El símbolo Sánchez-Prado

La Zarpa - Julio Basurco


- La despolitización es uno de los elementos que caracterizan lo hegemónico. El capitalismo, por poner un ejemplo, es absolutamente hegemónico desde la desintegración de la URSS y los sistemas del Este.

Cualquiera que hoy pretenda hacer política en Occidente tiene claro, aun pudiendo considerarse moral y politológicamente anticapitalista, que la pretensión de un discurso superador del capitalismo no tiene cabida. Plantear la superación del capitalismo como proyecto político es ser un extraterrestre, estar fuera del conflicto político, pues el capitalismo no se percibe como algo político y, por tanto, susceptible de enfrentar posturas contrarias, sino como puro sentido común. El capitalismo no es política, sino algo preestablecido. Igual que el concepto de democracia es incuestionable, también lo es la lógica capitalista, precisamente por haber logrado ser asumida como indisociable de la democracia, algo en lo que, por cierto, bastante culpa tuvo la tradición marxista del siglo XX.

Cuando Margaret Thatcher dejó el poder en Reino Unido dijo: “Mi mayor logro se llama Tony Blair”. La lideresa tory consiguió que su política estuviera tan interiorizada que, para ganar, los laboristas tuvieron que parecerse a ella. El neoliberalismo thatcheriano ya no era una concepción política, sino naturaleza que no se discutía. Lograr esto, que tus intereses sean percibidos como los intereses de la mayoría hasta el punto de convertirse en verdades, es la aspiración de todo discurso político. Partiendo de esta premisa, podría decirse que el hecho de que la Ciudad de Ceuta, gobernada por la derecha cavernaria del PP, rinda homenaje a Antonio López Sánchez-Prado debería traducirse como la victoria de una izquierda que habría logrado que algo “suyo” traspasase las fronteras de lo ideológico e identitario para convertirse en “pueblo”, en algo de todos. El problema reside en que Sánchez-Prado no es una idea; sino una persona. Y aquí la cosa cambia.

Que el adversario asuma tus ideas es una victoria política, pues implica que sus ideas han sido derrotadas y, como a los laboristas de Reino Unido, no le queda otra que parecerse a lo que tú representas para poder competir contigo. En cambio, que el adversario ensalce a tus referencias no tiene por qué ser bueno. De hecho, a menudo suele ser una expresión de su victoria en el terreno cultural. Despolitizar las ideas es una victoria. Despolitizar a la persona es una derrota de las ideas que esa persona representa.

Al funeral de Nelson Mandela acudieron los Jefes de Estado de las potencias que hasta hacía unos años habían apoyado el régimen del apartheid. Estados Unidos, sin ir más lejos, no lo eliminó de su lista de terroristas hasta 2008. Si una vez muerto, hasta el líder del imperio económico y militar más colosal que ha conocido la humanidad se deshizo en elogios hacia Mandela, fue porque el líder sudafricano estaba ya absolutamente despolitizado, su figura no se asociaba a las ideas que defendía, contrarias a lo representado por la política exterior estadounidense. Mandela era un simpático viejito antirracista y pacifista, no un rojo antiimperialista y amigo fiel de la revolución cubana.

El Sánchez-Prado que homenajea el Partido Popular no es el Sánchez-Prado antifascista, republicano, anticapitalista y defensor del socialismo y la justicia social asesinado por aquellos a los que el Partido Popular continúa sin condenar, sino un médico bondadoso y santurrón, un alcalde “por encima de ideologías”. Que unas ideas estén “por encima de las ideologías” significa que esas ideas son dominantes, hegemónicas; cuando una persona está “por encima de las ideologías” significa que no tiene ideas, que sus ideas no importan, que pueden ser ignoradas y olvidadas. Eso es lo que se hizo con Nelson Mandela y es lo que en Ceuta se hace con Sánchez-Prado, un símbolo político vaciado de toda carga política por un poder que lo presenta como un inofensivo santo laico.