Ali Mesnaoui

El tema de la indumentaria femenina ha constituido uno de los elementos esgrimidos por nuestra cultura occidental para defender la modernidad. Durante décadas se ha promocionado la idea de que la libertad de la mujer es inversamente proporcional a la superficie cubierta de su cuerpo. Poner al descubierto el cuerpo de la mujer ha sido durante el siglo XX una de las puntas de lanza del “progreso” y la “modernidad”.

En esta tarea se han movilizado medios de una gran capacidad disuasoria: prensa, TV, radio, programas educativos, cine, etc.

Toda una parafernalia mediática y educativa orquestada por entes estatales y privados, nacionales y supranacionales, con unos efectos contundentes si nos atenemos a los resultados.

Al comparar los hábitos de la mujer occidental en lo que se refiere al vestir desde principios del siglo XX hasta nuestros tiempos, percibimos una evolución vertiginosa que ha convertido a la mujer actual en una desconocida para aquella de principios de siglo. Es verdad que el cambio ha sido paulatino y escalonado, pero unidireccional e imparable.

Paralelamente a estos cambios estéticos también se han ido transformando conceptos morales y éticos relacionados con el cuerpo de la mujer. Conceptos como el pudor, el recato, la virginidad o la fidelidad han pasado de ser virtudes a convertirse en conceptos anticuados, obsoletos, e incluso motivo de mofa, por lo que la mujer intenta por todos los medios alejarse del modelo que representan.

"La sexualidad del hombre es de carácter simple, directa, primitiva y eminentemente visual, mientras que la sexualidad femenina es más compleja, sutil, multifactorial y eminentemente sentimental y emocional"

Sin embargo, últimamente algunas activistas del feminismo han iniciado un proceso de autocritica y recapitulación de las ideas y conceptos que sostienen la filosofía de las reivindicaciones feministas. Un ejemplo es el caso de Nancy Huston autora de la obra “Reflejos en el ojo de un hombre” editado por Galaxia Gutenberg 2013. Ella habla de “la alienación por la belleza que causa a la mujer el ojo masculino que provoca un estrés, un esfuerzo que hacen las mujeres día a día, año tras año y eso se ve en el dinero que se gastan, el gasto mental en regímenes, vestidos, imagen, maquillaje, cirugía estética”.

Si analizamos el tema desde un punto de vista objetivo constatamos que la gran mayoría de las culturas y sociedades han optado por tapar el cuerpo de la mujer, excepto en aquellos hábitats en los que la vestimenta choca con aspectos puramente prácticos y ambientales. Por lo tanto la cultura del destape practicada por nuestras sociedades occidentales es una excepción y no una norma.

En segundo lugar debemos considerar que el cuerpo de la mujer y su visibilidad tiene una relación evidente con la sexualidad, y ello nos remite a analizar el fenómeno sexual en sus vertientes masculina y femenina.

La sexualidad del hombre es de carácter simple, directa, primitiva y eminentemente visual, mientras que la sexualidad femenina es más compleja, sutil, multifactorial y eminentemente sentimental y emocional.

Nancy Huston defiende en su ensayo que “no es posible perpetuar la idea de que los dos sexos son iguales porque no es verdad”.

Dice : “la educación debería tener en cuenta el hecho de que hay una tempestad hormonal muy fuerte en los cuerpos de los chicos adolescentes y nadie habla de eso, y sería útil hacerlo. Las iglesias sí lo sabían, sabían que eso existía, y de ahí lo de no tocarse y todo aquello, al menos reconocían que eso estaba ahí, pero para nosotros eso no existe ya. Un chico y una chica es lo mismo. Pues no, no es lo mismo”.

Se le preguntó: “como cambiar las consecuencias sobre la mujer del impacto del ojo masculino”

Respondió: “la educación es algo gigantesco. De entrada si se pone en los manuales escolares, como ocurre ahora en Francia, que no hay diferencias entre sexos, que es una historia creada por la sociedad, seguro que no se va a resolver el problema, porque los chicos y chicas no viven las mismas cosas”.

La mujer desempeña multitud de funciones en la sociedad, la mayoría son funciones compartidas también por el hombre. Estas tareas se desarrollan en dos espacios bien diferenciados: el espacio público y el espacio privado.

En el espacio público tanto la mujer como el hombre ocupan tareas de carácter comercial, académico, artístico, lúdico, deportivo, intelectual, etc.

Y en el espacio privado, también ambos sexos, desarrollan sus funciones sentimentales, amorosas, sexuales, procreativas, etc.

Cada uno de estos espacios (público y privado) requiere una indumentaria adecuada que se ajuste a las tareas y funciones propias de los mismos.

Si nos atenemos al caso de la mujer, parece poco práctico, falto de lógica y sentido común el hecho de poner en valor y promocionar el cuerpo, convirtiéndolo en el protagonista principal de su personalidad para cumplir funciones de carácter comercial, académico o artístico. Constituiría un obstáculo y un elemento que perturbaría y adulteraría las relaciones interpersonales necesarias para la ejecución de dichas tareas.

