El niño sirio. Porque no somos como ellos

La Zarpa - Julio Basurco


Fuente: Diario de León.
Fuente: Diario de León.  
- El inmovilismo, ante la superioridad moral de los valores de quienes se sitúan en contra del injusto sistema económico predominante, siempre actúa de la misma forma: acusando al adversario de ser igual que aquello a lo que combate.

Al no poder rebatir el argumentario de quien tiene enfrente, trata de “desplazarlo” para que, en lugar de estar enfrente, esté a su lado, hacerlo igual de feo, de cínico, de injusto, de criminal que él. Como no puede decir: “Yo no soy un ladrón”, lo que hace es decir: “Sí, yo soy un ladrón, pero tú también”.

El sistema no puede rebatir la verdad de nuestras palabras; sólo puede acusarnos de hipócritas, de no cumplir con lo que predicamos…porque no puede discutir que lo que predicamos es lo justo. Resulta obvio que contra Podemos, por ejemplo, se ha usado siempre esta estrategia. El concepto de “casta” sirvió para definir el comportamiento de cierta clase política que, alejada de los problemas de la ciudadanía, usaba su dimensión pública para el lucro privado. Como muchos dirigentes y periodistas a sueldo de PP y PSOE no podían negar que fueran casta, lo que hicieron fue acusar a Pablo Iglesias, Íñigo Errejón o Juan Carlos Monedero de ser iguales que ellos, de ser casta también.

Surgieron entonces un montón de “escándalos” que, algunos más pronto, otros más tarde, quedaron en nada, pero que sin duda tuvieron como objetivo (y lo cierto es que lo lograron) manchar la imagen de estos “intrusos” que lo habían puesto todo patas arriba. De repente, Pablo Iglesias era un explotador, un tipo que humillaba a sus alumnos y alumnas, un hijo y nieto de terroristas que apoyaba todas las dictaduras y todos los movimientos violentos del mundo, un ladrón, un listo que se estaba forrando y volaba en bussines, un asesor en medidas represivas, un loco del poder, un nazi, un etarra. Íñigo Errejón era un vago y un caradura que cobraba por no ir a trabajar. Juan Carlos Monedero, aparte de lo mismo que Pablo Iglesias, era además un millonetis que había “estafado” a la hacienda pública no sé cuantos cientos de miles de euros. Que los tribunales dijeran que no había fraude por ningún sitio dio igual. El daño, que era lo que se buscaba, ya estaba hecho. Los tres eran aquello que decían combatir y mucho más. Conclusión: no les votes, son como nosotros.

Si luchas contra el machismo, los machistas no rebatirán tus argumentos, sino que te acusarán de ser machista. Si luchas contra el racismo, los racistas no te defenderán el racismo, sino que te dirán que tú eres igual de racista. Así ha sido siempre. Y así será.

Con el tema de las muertes de inmigrantes ocurre lo mismo. La imagen del niño sirio de tres años muerto en una orilla de Grecia ha dado la vuelta al mundo. Resulta imposible verla sin luchar por evitar soltar lágrimas de impotencia, tristeza, rabia e indignación. Ante esto, los de siempre y los tontos nos acusan a quienes nos posicionamos en contra de este sistema injusto y criminal, de este modelo económico irracional que condena a la miseria y la muerte a continentes enteros, de formar parte del mismo sistema que decimos combatir. Como si eso fuera una acusación y no algo lógico, normal e inevitable que todos asumimos.

Sí, es cierto. Todos formamos parte de la sociedad de mercado y es que resulta que la sociedad de mercado todo lo invade, todo lo convierte en mercancía, todo lo hace suyo. En un mundo globalizado resulta imposible no “colaborar” con el sistema, pues todas las facetas de nuestra vida, todas nuestras necesidades han sido “absorbidas” por el sistema. Si compras comida en cualquier tienda estás colaborando con el capitalismo; si ves un partido de fútbol en la tele estás colaborando con el capitalismo; si te montas en un coche estás colaborando con el capitalismo; si compras ropa colaboras con el capitalismo, igual que si te tomas una cerveza un sábado por la noche, haces una llamada a tu madre desde el móvil, escribes un artículo desde tu PC, vas al cine, al teatro o haces prácticamente cualquier cosa de las que todos hacemos a diario. VIVIR es formar parte del sistema global existente.

Lo contrario es irse a una cueva en el monte y estar en taparrabos. No hay que ser pobre ni renunciar a la vida para reclamarse de eso que siempre se llamó “la izquierda”. Al contrario, la obligación de dar limosna y compartir lo que se tiene, el voto de pobreza y la penitencia es cosa de religiones. Que tomen nota quienes van a misa el domingo por la mañana y piden vallas con electricidad y mano dura con los “sin papeles” los lunes por la tarde.

No, no somos iguales quienes nos movilizamos, quienes protestamos, quienes votamos a partidos cuestionadores del orden social existente, quienes nos preocupamos, quienes escribimos, quienes colaboramos con asociaciones defensoras de los trabajadores o los inmigrantes, quienes divulgamos teorías de autores críticos. No, no somos iguales que quienes defienden lo que hay y, ante la evidente falta de moral que conlleva su posición, sólo son capaces de acusarnos de ser como ellos.

No, no es lo mismo quien ve “natural” la muerte de un niño en el mar que quienes pretenden cambiar el sistema que lo hace posible.