Autobus interior
Autobus interior  
 Justino Lupiáñez Mancebo

Díganme ustedes, si son capaces, siete diferencias entre un servicio municipal de autobuses urbanos de cualquier capital de provincia de España, digamos... Málaga, Madrid, Granada, Sevilla, o cualquiera que se les ocurra, y el de Ceuta.

    Vale, vale, no se me atropellen, es muy fácil la pregunta. Mejor les cuento algo que me sucedió con amigos que vinieron de la península a visitar los encantos de nuestra marinera ciudad el verano pasado. Pues resulta que decidieron venir a darme una sorpresa y, aprovechando el afecto mutuo que nos profesamos, comprobar si la insistencia en que vinieran y la belleza incomparable de mi Ceuta que propago allá donde voy, eran o no justificadas.

    Nada más llegar a la estación marítima, decidieron coger un autobús en vez de un taxi. Pero... oh, sorpresa, ¿dónde estaba la parada? Pues... no lo supieron averiguar. Pero dada la proximidad al centro, fueron caminando. Por el trayecto, decidieron localizar alguna marquesina, alguna parada, pero apenas encontraron ninguna. 

    Mientras paseaban hacia el centro, mis amigos vieron autobuses circulando, por lo que tenían la certeza de que, como las meigas, haberlos haylos. Preguntaron, pues, a varios viandantes, cuestiones como las siguientes:

¿Dónde hay paradas de autobuses?

¿No hay marquesinas donde sentarse para esperar?

¿No se indican los números de líneas que pasan por esas paradas?

¿Cuántas líneas hay, dónde me llevan y cuáles son sus números?

¿No hay planos visibles de cuáles son los recorridos de esos autobuses para conocer si pasan por dónde queremos ir?

¿No existen paneles informativos sobre el tiempo de espera para el próximo autobús?

¿Cuáles son los tiempos aproximados de cada trayecto?

    Y la respuestas les dejaron perplejos, eran siempre variaciones de una única respuesta: “De eso no hay. Vaya usted a la plaza de la Constitución y allí verá que hay muchos, pregunte a los conductores.”

    Pero, “¿cómo se enteran ustedes de los autobuses?”, insistieron mis amigos sin dar crédito a lo que oían. “Pues porque estamos acostumbrados, los que cogemos el autobús ya sabemos cuál coger y dónde paran, pero no hay indicaciones ni nada parecido, ni planos del recorrido, ni señalización de los números de línea que pasan por una parada, y mucho menos un panel de tiempo de espera” -respondían con cierta ironía que parecía hacerles gracia- .

    Ni que decir tiene que al final cogieron un taxi y llegaron sanos y salvos a mi casa.

    La ciudad les encantó, comieron de maravilla, pero se fueron sin entender por qué no existe un servicio de autobuses... no digo ya de calidad, sino simplemente normal, con los requisitos mínimos que nos podemos encontrar en cualquier ciudad que visitamos o que visita cualquier turista. Claro está, cuando yo les contaba en nuestras veladas el potencial de esta ciudad y la eterna pretensión del gobierno de atraer el turismo, me replicaban que ningún turista en su sano juicio querría ir a una ciudad donde no se informa en ningún lado cómo moverse en transporte público.

    En fin, la cuestión es que ahora leo en prensa sobre la huelga de autobuses y la pretensión de algunos sindicatos de hacer empleados públicos a los trabajadores municipalizando el servicio, y yo me pregunto... ¿por qué en esta ciudad siempre se quiere empezar la casa por el tejado? ¿Acaso hay un servicio de calidad que blindar mediante su municipalización?¿No sería más sensato afrontar la consecución de un servicio de calidad y, una vez conseguido, plantearse otras cuestiones?

    Me da pena, pero después de muchas décadas de vida en esta Ceuta, tengo siempre la misma sensación, la de que la única preocupación no es proporcionar servicios de calidad y mejorar nuestra vida, sino intentar conseguir que el mayor número posible de personas chupen de la sopa boba, del dinero público, de garantizar un trabajo de por vida. Al fin y al cabo, ¿qué mejor vidorra se puede uno dar que ser funcionario en la ciudad de los funcionarios por excelencia? 

    A partir de ahora, intentaré matizar las invitaciones a mis amigos peninsulares cuando nos visiten. Al menos les advertiré de que andar es muy sano, no vaya a ser que pierda la amistad por culpa de los autobuses.