Instituciones y círculos

La Zarpa - Julio Basurco


Julio Basurco

En muchas ocasiones, la apelación a la Educación (entiéndase lo concerniente a maestros y colegios), como remedio para todos los males, no es más que un camuflaje que trata de ocultar el nulo interés real que se tiene por investigar, analizar y elegir algunas de las posibles soluciones políticas que se plantean para los diferentes problemas colectivos. Se opta así por una carta infalible que no te enemista con nadie, pero que tampoco te sitúa (del todo) en el nada atractivo grupo de los ignorantes sin opinión. Tanto el racista como la negra, el facha como el izquierdista, el neoliberal como la socialista o el vendedor de armas como el pacifista te verán con buenos ojos. No has optado por electrificar vallas ni por darle el voto a los “sin papeles”; tampoco dices si estás a favor o en contra de la Memoria Histórica; no has revelado tu opinión acerca del libre mercado ni eres parte en el encendido debate acerca de la relación entre la venta de armas a Arabia Saudí y la actividad terrorista de DAESH. Ante todos estos conflictos, te limitas a señalar el —no cuestionado por nadie— importante papel de las escuelas en la formación de ciudadanos y ciudadanas. No dices nada, pero quedas como Dios. Incluso como alguien moderado y sensato frente a los “fanáticos” de los “bandos”.

Lo cierto, sin embargo, es que la mejor manera de “educar” a una sociedad es, precisamente, levantando instituciones sociales y jurídicas. Y eso se hace desde la política, tomando decisiones políticas, optando por unas opciones (y no otras) no sólo desde el ámbito académico y formativo, sino desde todos los demás. Basta poner algunos ejemplos recientes. Hace una década, fumar dentro de un bar era lo más normal del mundo. Se hizo una ley que lo prohibía y que, debido al sentido común construido durante décadas en tanta gente, trajo muchísima polémica y oposición. Hoy, unos años después, la inmensa mayoría tenemos interiorizado que para fumar hay que salir a la terraza o a la calle. Del mismo modo, la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo causó muchísimo revuelo. Actualmente, hasta el Partido Popular, que en su día llevó la ley al Tribunal Constitucional, acude a las fiestas del Orgullo y asume que el sentido común de época (y todo lo construido social, cultural y jurídicamente desde entonces) se le echaría encima si se propusiera dar pasos hacia atrás en dicho terreno. En ambos ejemplos, las leyes que se implantaron fueron un paso por delante de la mentalidad general del momento. Sólo hoy, tras años de construcción de hábitos e imaginario desde las instituciones y la legislación, la sociedad está “a la altura” de unas leyes ya interiorizadas y asumidas como “lo normal”, pero que, cuando fueron creadas, tuvieron que abrirse camino con muchas dificultades, esfuerzo y tesón.

Las inercias derivadas de las casi dos décadas del dominio de la derecha ven Ceuta construyen más sentido cada día que el que puedan crear cien docentes de ideas contrarias en toda una vida. El individualismo y el miedo como ejes vertebradores de la vida social han arrasado con casi cualquier rastro de fe en los valores comunitarios. La solidaridad apenas existe. Ha sido sustituida por una caridad cuyo principal fin jamás es la desaparición de las causas que producen su existencia, sino el mantenimiento a raya de la mala conciencia. En Ceuta, somos los mejores (o eso dicen) siempre que hay una campaña de donación de alimentos (caridad). Sin embargo, cada vez que hay alguna acción, iniciativa, protesta o acto para exigir medidas políticas que luchen contra la miseria (solidaridad) nadie mueve un dedo. Nos sentimos bien dándole de comer al hambriento (por eso lo hacemos), pero no tenemos ningún interés en luchar (de alguna manera, dentro de nuestras limitadas posibilidades) para que no tenga que pedirnos más comida. Como no vemos el fruto de nuestra “desinteresada” acción al instante, la idea es menos atractiva. Así, Amancio Ortega es un filántropo y un ejemplo porque da dinero a Cáritas. En cambio, quienes luchan políticamente contra un sistema injusto que produce pobreza y explotación son unos indeseables.

Este desinterés por los problemas colectivos suele justificarse en base a argumentos centrados en el supuesto desengaño causado por una clase política corrupta, inútil e interesada. No es que no se crea en la política (la posibilidad de distribuir de forma distinta el dinero público, de construir una sociedad mejor, etc.), sino que no se confía en “los políticos que tenemos” y, por tanto, se renuncia a apoyar ninguna iniciativa que provenga de grupo político alguno. Dejando a un lado la obviedad de que tan insultante e intelectualmente ridícula generalización no es más, en el fondo, que un intento de exculpación de quienes sí que saben que están votando a partidos estructuralmente corruptos y asediados por los tribunales (el “todos son iguales” suele ir bastantes veces acompañado de voto al PP), resulta que tal justificación se cae en cuanto la oportunidad aparece.

Desde hace aproximadamente dos años, diferentes asociaciones “no políticas” (apartidistas) convocan los segundos miércoles de cada mes en la Plaza de la Constitución los denominados “Círculos del Silencio”, en protesta por las políticas migratorias y en defensa de algo tan “transversal” y apoyado (retóricamente) por todos como los Derechos Humanos. Concretamente, los derechos de los migrantes y refugiados en la que es la mayor crisis humanitaria desde la II Guerra Mundial (otra excusa socorrida para no apoyar diversas causas es decir que “hay cosas más importantes por las que protestar”...). Soy generoso si digo que algún miércoles ha habido cerca de ciento cincuenta personas. La semana pasada, tan sólo unas noventa, de las cuales casi la mitad eran subsaharianos del CETI. Del resto, un número considerable lo constituían las propias voluntarias y voluntarios de las entidades convocantes, bastantes de ellos provenientes de otras ciudades.

No convoca ningún partido; se defiende la que probablemente sea, en estos momentos, la causa más humana por la que hacer un esfuerzo; sólo se pide acto de presencia para dar sensación de unidad local contra la injusticia y para que, a la vez, el colectivo damnificado sienta que no está solo en la reivindicación de sus derechos. Ni por esas, los ceutíes somos capaces de dar una imagen de solidaridad y conciencia. Tampoco, por cierto, los profesores empeñados en hablar de Educación cada vez que quieren escaparse de un debate político.