Paul Lafargue y Jorge Moruno

La Zarpa - Julio Basurco


- El mayor mérito de Podemos ha sido saber trasladar a la práctica de la lucha política aquello que Antonio Gramsci se encargó de dejar por escrito: que para ganar, el combate más importante se libra en el terreno de la ideología, es decir, que no basta con aspirar a cambiar las bases materiales de existencia si antes no se ha comenzado a pelear el sentido común predominante.

Básicamente, es captar en la crisis orgánica del adversario la oportunidad para hacer ver las contradicciones de su discurso, que "su modelo" es incapaz de asegurar aquello (democracia, igualdad, Derechos Humanos...) que dice defender.

En tal tesitura, se hace posible visualizar que quienes se dan golpes de pecho autoproclamándose patriotas son los mayores antipatriotas, porque el patriotismo no es decir mucho "España" sino pagar impuestos y defender los derechos de tus conciudadanos; que quienes hablan de libertad del individuo son los primeros que la obstaculizan con políticas que nos empobrecen e impiden nuestro crecimiento, etc. Muchos dogmas que eran presentados como verdades absolutas pueden ser combatidos a la vista de los resultados, ante la evidencia de que ese "discurso universal" no era más que el "discurso de los de arriba", asumido por los de abajo.

En 'Atraco a la memoria. Un recorrido histórico por la vida política de Julio Anguita', un libro-entrevista entre Anguita y el historiador Juan Andrade, el califa rojo afirma: "Tengo muy presente a Paul Lafargue, yerno de Marx, cuando en su libro 'El derecho a la pereza' planteaba que la mística del trabajo aplicada a la producción incesante y en progresión geométrica no podía ser defendida por los trabajdores. Insistía en una sociedad en que las máquinas trabajasen para el ser humano y pudiera entregarse al ocio humanístico. Esa es una filosofía de fondo imposible de olvidar y obviar cara al futuro".

Efectivamente, no es la primera vez que saco a relucir la visión de Lafargue, quien ya en el siglo XIX asistía atónito al hecho de que el progreso tecnológico -y la abundancia que ello conlleva-, en lugar de traducirse en bienestar, tiempo libre y creación de belleza, se convertía en el principal enemigo de unas clases trabajadoras a las que se golpeaba con paro, inseguridad y horarios de trabajo más duros. Lafargue afirmaba que ya eran posibles jornadas laborales no mayores de tres horas. En cambio, el discurso dominante entonces, al igual que ahora, aseguraba que lo que había que hacer era lo contrario: trabajar más y más y ganar menos, sacrificarse cada vez más en lugar de descansar ante la posibilidad de que fueran máquinas las que trabajasen. El mundo al revés debido a un sólo motivo: la lógica irracional de un sistema económico basado, no en la búsqueda de la felicidad humana, sino en la extracción de plusvalor.

Hoy, con unas cifras de paro y desigualdad escandalosas en tiempos en que utopías inimaginables hace un siglo son perfectamente realizables, la filosofía de Lafargue recordada por Anguita cobra más valor que nunca, pero para ello hay que, junto a Gramsci, continuar desafiando ese sentido común predominante que nos dice que sólo somos "útiles", que sólo merecemos tener nuestras necesidades materiales cubiertas, si tenemos un empleo ofrecido por un mercado y un sistema que no sirve a nuestras necesidades, sino a la necesidad de que el capital continúe con su ciclo depredador. Para un desafío que implica una transformación de tal magnitud en nuestra cosmovisión, son útiles las perspectivas de gente como Jorge Moruno.

En su primer ensayo, 'La fábrica del emprendedor. Trabajo y política en la empresa-mundo' podemos disfrutar de agudas reflexiones como la siguiente: "Siguiendo esta hipótesis, sólo eres creador de riqueza si tienes un empleo; de lo contrario, te conviertes gradualmente en un paria (...). Ahora bien, esto no concuerda con la manera en que, de facto, se genera riqueza en la sociedad del conocimiento (...). Aquí reside la cuadratura del círculo en el capitalismo contemporáneo: el empleo resulta más difícil de conseguir, entre otras razones, porque la riqueza ya no se genera solamente en la jornada de trabajo (...). El hecho de que suceda de esta manera pero se siga manteniendo un modelo donde el empleo se piensa como hace 50 años, responde a un mecanismo usado para evitar abrir el debate sobre el reparto de la riqueza, que es mucho más abundante que el empleo que pueda crearse".

En un momento de crisis civilizatoria como la actual, en una coyuntura en que vemos que continuar pensando con los mismos parámetros de siempre nos resulta contraproducente para encontrar el bienestar colectivo, tal vez sea necesario volver a repensar ciertas cosas. Entre ellas, la diferencia entre un trabajo inherente a la propia condición humana y no siempre retribuido y un empleo, producto de un modelo social, cada vez más escaso.