Juan Manuel Parrado Sobrin

El feminismo es un charco bastante incómodo sobre el que a menudo la gente piensa si opinar o no. De hecho personas cercanas me han aconsejado no hacerlo, hasta tal punto llega el miedo a expresar una opinión. Y la razón para esa duda está en la corrección política y en la estigmatización ideológica que ciertos grupos cuelgan por no pensar como ellos creen que es correcto pensar. Pero si dejamos que el miedo gane y cedemos a esa tiranía, a ese chantaje social, todos nos volvemos unos hipócritas, como creo que está ocurriendo ahora con muchos que se suman a ese carro. 

Voy a empezar citando la Constitución Española, concretamente el artículo 14. Ya en su día escribí una opinión sobre la igualdad de todos los españoles, pero en este caso me quiero centrar en la igualdad de género. Según nuestra Constitución todos los españoles son iguales ante la ley sin discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social. Aunque como comprobamos en ocasiones la igualdad  es más teórica que efectiva, lo que sí es cierto es que nuestro sistema normativo se rige por este principio irrenunciable, por lo que actualmente no debería haber normas legales que fuesen discriminatorias ni hacia la mujer ni hacia ninguna otra persona, y si las hubiese son susceptibles de ser declaradas inconstitucionales.

 

¿Por qué comienzo con esta referencia a la Constitución? Pues porque opinar que las mujeres y los hombres son iguales ante la ley y tienen los mismos derechos y obligaciones es una obviedad irrenunciable, no un asunto susceptible de ser opinado. Defender los derechos de las mujeres debe entrar dentro de defender el derecho de cualquier persona en la medida que es una persona, independientemente de su condición de mujer. Por tanto el feminismo, que por definición persigue el reconocimiento de unos derechos y capacidades que tradicionalmente sí han tenido los hombres, no tendría sentido en nuestra sociedad porque su objetivo ya está garantizado y reconocido  en la Constitución. Esto, evidentemente, ni siempre ha sido así ni ocurre en muchos lugares del mundo. Pero sí lo es hoy y desde hace muchos años en España.

Las dos preguntas que se plantean son: ¿Por qué sigue existiendo el movimiento feminista? Y ¿por qué el movimiento feminista tiene a menudo una connotación peyorativa?

La respuesta a la primera pregunta es evidente. Existe porque la igualdad, aunque teórica, legalizada y reconocida formalmente por la sociedad, sigue sin ser efectiva en la mentalidad de muchas personas (cada vez menos, afortunadamente). Y no sólo existe, sino que su objetivo va más allá de un movimiento reivindicativo, es un movimiento que intenta contrarrestar ese MACHISMO residual que aún pervive en nuestra sociedad.

Pero el movimiento feminista se encuentra con un grave problema, que a su vez genera la respuesta a la segunda pregunta. Enfocar la igualdad desde el punto de vista normativo y proponiendo medidas legislativas es un grave error porque la igualdad legalmente está garantizada y porque proponer leyes con la buena intención de favorecer expresamente a la mujer provoca un desequilibrio normativo y una desigualdad hacia quien no es mujer. Combatir una desigualdad creando otra diferente no es aceptable por mucho que políticamente sea atractivo. Por eso el feminismo llega a convertirse para muchos en un movimiento también injusto e incluso en términos que a veces resulta peyorativo. La lucha que tiene por delante el feminismo no es una lucha por cambiar las leyes, sino por cambiar mentalidades, y no es una tarea fácil. La única manera justa de fomentar y conseguir la igualdad efectiva es desde la EDUCACIÓN Y LA CONCIENCIACIÓN.