Ya hemos adelantado que la sexualidad del hombre depende principalmente del factor visual, y el protagonismo excesivo que adquiere el cuerpo de la mujer con su vestimenta , por una parte transmite un mensaje equívoco a quienes con ella se relacionan en el espacio público, constituyendo un obstáculo o un factor que adultera y distorsiona el ambiente obstruyendo las labores y objetivos marcados en dichas tareas, y por otra parte transmite una imagen errónea de dicha mujer, ese protagonismo del cuerpo contribuye a que se vea reducida su personalidad a una dimensión puramente sexual, obviando sus demás facetas: intelectual, espiritual y humana.

Por otra parte observamos como en el espacio privado, que normalmente es el adecuado para las funciones sentimentales, amorosas y sexuales, la mujer adopta una indumentaria de carácter informal, donde el cuerpo pierde protagonismo favoreciéndose la comodidad.

La mujer occidental permanece en el espacio privado sin maquillar, con el pelo revuelto, vestida con un chándal o de cualquier manera y cuando decide salir al espacio público se maquilla, se pone una minifalda y una prenda con un generoso escote para ir de compras, para ir a la universidad o para hacer la declaración de la renta.

De esta manera se invierten las tornas y al mismo tiempo que deterioramos el ambiente del espacio público y distorsionamos la imagen de la mujer, privamos al espacio privado de las condiciones adecuadas para lograr sus objetivos.

Además, hay que considerar que la imagen de la mujer en nuestra cultura está diseñada para satisfacer los instintos más básicos del varón y no exactamente las inclinaciones estéticas de la mujer. De hecho la mayoría de los diseñadores de moda femenina son varones y ejecutan sus modelos según los patrones de sus mentes masculinas.

Sin embargo, en los trajes tradicionales femeninos, en todas las culturas, observamos que el cuerpo pierde protagonismo para resaltar la belleza del diseño, la ornamentación de los tejidos, los detalles y accesorios adicionales, un estilo que incluso podríamos catalogar de barroco. Esto nos remite a la filosofía que subyace bajo este tipo de indumentaria, la esencia del mensaje consiste en relegar la imagen del cuerpo, quitarle importancia al mismo para resaltar la estética del diseño y la ornamentación del tejido, que al fin y al cabo es una obra de arte, y toda obra de arte no es más que la expresión del espíritu, la expresión del aspecto humano de la persona, que nos traslada a lo más profundo de su ser. Es un mensaje implícito que viene a decirnos que la innata e indiscutible belleza del cuerpo tiene una función bien precisa y de enorme importancia, puesto que atiende las necesidades de la sexualidad y la procreación, pero que deben desarrollarse en el espacio privado con aquella persona con la que se comparte un proyecto de vida, con todo lo que ello conlleva de responsabilidades y obligaciones, y al mismo tiempo se resalta la belleza y la estética del traje para llamar la atención hacia lo más profundo de la personalidad que es la condición humana.

"Esto no es una invitación a la mujer para que vuelva a adoptar los trajes tradicionales en su quehacer diario, pero podemos considerarlo una invitación a reflexionar sobre la posibilidad de una tercera vía que, en la escena pública, garantice una reducción de la presencia del cuerpo"

En contraposición observamos que la moda occidental se inclina por los estilos minimalistas, en los que la prenda de vestir pierde protagonismo en favor de la presencia abrumadora del cuerpo, la prenda es un elemento accesorio, no es un objetivo en sí misma, se utiliza solo para enmarcar el cuerpo e incluso para resaltarlo, es como cuando enmarcamos un cuadro, simplemente delimitamos sus fronteras.

Por ello no es fortuito que haya menos diseñadoras de moda occidental y más diseñadoras de vestidos tradicionales, el fenómeno tiene que ver con las preferencias innatas de la idiosincrasia femenina, que apuesta por modelos que priman la presencia del espíritu sobre el protagonismo del cuerpo, es la expresión de la sutileza de la mente femenina a la hora de concebir su propia personalidad.

Por su puesto esto no es una invitación a la mujer para que vuelva a adoptar los trajes tradicionales en su quehacer diario, pero podemos considerarlo una invitación a reflexionar sobre la posibilidad de una tercera vía que, en la escena pública, garantice una reducción de la presencia del cuerpo, a la vez que se conserva la elegancia, la belleza del diseño y el sentido práctico.

La mujer en nuestra sociedad sufre por partida doble, por una parte se encuentra inmersa en una vorágine de medidas y productos de belleza para satisfacer los gustos y apetitos del ojo masculino, provocándose a sí misma estrés y ansiedad, y por otra parte paradójicamente, se le obliga a asumir el papel de igual del hombre, se le obliga a equipararse al hombre, renunciando a su propia feminidad y a sus inclinaciones innatas hacia la sensibilidad, la emotividad, la natalidad, etc.

En definitiva, creo que después de un siglo de singladura en la cultura del destape, y después de observar consecuencias negativas tanto a nivel social como psicológico y familiar en las sociedades occidentales, bueno es pararse a pensar si es conveniente cambiar de rumbo y replantearse ciertos conceptos.