Islamofobia: aliada del terrorismo

Mohamed Mustafa - Politeia desde mi ventana


El último rebrote de violencia contra la comunidad musulmana en Europa evidencia que las mezquitas se han convertido en el principal objetivo del odio. Curiosamente, es aquí donde encontramos una de las grandes victorias de un DAESH que ha logrado usurpar unos símbolos que no le pertenecían para usarlos en su propio beneficio propagandístico. Los múltiples ataques sufridos por los templos de culto islámico se han incrementado, llegando a producir, incluso, víctimas mortales. Víctimas, también del terror, que, no obstante, sólo han recibido unos pocos minutos de atención mediática, sin hablar, por supuesto, de terrorismo en estos casos. Otra gran victoria del terrorismo yihadista: lograr categorizar a las víctimas inocentes, estableciendo diferencias entre ellas, acentuando la frustración y la rabia que nutren el reclutamiento de jóvenes vulnerables.

Es fundamental e imprescindible que, junto a la lucha contra el terrorismo, articulemos programas y medidas serias para frenar la islamofobia

DAESH ha encontrado en la islamofobia su mejor aliado. Encuentran en ella su justificación, su razón de ser, su alegato “creíble” para llamar a sus posibles adeptos a abandonar la zona de los “kufar” y unirse al falso califato. Los diferentes atentados contra el colectivo musulmán europeo parecen seguir al pie de la letra las pautas de la estrategia fijada por los terroristas en Europa. Resulta escalofriante leer lo que recoge el manual terrorista titulado “Cómo sobrevivir en Occidente. Una guía muyahidín”, donde se dice textualmente que: “Cuando las mezquitas sean atacadas por neonazis, los musulmanes harán protestas (…) Así comenzará la yihad en Europa. La gente se verá en medio de un fuego cruzado y deberán posicionarse en un bando”.

No se trata de alarmismo, sino de una invitación a la reflexión, una exhortación al uso del juicio crítico. A pensar por uno mismo, sin prejuicios, de modo independiente y poniéndonos en el lugar de los demás. Tal vez así, como ciudadanía, podamos llevar a cabo una de las más importantes aportaciones contra el terrorismo yihadista: dejarlo sin relato.

Es fundamental e imprescindible que, junto a la lucha contra el terrorismo, articulemos programas y medidas serias para frenar la islamofobia. Cualquier discurso político que relativice esta otra cara de la moneda no sólo alimenta estrategia terrorista, sino que también, a través de la pura y simple “irreflexión” de la que advertía Hannah Arendt, banaliza el sufrimiento de toda una comunidad, la musulmana (europea y mundial), dando alas a un sentimiento de repliegue y exclusión incompatible con los principios ilustrados de la Modernidad.

No se trata de alarmismo, sino de una invitación a la reflexión, una exhortación al uso del juicio crítico. A pensar por uno mismo, sin prejuicios, de modo independiente y poniéndonos en el lugar de los demás. Tal vez así, como ciudadanía, podamos llevar a cabo una de las más importantes aportaciones contra el terrorismo yihadista: dejarlo sin relato. No hablamos de un trabajo de la comunidad musulmana en exclusiva, portadora ya de la carga de la eterna sospecha; se trata de un trabajo común, de toda la sociedad civil. Del mismo modo que es importante rechazar cada vil atentado, se hace igualmente vital discernir entre culpabilidad e inocencia. Entre terroristas y la inmensa mayoría de musulmanes.

Debemos llamar a las cosas por su nombre y considerar también como atentados los muchos delitos de odio contra la comunidad islámica. En este sentido, es justo decir que se echan de menos declaraciones de los máximos responsables de Europa al respecto. Declaraciones honestas que vengan a detener esa estrategia terrorista que busca crear dos bandos. Gobernantes que digan claramente que nuestros vecinos musulmanes también forman parte del “nosotros”. Tal vez, los cálculos electorales y el empuje de la extrema derecha hacen que este paso sea casi un suicidio político, pero más grave aún que perder un gobierno o unas elecciones es, con nuestro silencio, dar paso nuevamente a los viejos fantasmas que, como decía Arendt, gracias a una masa irreflexiva, difuminaron nuestra parte individual de responsabilidad en el pasado.