A mi juicio, el movimiento feminista tiene un objetivo con el que nadie puede estar en desacuerdo pero en su forma de actuar comete errores a tres niveles. El primer error está en que al movilizarse, el feminismo discrimina, articula una visión de la sociedad en la que distingue entre hombres y mujeres y los enfrenta. ¿Por qué la sociedad se debe dividir en hombres y mujeres? ¿Por qué no entre altos y bajos, entre inmigrantes y oriundos, entre guapos y feos, entre gordos y delgados, o incluso entre gitanos y payos? Seguro que cada una de esas distinciones tiene uno de sus colectivos que se siente más discriminado que el otro por el simple hecho de serlo. Seguro que cualquier otra división que se nos ocurra es capaz de recabar datos y estadísticas a su medida que serían válidas para sentirse discriminados y justificaría esa división. La división que implícitamente hace el feminismo es artificial en la medida en que los derechos de las personas hay que defenderlos y las desigualdades hay que combatirlas sin distinciones. ¿Acaso no son todos motivos de discriminación? ¿No deberíamos, según esto, organizarnos los feos o los bajitos en movimientos sociales para acabar con la discriminación laboral y reservar trabajos en exclusiva a cada colectivo? Y voy más allá, ¿se ha hecho un estudio de la brecha salarial entre feos y guapos, entre gordos y delgados o entre los trabajadores andaluces y los trabajadores catalanes dentro de Cataluña? Porque seguro que existe también esa brecha salarial. Y si unos cobran más que otros, según nuestra Constitución se debería actuar. Hay una evidente perversión en todas esas segregaciones de población que acabo de hacer, pero son iguales de perversas que la que hace el feminismo.

 

El segundo error consiste en que el feminismo considera a la mujer en desventaja, una víctima de los hombres. Se hace una generalización automática. Extrapolar la consideración de víctima a un colectivo cuando sólo algunos individuos lo son o de culpar a otro colectivo cuando sólo algunos individuos lo provocan es muy peligroso. Es falso que los hombres agredan, que los hombres acosen o que los hombres impidan desarrollar derechos a las mujeres. Una persona que agrede a otra lo hace porque es un delincuente, un desequilibrado o todo a la vez, que abusa de su envergadura física y de su poder, pero no lo hace porque sea hombre. Y a esa persona hay que denunciarle. Un empresario que se aproveche de una trabajadora pagándole menos de lo que le corresponde por realizar un trabajo determinado, no lo hace porque sea hombre o mujer, sino porque no tiene ética ni escrúpulos y también debe ser denunciado.El tercer error del feminismo es promover medidas injustas para defender lo que es justo, empezando por las cuotas paritarias. No existe ninguna razón objetiva por la que las mujeres en España deban estar representadas al 50% como mínimo en cualquier ámbito. Esa idea de igualdad es errónea. Por la misma razón por la que no sería razonable que el 10% de cargos directivos o puestos de trabajo deba estar reservados para personas homosexuales, que el 5% sea reservados para musulmanes, que el 60% deban ser para católicos, que el 70% deba reservarse a divorciados o que el 80% debe reservarse para los gordos. Las personas y sus capacidades están por encima de cualquier condición, y reservar cuotas para visibilizar esas capacidades es una injusticia. Una cuota sólo genera que los mejores no estén en los mejores puestos. Las mujeres tienen todas las opciones, las capacidades y los instrumentos intactos en nuestra sociedad para desarrollarse y para evolucionar como cualquier otra persona. Y la lucha debe girar en torno a que esas capacidades y esa valía queden de manifiesto y sean reconocidas, no en imponer cuotas.
Voy a finalizar poniendo de manifiesto que el discurso de la desigualdad de género lo contamina y lo justifica todo, desde darle patadas al diccionario hasta saber qué color o qué juguete deberían elegir las niñas y los niños para no parecer sexistas. Los anuncios comerciales, las películas, las canciones o incluso el sentido del humor pisan sobre terreno resbaladizo cuidándose mucho de no mostrar imágenes o lanzar mensajes que puedan calificarse como machistas. Incluso vemos situaciones injustas que desde la óptica feminista se permiten. ¿Por qué es lícito la existencia de asociaciones o clubes de mujeres y es reprobable y machista las asociaciones o clubes sólo para hombres? Es tan injusto y tan discriminatorio o tan justo y permisible tanto lo uno como lo otro. La igualdad no existe desde el momento en que el feminismo se posiciona a favor de primar a unas personas (mujeres) frente a otras (hombres), y desde el momento que las ideologías y algunos partidos se apropian de ese discurso y lo premian.Todo lo que he expuesto hace que el feminismo corra el peligro de transformarse de forma permanente en un término cargado de sospecha ideológica y partidista. Se debe dejar de llamar machista a todo el que no comparte la forma de actuar que el feminismo considera correcta, porque la igualdad no es eso. Confieso que me apena que no todo el mundo sea feminista, pero me apena aún más que el mismo feminismo se haya convertido en la causa de que no todo el mundo lo sea. Muchos optan simplemente por ser personas que intentan defender los derechos y la igualdad de todos y todas, sin segregar ni discriminar más allá del concepto de “persona”.