible estrecho de Gibraltar, mar de Alborán y el famoso levante que azota sus aguas desde Cádiz hasta Argelia. Ni por las dimensiones relativas de su casco, escaso francobordo y máquina alimentada por dos calderas de carbón, una a proa y otra a popa, que estaban calculadas para funcionamiento con el buen carbón alemán y no con el que se utilizaba, de bajo valor calorífico. Así se entiende que el buen servicio rendido a la Kriegsmarine no se repitiera en la Armada. Desprovistos del equipo específico de dragaminas debido a la situación desesperada del III Reich en la época del armamento de estos buques, que imposibilitó el correspondiente suministro, fueron destinados a patrullar las costas, principalmente las del protectorado español. Aunque por proyecto deberían alcanzar los dieciséis nudos, raramente pasaban de los once, lo que daba muy poco margen para el gobierno, difícilmente logrado por debajo de ocho nudos.

            Faltaban seis chalecos salvavidas y el resto de medios para tal misión eran escasísimos comparados con los actuales.  Las olas, de entre 12 y 14 metros mojan progresivamente carbón y calderas hasta dejar la nave al garete, pese a los denodados esfuerzos de la tripulación y el buen hacer del comandante, acabando por hundirse a eso de las 18.15 del citado veinticinco de marzo, tras más de veinte horas sin comer ni dormir, en lucha continua contra el temporal. Tras la presencia de varios barcos, de bandera extranjera al parecer, que se negaron a auxiliarles, fueron recogidos por el "Podestá", italiano procedente de Ceuta, cuya situación de lastre dificultó la subida a bordo de los supervivientes. De los 78 embarcados, quedaron 44 supervivientes, siendo 34 el total entre muertos y desaparecidos Solo se recogieron 13 cadáveres. Al cabo de varios meses aparecieron 5 en la costa argelina, a los que se les dieron sepultura en Ceuta y desapareciendo el resto.

La memoria del Guadalete pervive en la casa de Ceuta en Cádiz


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