Antonio Gil

Cuando hablamos de la grandeza de un país, nunca nos referimos al número de kilómetros cuadrados que ocupa su territorio o a la extensión que domina en un continente o en una isla; nos referimos siempre al nivel de vida que han alcanzado sus ciudadanos. Esa grandeza se mide de diferentes maneras y para alcanzar la consideración de ‘gran país’ tendrá que ser, el resto de países, quienes así lo consideren, es decir, aquellos que lo lograron con anterioridad, serán los que le otorguen ese prestigioso calificativo. Siempre deberá ser por un conjunto de méritos reconocidos y obtenidos, normalmente, durante una larga trayectoria; eso sí, con la homologación por comparación con esos otros. Forzosamente eso tiene que ser así.

De nuestro vecino del sur, decir que sigue implementando con nuevas medidas su política de frontera para con la ciudad de Ceuta y que estas no dejan de sorprender a propios y extraños. No dejo tampoco de pensar si guarda similitud de que esta sea una estrategia con la función que desempeña el famoso tornillo de Arquímedes y estemos ante la aplicación de medidas de forma intermitente e interminable que, como un martillo pilón, se deja notar con la contundencia que lo viene haciendo, acumulando golpe tras golpe en su historial. De continuar así, tendrá que ver, seguramente, con el grado de imaginación que tengan las autoridades responsables de fronteras.

Eso sí, las medidas que viene aplicando Marruecos se tienen que entender con la legítima defensa que hace de sus intereses económicos, políticos y estratégicos.

Esta táctica no deja de verse como una dicotomía entre los ciudadanos, quienes presencian con perplejidad e incomprensión y no menos molestias, ese proceder. Los ciudadanos perciben, además, que esa ‘manera’ sirve para enturbiar y empañar las relaciones bilaterales entre ambos países; a veces, producen una auténtica ceremonia de la confusión entre los conductores que forman parte de largas y aburridas colas, llegándose a oír algún que otro reproche.

A considerar también los menores que deambulan cerca del paso fronterizo con el objetivo de entrar a Ceuta. También este es un motivo de preocupación e inquietud: los llamados MENA, del que en nuestra ciudad existe una amplia representación marroquí, ‘pobres embajadores del Reino Alauí’.

Marruecos no debería descuidar por más tiempo este asunto. Dejar las cosas como están no es la solución. Hay que pedir responsabilidades a los padres de esos menores por abandono de sus hijos y emprender una contundente tarea de reunificación familiar en su entorno, en su país. Quizás esta debería ser una prioridad, no cabe duda de que este sería un motivo más y bueno que lo acercaría a ese conjunto de méritos necesarios por el que se adquiere la condición de gran país. Ojalá lo consiga pronto.