Irene Montero, en una imagen el Congreso publicada por 'La Voz de Galicia'.
Irene Montero, en una imagen el Congreso publicada por 'La Voz de Galicia'.  

Sandra López Cantero

Me han llamado feminazi, término completamente inventado por la cultura patriarcal, y sé que una gran mayoría de la gente de Ceuta tiene un concepto algo subjetivo sobre mí en este tema. He recibido insultos, amenazas y expresiones impropias únicamente por defender la igualdad y denunciar el machismo.  

Me considero feminista, de tal manera que mi mundo gira en torno a ese término que se ha convertido en un estilo de vida. Mis gafas violetas me hacen estar siempre en alerta ante pequeñas cuestiones que pasan desapercibidas por el resto de los mortales. 

Mi gran objetivo es contribuir a la lucha contra el terrorismo de género y sé que esta violencia es el extremo de la desigualdad. La violencia de género no es un hecho aislado sino un continuo que pasa por la educación e indudablemente, también, por el lenguaje. 

He discutido con compañeros y compañeras acerca de eliminar los cuentos tradicionales y he entrado en una batalla campal para hacerle ver a mi hija adolescente que Cincuenta Sombras de Grey o Crepúsculo no es el prototipo de un amor sano, y sí el causante del maltrato. 

He insistido hasta la saciedad acerca de que el lenguaje es el pensamiento y, por tanto, lo primero que tenemos que cambiar para tener una sociedad más igualitaria. Lo que no se nombra no existe y nadie puede discutir que nos han dado una invisibilidad espeluznante a la hora de construir un lenguaje creado por hombres. De ahí que la RAE no debe de dar lecciones, al menos hasta que su estructura sea paritaria o elimine palabras que nos denigran como mujeres. 

Hay que potenciar el lenguaje inclusivo cambiando el orden establecido de las cosas. Pero lo que no podemos bajo ningún concepto es caer en el juego de lo absurdo, ese absurdo que da alas a los ignorantes que creen que somos unas ignorantas. Es entonces cuando empiezan a ridiculizar lo esencial del continuo del cual hablaba al principio. 

El lenguaje es machista, sí, y tenemos que inducir a que nos nombren, pero esta denominación no puede caer en el error de asumir la "a" siempre como la aliada de lo femenino. Portavoz es simplemente la persona que porta la voz y la voz no tiene género. 

Ahora, lo que no voy a permitir es el avasallamiento hacia quienes, con criterio o sin él, han defendido "portavoza". Irene Montero no es la novia de Pablo Iglesias. Irene Montero es licenciada en psicología, tiene un master y ha renunciado a dar clases para dedicarse a la política. Lo digo porque estoy escuchando en estos momentos descripciones de todo tipo, acusaciones imperdonables hacia quien ha tenido este error gramatical o esta creencia respetable en su uso. 

Quizás por esa sonoridad están saliendo más mujeres. Así que, desde aquí confirmo que no sería nunca portavoza, sino la portavoz. Pero también confirmo mi ascazo al comprobar que siempre el feminismo activa el extremismo misógino de quienes se cobijan continuamente en las cavernas. 

Y sorprende, sorprende comprobar que el uso de portavoza despierta más irritación de lo que ha despertado el que Rajoy diga que debemos ahorrar para pagarnos nuestra pensión y los estudios de nuestros hijos. Eso sí que es un atentado a la inteligencia, pero no lo ha dicho una mujer.