Antonio Gil

A poco menos de un mes de la próxima cita electoral, en plena contienda política, se producen las inevitables danzas de los partidos en liza. Con esto se pone en marcha un escenario multicolor de ideas y manifestaciones, todo se vuelve paradigmático, un poco abstracto en su composición para el ciudadano de a pie, eso es verdad y donde lo trivial del momento pasa a convertirse en una auténtica danza de grullas.

Los ciudadanos, menos acostumbrados a seguir el devenir de la vida política durante el tiempo que dura la campaña, se estresan, se bloquean y lo que es peor, le dan la espalda a un derecho fundamental a causa del empacho vivido durante los comicios y, como resultado final ante la falta de pragmatismo de los líderes en la contienda, optan por no ir a votar el día para el que las grullas danzaron y bailaron con sus mejores atuendos.

Por otro lado, los ciudadanos más metidos en este devenir tan importante toman posiciones, toman partido y se hacen notar con su trabajo, con sus opiniones etc.; Los hay quienes, por el contrario, igual o más comprometidos, optan por desactivarse y mantener lo que ellos llaman un ‘silencio eficaz’.

Por eso, los primeros, los menos acostumbrados a seguir el devenir diario, es lógico que huyan durante el tiempo que dura la disputa y traten de alejarse de los mensajes tediosos que, llenos de propaganda, sólo tienen la clara intención de conseguir su voto. Saben que de lo prometido luego dirán que, por las limitaciones presupuestarias o, lo inconveniente del momento, pasan a ser meras estadísticas de lo propuesto y no cumplido.

¡Ah! menos mal que un componente nuevo se ha puesto en marcha en esta cita y que minimizará la sensación de hastío que al final todo el mundo tiene: la elección que los ciudadanos tenemos de decidir si recibimos propaganda electoral o no. Bien por la medida, pero… ya en este punto, a ver si se dan cuenta e invierten el derecho. Quizás sea mejor que, por defecto, nadie reciba publicidad, salvo aquellos ciudadanos que expresamente la soliciten.

Por cierto, al Tribunal Supremo, por la sentencia del ‘procés’, le doy un DIEZ.