Antonio Gil./archivo
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Antonio Gil

Me pidieron que dedicara unas letras a aquellos que llegaron a la política en forma de fichajes, sin militancia o de reciente afiliación y que afecta a todos los partidos. Esos que durante su existencia producen un runrún permanente a su alrededor.

Podríamos decir que, normalmente llegan de la mano de algún conocido, amigo, albacea, avalista etc. que tiene la fuerza suficiente en ese momento, como para hacer prevalecer su apuesta personal en el partido. Estos delfines, llamados un buen día por sus progenitores políticos a ocupar un cargo de lo que sea, reciben el nombre de ‘paracaidistas a ras de suelo’ pues son idóneos para volar.

Ávidos por trincar, están siempre preocupantemente dispuestos a ocupar cargos no electos; su futuro estará siempre ligado al de su mentor

Pero… no es tan fácil, no se crean. Estos intrépidos de baja altura tendrán que disponer, preferentemente, de algún título académico, -con eso basta-, que acredite cierta solvencia intelectual. Son igualmente muy útiles para cargos de designación directa, no electos o de confianza.

Esta nueva especie de políticos ha prevalecido sobre los anteriores, los llamados sobacos ilustrados, recuerden… los que partían la pana, aquellos que lucían su porte más distinguido, a diario, acompañados por costumbre, de un periódico bajo el sobaco, eso sí, de tirada nacional preferentemente. Lo de la digitalización y el paso de los tiempos ayudó mucho a su exterminio.

En la nueva era, los actuales comienzan su andadura política de manera convenientemente cercana a una cita electoral donde quedan a total disposición de su benefactor que, en esos momentos, le procuró estar en el lugar oportuno, donde lo cuidaran y mimaran hasta alcanzar el propósito deseado, que no es otro que el paso de la trona al trono, que no es poco.

Aunque también tengo que decir que, dado su corto bagaje, son de naturaleza frágil, sus conocimientos de las estructuras de la organización que lo asume escasos y todo porque entraron en liza prematuramente, empujados por el entusiasmo de su descubridor. Después puede pasar que, de haber conseguido el estrellato, en apenas tiempo, se estrellen sin remedio y sin que puedan evitarlo. Ávidos por trincar, están siempre preocupantemente dispuestos a ocupar cargos no electos; su futuro estará siempre ligado al de su mentor.

Éstos y a los que me he referido en otras ocasiones como los ‘asaltapartidos’ suelen congeniar y entenderse a primera vista; ambos suelen tocar de oído, cosa lógica, pues no conocen las partituras. De ellos se dice que cuando no tienen éxito, se convierten en ‘muertos vivientes’ ¡Qué susto!