Antonio Ramírez.
Antonio Ramírez.  

Antonio Ramírez

Érase que se era una pequeña Comunidad bañada por el Mar Mediterráneo, pequeña, dulce, apacible y marinera, situada en la parte sur del Estrecho de Messina, gobernada desde tiempos inmemoriales, por un pequeño gran hombre, timonel que con mano firme gobernaba el rumbo de esta pequeña Comunidad y que era el faro que alumbraba a todos sus habitantes. Este dechado de virtudes y de tan sabia gobernanza no era otro que el Presidente Don Giovanni.

En tiempos que ya ni tan siquiera recordaría el Coronel Aureliano Buendía, este insigne prócer se había hecho con los mandos de la pequeña Comunidad, dándole una estabilidad hasta entonces desconocida por aquellos lares. Nuestro querido Presidente don Giovanni era un dechado de amabilidad con todos sus habitantes. No había niño, ni anciana que no hubiera recibido un ósculo de su Presidente, ni vecino o vecina a los que no hubiera estrechado con gran amabilidad su mano, deseándole buenos días, buenas tardes o buenas noches en función de la circunstancia horaria.Cuando don Giovanni tomo posesión de su cargo, la persona que velaba porque todos los actos del Presidente y su Gobierno se ajustaran a la ley y en este sentido los asesoraba era el llamado Segretario Generale, un hombre de trayectoria impecable, al que, sorprendentemente le habían colado una ayudante que no estaba cualificada profesionalmente para tal cargo y que pese a que tuviera un nombramiento provisional, precisamente por su falta de cualificación llevaba ya tres años desempeñando el puesto de Oficial Mayor, que no es como se puede comprender un rango militar sino un puesto muy importante para ayudar al Segretario Generale a defender la legalidad y el bien común de los ciudadanos.

Pero hete aquí que cuando apenas habían transcurrido un par de años desde que el Presidente tomó el bastón de mando un desgraciado incidente trajo como consecuencia que ese puesto de Segretario Generale, el defensor de la ley para evitar los desmanes que perjudican al interés general, quedó vacante. Y en aquellos momentos al bueno de don Giovanni en lugar de buscar un Segretario Generale independiente y defensor de la ley ¿qué se le ocurre? Pues ni más ni menos que nombrar accidentalmente a la misma persona que ya estaba accidentalmente desempeñando el puesto de Oficial Mayor para el que no estaba cualificada y lógicamente mucho menos cualificada para el más importante, el de Segretario Generale. En un principio todo el mundo pensó que era una medida muy provisional hasta la llegada de un nuevo y cualificado Segretario Generale. Pero empezaron a pasar los días, los meses y los años y la Segretaria Generale Okupa, seguía de forma incomprensible usurpando un puesto de tal responsabilidad. Y lo más curioso es que no solo don Giovanni y sus Consejeros no decían, ni hacían nada, sino que sus adversarios políticos que eran derrotados una y otra vez en las urnas, tampoco. Periódicamente don Giovanni era requerido por un Órgano de la lejana capital al que no le hacía el más mínimo caso. Lógicamente aquella persona encargada de ponerle objeciones estaba en manos de don Giovanni.

De aquella unanimidad en no mover este asunto tan solo disentía un grupo radical proveniente de las clases bajas, de obreros y demás chusma, que les había entrado la manía de exigir que se volviera a restablecer la legalidad, tantos años ausentes. Esté grupúsculo recurría a todos los medios a su alcance para exigir al bueno de Don Giovanni que trajera a un Segretario Generale tal como exigía la legalidad. Pero Don Gionanni se negaba en rotundo a poner fin a aquel chollo, pero tampoco se atrevía a darle apariencia de legalidad a la situación. Pero se acercaba el otoño del Patriarca don Giovanni y la Okupa Segretaria Generale veía todo su futuro en el aire. Así que ideó un sistema que le permitiera asegurar su futuro. Dejar la Segretaría Generale vacante y optar a un puesto de ayudante, el de Oficial Mayor, bajándolo a la última categoría para que pudiera ocuparlo sin problemas. Pero los malvados del grupúsculo radical acudieron a los tribunales para impedir tal desmán y pese al riesgo evidente don Giovanni cedió a las presiones de la Okupa y le dio el puesto de Oficial Mayor. En ese momento los radicales acudieron a la vía penal y don Giovanni tuvo la desgracia de dar con un juez y un fiscal implacable y acabó sus días como gobernante inhabilitado, mientras la Okupa tuvo que exiliarse a un remoto pueblo en los alrededores de la capital.

La moraleja de esta pequeña historia de ficción es que ojo con creerse inmune e invulnerable, porque el que así piense puede estar jugándose la jubilación.