Juan Manuel Parrado Sobrino
Hay cosas cuantificables, con un coste que se puede medir, susceptibles de ser valoradas económicamente. Hay otras cuyo coste no es cuantificable, porque afectan anímicamente, a nuestra confianza, a la convivencia, al prestigio, al tiempo que perdemos o a nuestros sentimientos. Es cuando se unen los dos costes cuando la factura se eleva de manera indecente.La capacidad de algunos partidos para engañarnos y el ejercicio de cinismo del que hacen gala es realmente asombrosa, casi tanto como la predisposición de la gente a dejarse engañar. Para entender de qué hablo, lo voy a resumir en dos líneas:

Hace un mes dos líderes políticos, Pedro y Pablo, deciden que no se van a dar ningún abrazo por el... ¿bien de España? Un mes después se lo dan, por el... ¿bien de España?

¿Qué ha cambiado? Exclusivamente la decisión de hacerlo para no pasar la vergüenza de tener que dimitir. Porque sí, esos dos líderes tendrían que haber dimitido.      Un acuerdo, aunque vaya acompañado de un abrazo sobreactuado, puede parecer una buena noticia. Sin embargo cuando te das cuenta que si ese abrazo se hubiera producido varias semanas antes el país se habría ahorrado una factura indecente, no se está seguro de si lo que se está presenciando es una broma o si realmente nos están tomando por tontos. Pero no, no es una broma.Para saber a cuánto ha ascendido la factura, valoremos todos los costes.
Por una parte, un coste económico directo, ciento cuarenta millones de euros. Da igual con qué lo comparemos, cuando se habla de dinero público, dinero de todos, es mucho dinero. Cabe preguntarse si despilfarrar de esta manera el dinero público es legal. Desgraciadamente, parece que lo es, pero ¿y moral?. La moralidad en este país se decide en función del apoyo popular, y por tanto los votos de los españoles han dictaminado que también es moral. Deben disculpar mi incredulidad, pero no lo entiendo. Quizás habría que empezar a plantearse la responsabilidad patrimonial directa de los “responsables” políticos a la hora de reponer el dinero que despilfarran por su incompetencia, su altanería o, simplemente, sus ansias de poder.No sé si saben que la mayoría de los políticos de este país no ha trabajado jamás en el sector privado. Son funcionarios de carrera que aprovechan los privilegios que les ofrece la función pública para poder dedicarse a la política o bien son abnegados afiliados que desde su juventud han ido ascendiendo a puestos de mayor responsabilidad en los partidos. Este es el perfil mayoritario (en los últimos años sólo el 36% de los diputados del Congreso ha trabajado en algún sector de la actividad privada). Este perfil no tiene verdadera conciencia sobre lo que cuesta ganar dinero, sobre el verdadero valor de los fondos que ellos manejan más allá de lo que pueden hacer con ellos. Y esto es un enorme problema sobre el que, vistas las consecuencias, tarde o temprano se debería abrir un debate para ponerle freno.En cuanto a la factura no cuantificable es, como poco, igual de grave. Sin entrar en los detalles del efecto parálisis, después de las elecciones la fragmentación política es enorme, la posibilidad de consenso para gobernar es mucho más difícil, la opción política más moderada que existía en nuestro panorama político, Ciudadanos, ha menguado de manera dramática con la única dimisión que alguien ha tenido la decencia de hacer hasta el momento, el hastío de los votantes ha dado alas a  las opciones más radicales, los partidos separatistas se han vuelto determinantes y, sobre todo, el desencanto de la política se ha agravado entre los votantes.

Parece que el total de la factura es alta. Sin embargo no se piden responsabilidades, se pasa de puntillas por el incómodo sendero de pedir dimisiones. Asistimos ensimismados a múltiples tertulias políticas en medios de comunicación donde el deporte preferido es hacer cábalas, apuestas, predicciones sobre posibles escenarios de pactos de investidura. Nos seguimos impregnando de manipulaciones y charlatanería insustancial. Nos hipnotizan con perogruyadas, como que el nuevo pacto de legislatura de Pedro y Pablo tenga uno de sus pilares en el diálogo con Cataluña dentro de la Constitución (¿es que acaso algún partido nacional en algún momento ha propuesto algo diferente a estar dentro de la Constitución y a su cumplimiento para dialogar?).

 

Los días van pasando y la memoria de pez que caracteriza a los españoles ayudará a olvidar lo que ha sucedido. Cada vez a menos personas le importará quiénes son los verdaderos responsables de esta factura que estamos soportando, que hayan tirado a la basura nuestro dinero y que nos hayan tomado el pelo.

A mí desde luego sí me importa.