Dos porteadoras ayudan a una compañera a adosarse la mercancía al cuerpo
Dos porteadoras ayudan a una compañera a adosarse la mercancía al cuerpo  

Mohamed Mustafa

Hace unas semanas, la revista alemana CORRECTIV, tras un largo trabajo de investigación, destapaba las infrahumanas condiciones laborales a las que se ven sometidas las temporeras que recogen fresas en Huelva. Los relatos recogidos narran abusos sexuales, explotación sistémica, coacción. En definitva, una situación de semi-esclavitud estremecedora e inadmisible en un Estado de Derecho. No obstante, estos hechos, teniendo en cuenta su gravedad, han sido contestados con una indignación demasiado tenue por parte de nuestra sociedad. Algo, sin embargo, que no debería sorprendernos a este lado del Estrecho.

En Ceuta vivimos situaciones parecidas que tampoco despiertan el interés que debieran. Las trabajadoras domésticas transfronterizas, víctimas de la explotación laboral (y sexual) y la indefensión más absoluta, constituyen un buen ejemplo, aunque cierto es que existe otro aún más escandaloso y evidente. Me refiero, cómo no, al fenómeno de las porteadoras, a esas mujeres que cargan sobre sus espaldas enormes bultos de mercancías y que, como han denunciado varias ONGs, también sufren insultos, atropellos y, de nuevo, vejaciones sexuales, todo ello consentido por la interiorización de unas dinámicas perversas que normalizan las peores situaciones de indignidad y violencia. Ni tan siquiera las muertes de varias de estas mujeres por aplastamiento a lo largo de este año han sido capaces de generar la preocupación necesaria para determinar qué pasa en la frontera del Tarajal. Sencillamente, no son “nuestra gente”.

Porteadora, trabajadora transfronteriza y temporera. Todas ellas racializadas, caricaturizadas, deshumanizadas. Víctimas no sólo de abusos, sino también de la indiferencia de una sociedad que las rechaza por ser migrantes; víctimas de un racismo que ha servido como ideología global para justificar la desigualdad, llegando a trasladar a ellas mismas la culpa/responsabilidad de sus propias opresiones. Incluso de sus propias muertes.

No podemos olvidar que la asunción de la inferioridad por parte de los grupos inferiorizados, su adaptación “voluntaria” a los marcos de comportamiento establecidos, es fundamental para el normal funcionamiento de la economía-mundo. Hablamos por ello de un racismo represivo y auto-represivo, algo que explica que las denuncias en los campos de fresas sean tan pocas: hablamos de una región que produce el 95% de las fresas de España y que genera más de 300 millones de euros de beneficio (en parte gracias a los costes baratos de la mano de obra). También sirve para entender el silencio de las trabajadoras domésticas y las porteadoras. Estas últimas forman parte de un comercio atípico que genera importantes ganancias económicas en nuestra ciudad, contribuyendo, por otra parte, a la compra de paz social en su país de origen a través de unos ingresos regulares que mantienen familias enteras. Como piezas de un engranaje fuertemente jerarquizado, de hombres, son conscientes de su posición de subalternidad, de una absoluta vulnerabilidad traducida en nefastas consecuencias si se atreven a denunciar.

La respuesta tibia de la izquierda blanca ante estas voces silenciadas y humilladas abre nuevamente el debate sobre el eurocentrismo, el colonialismo y los prejuicios abundantes a un lado y otro del espectro ideológico. La activista pro derechos humanos, Violeta Assiego escribía estos días al respecto: “Desde los feminismos, las disidencias y la diversidad sexual tenemos muchos retos y, a mi juicio, el principal es dejar de hacer agenda desde nuestros privilegios sin analizar si además de oprimidas somos parte también de la sociedad que oprime cuando llega la Diferencia. Si no lo fuéramos veríamos con claridad que los abusos de los campos de la fresa onubenses no son algo exagerado, veríamos como las leyes de extranjería, las de asilo y refugio, los controles de fronteras o la legislación laboral promueven esos abusos de poder sobre las mujeres migrantes. El patriarcado, además de machista, también es racista y clasista y si no luchamos contra ello, habrá un feminismo racista y clasista… patriarcal”.

De la derecha nada o poco se puede esperar. En cambio, a la izquierda, como categoría pensada para agrupar a los partidarios de una sociedad más justa, igualitaria y no sometida a la ley del más fuerte, se le exige capacidad de autocrítica, reflexión y acción. Repensarse y entender que es importante (y urgente) hacer un ejercicio de introspección y exorcismo de los moldes aprendidos para la reproducción de una economía-mundo que se sirve del racismo como elemento irrenunciable en la explotación de recursos materiales y humanos.