Mohamed Mustafa

El Partido Popular de Ceuta ya no puede negar lo evidente: su acuerdo de gobernabilidad con la extrema derecha es una realidad. La aprobación inicial de los presupuestos generales de la Ciudad con el voto favorable de PP y Vox ha finiquitado para siempre la imagen de derecha decente que proyectó Vivas en las pasadas elecciones municipales en contraposición a una derecha radical y populista a la que llegó a acusar de peligro para la convivencia en nuestra Ceuta multicultural. Sin embargo, y tras seis meses de pacto con el PSOE (negado hasta la saciedad por los socialistas, que pretendían ser gobierno y oposición a la vez), ahora la sintonía es tal que se hace prácticamente indiferenciable el discurso de las dos derechas.

En parte importante de la intervención del portavoz de Vox durante el pleno de presupuestos, se ahondó mucho en dos líneas ideológicas que han caracterizado a la extrema derecha española: la negación de la violencia machista y su profundo rechazo hacia “el otro”, dos cuestiones que han sabido vehiculizar a través de un supuesto saneamiento de las cuentas públicas, mostrándose “firmes” contra subvenciones y ayudas a las que denominan “chiringuitos” y de las cuales se servían socialistas y marroquíes maliciosamente que dilapidaban el dinero público de todos los ceutíes. Más allá de su conocida retórica populista, había una seria carta de presentación que no permitía ambages ni dudas: esta nueva etapa va a ser diferente, habrá mano dura y se perseguirá a aquellos/as que no se sometan a la imagen de la Ceuta pura que anhelan muchos nostálgicos de nuestra conservadora sociedad.

No es casual, por tanto, que el primer objetivo de la incursión correctiva de Vox sea la sociedad civil. Son conocidos los procesos de “igualación” y de control sobre el individuo de la Alemania nazi que buscaban la difusión de una determinada doctrina y/o pensamiento, sancionando y persiguiendo el disentimiento político. El ataque furibundo a la asociación Mujeres Progresistas y la ONG Enfermos Sin Fronteras (constituida por españoles y españolas de confesión musulmana) que han servido de diana perfecta, cumple con este soslayado y tenebroso propósito. Son actuaciones políticas que señalan a colectivos y que sirven para marcar quién está dentro y quién fuera de esa ensoñación de la “Ceuta pura”.

Sabemos a lo que aspira la extrema derecha, pero la derecha española parece no saber qué querer y qué hacer. Da la impresión de que con la llegada de Casado a Génova, el PP ha optado por disputar el espacio a Vox, asumiendo a veces su discurso, e incluso en determinadas circunstancias, optando por colaborar en el poder, aspirando al viejo recurso inútil de domesticar la bestia mediante el funcionamiento de la propia burocracia y/o las instituciones. La historia nos enseña que nunca han funcionado estos intentos y que allá donde se experimentó con ello, sólo se logró abrir la celda a la bestia. Cada vez que el conservadurismo o los liberales hacían concesiones/acuerdos/pactos con la extrema derecha, el fascismo se abría paso.

El PP ceutí, en claro retroceso, es consciente del peligro que tiene pactar con la extrema derecha, pero, en su análisis interno, cree que las ventajas que le puede aportar son mucho mayores que los inconvenientes. Vox le ofrece algo obvio, y es una masa de seguidores que le permite formar una mayoría parlamentaria estable, pero, además, esa ventaja que en principio se descartó para marcar una clara diferencia entre la derecha decente y la derecha radical, ahora resulta más necesaria/urgente si se tiene en cuenta la enorme paradoja que hubiera generado la cohabitación de un gobierno autonómico PP-PSOE con un gobierno nacional PSOE-Podemos. Un escenario inaceptable para el actual PP.

Sin embargo, no sólo le ofrecen números. La extrema derecha radical tiene algo más que anhela el PP (un partido demacrado por el paso de los años y el desgaste por la distribución de un botín público cada vez más exiguo): la frescura del discurso rupturista de un partido radical adaptado a los nuevos tiempos. Curiosa paradoja. Un discurso del pasado vuelve, y la derecha, incapaz de evolucionar y de disputar el espacio (como lo hace por ejemplo la derecha alemana), es sobrepasada y ampliamente desbordada por el carácter novedoso del nuevo fenómeno populista. El PP es ahora una mera copia. Y en política, como en la vida misma, la gente siempre prefiere el original a una burda imitación.

Del mismo modo, a la derecha también le resulta atractiva la nueva/vieja forma de pertenencia elaborada por la extrema derecha radical, una pertenencia basada en el compromiso, en la intensidad emocional (afectos muy fuertes) y una disciplina férrea. Quieren reparar el vínculo social que se ha disuelto con los innumerables escándalos y casos de corrupción que han afectado al PP. Dejar de hablar de los problemas de los ciudadanos, dejar de hablar de política en definitiva, para abrazar la oferta dicotómica y seductora de la derecha radical, que dibuja una España abatida por los traidores y deseosa de la restauración del orden.

Parece mucho lo que puede ganar el PP, pero, sin embargo, lo que pierde Ceuta con este entreguismo a la radicalidad de la derecha es infinitamente mayor de los beneficios que pueda obtener un determinado partido y sus élites conservadoras. Los pactos dotan de credibilidad y respetabilidad a la extrema derecha, normalizando el odio, el racismo y el machismo. Las instituciones ofrecen poderosas armas para que el fanatismo legisle y, en consecuencia, moldee la realidad de acuerdo a su amorfa visión de la sociedad. Se empieza por criminalizar a un colectivo para luego dar paso a la implementación de toda una normativa para perseguir y castigar las conductas o pensamientos disruptivos. Luego, dentro de una estricta legalidad accesoria, se dan paso a esas atrocidades que hemos leído en los libros de historia y que siempre nos hemos preguntamos cómo pudieron llegar a suceder.