Mercedes Vega.
Mercedes Vega.  

Mercedes Vega

Esta semana, los y las que aún creemos en la justicia y no precisamente en la divina, recibíamos un inesperado varapalo. La Sección Segunda de la Audiencia Provincial de Navarra emitía el fallo en el que a los cinco integrantes de “la manada”, se les impone una pena de 9 años de cárcel por un delito de abuso sexual continuado.

Una sentencia que no deja indiferente a nadie y que desde el respeto que merece cualquier decisión judicial, considero muy injusta además de atentatoria contra nuestra propia dignidad, la de las mujeres, mostrando mi profundo desacuerdo con la misma.

Una chica de 18 años es conducida por varios individuos al interior de un portal, a un lugar recóndito y angosto donde cinco energúmenos de edades superiores a la suya y de fuerte complexión, sin expreso consentimiento de la víctima le despojan de su ropa, le fuerzan a practicar felaciones así como penetraciones vaginales y anales. Los muy indeseables tras satisfacer sus necesidades deciden abandonar el lugar no sin antes apoderarse del terminal de su presa por la que no sienten un mínimo de respeto.

Pero no, según los magistrados y su razonamiento jurídico, estos hechos ocurrieron sin violencia ni intimidación y por tanto llaman abusos sexuales a lo que explícitamente se entiende como violación, algo que teniendo en cuenta la cronología y el relato de los mismos me parece un total y absoluto despropósito.

Es la victima la que tiene que demostrar que aquellos que después de violarla en repetidas ocasiones y penetrarla hasta en un total de once veces, ejercieron intimidación, soportando, por si no hubiera sido suficiente, la indecencia de un magistrado que se atreve a juzgar más allá de lo permitido.

La indignación de los colectivos feministas no se ha hecho esperar, y como suele ocurrir, las redes sociales, como inmediato reflejo de la sociedad, ha mostrado su profunda indignación ante este fallo que nos deja un peligroso mensaje: impunidad ante las violaciones.

Durante la jornada del pasado viernes, las protestas se sucedieron a puertas de los ayuntamientos, audiencias provinciales y plazas de las distintas ciudades de nuestro país, un país que atónito se hace testigo de un funesto y bochornoso espectáculo más que deja en evidencia lo mucho de injusticia que puede existir en la Justicia.

¿Cuál es la diferencia entre violación y abusos sexuales? ¿Acaso ésta radica en el hecho de que las mujeres tengamos la obligación de gritar o no mientras profanan nuestro cuerpo? ¿Es ese motivo suficiente para establecer la diferencia entre agresión sexual y abuso? La respuesta a esta pregunta es evidente al margen del inmoral veredicto emitido por tres magistrados incapaces de determinar que ciertamente, siempre, hay intimidación y violencia cuando una mujer es obligada a mantener sexo sin consentimiento, como así queda explícitamente manifiesto en diversos países europeos donde toda forma de acceso carnal no consentido es considerada violación, existan o no actuaciones violentas o intimidatorias.

Una sociedad machista, consentidora del patriarcado que permite que atentar contra la libertad sexual de las mujeres se sufrague a precio de coste .

Desde el momento en que se conoció la sentencia no he podido alejar de mi cabeza un pensamiento que inevitablemente me martillea sin cesar. ¿Y si en lugar de cerrar los ojos y llorar con el alma, en lugar de contener su llanto hubiera ejercido mayor resistencia física? Probablemente, a día de hoy los informativos se harían eco de un nuevo caso de violencia de género que acabase con el peor de los desenlaces como así ocurrió con Nagore Laffage o Diana Quer, dos inocentes víctimas de la furia de dos malnacidos incapaces de dar por sentado que cuando una mujer dice No, significa No.

Me desmoraliza que España haya dado la imagen de un país tolerante y permisivo en materia de violencia machista con sentencias como ésta que sembrarán un antes y un después.

He de reconocer que como mujer me siento en desamparo legislativo y que como madre me entristece tener que explicarle a mi hija que si alguna vez siente que se vulneran sus derechos, quizás la justicia le dé la espalda. Tendré que precisarle que el sexo no consentido, ese que se ejerce en contra de nuestra voluntad no siempre se considera violación, que para ello, nos vemos obligadas a gritar, patalear, defendernos y sin derecho a paralizarnos por el pánico o de lo contrario, la justicia nos juzgará a nosotras.

Me tocará sentarme y contarle que a pesar de que oficialmente, cuatro mujeres son violadas cada día, a la jurisprudencia española les cuesta ponerse en el lugar de las víctimas.

Confío en que este triste debate social que hoy nos ocupa nos conduzca no sólo a reformas de nuestro código penal sino también a transformaciones sociales y educativas que erradiquen de una vez por todas ese machismo estructural que literalmente “nos está matando”…

Y mientras tanto seguiremos con nuestras reivindicaciones a pie de calle, miles de mujeres continuaremos lanzando nuestros mensajes de apoyo y solidaridad con la victima de este grupo autodenominado la manada que no sienten respeto ni por ellos mismos.

No han juzgaron a una chica de 18 años, nos han juzgado a todas.