Las minas de hierro olvidadas del Monte Hacho

Las minas de hierro olvidadas del Monte Hacho

- Septem Nostra y la Fundación Museo del Mar descubren y documentan cuatro galerías que ponen en valor el patrimonio minero de Ceuta

- El descubrimiento ha sido posible gracias al hallazgo de un horno metalúrgico en Serrán Orive

- Piden apoyo para iniciar una excavación arqueológica que permita datar su origen


Aunque parezca increíble, aún quedan cosas por descubrir en una ciudad como Ceuta de apenas 20 kilómetros cuadrados. Sorpresas y descubrimientos que obligan a replantearse lo que creíamos saber del pasado de la ciudad autónoma. Mucho se ha hablado y escrito sobre el aprovechamiento del mar en la economía y la industria ceutí, desde la pesca a las salazones pasando por las conserveras, pero también las entrañas de la tierra han dado sus frutos en la historia de Ceuta. En parte por casualidad, parte empeño y tesón, el historiador José Manuel Pérez Rivera y el geólogo Francisco Pereila, han descubierto y documentado todo un patrimonio minero olvidado en el Monte Hacho y los acantilados del Sarchal.

Cuatro pequeñas minas de paredes oxidadas repletas de Flor de Cobre en las que, al menos hasta el siglo XIX, se extrajo mineral de hierro. Un hallazgo que ha sido posible en parte por el descubrimiento de un horno metalúrgico en Serrán Orive, dedicado, todo indica, a la forja del hierro muy probablemente para la construcción de barcos y armas. Un patrimonio minero, completamente desconocido, que urge proteger, acondicionar y poner en valor, tal vez sólo por estética o para ser utilizado cono recurso turístico o educativo, proponen los responsables del hallazgo. Pero, sobre todo, necesita ser estudiado a fondo, con excavaciones arqueológicas para poder datar su origen, reclaman desde Septem Nostra y la Fundación Museo del Mar.

En el descubrimiento confluyen además otros trabajos y estudios que han permitido localizarlas pues son grutas utilizadas desde tiempos inmemoriales para ritos de culto a la fertilidad muy probablemente pre islámicos y de los que hay numerosas evidencias, ha explicado Pérez Rivera.

Este ha sido un descubrimiento a la vieja usanza, apunta el historiador, nada que ver con la “ciencia libresca”, apunta su compañero en Septem Nostra y responsable del Museo del Mar, Oscar Ocaña. No había bibliografía ni reseñas de que en Ceuta hubiese actividad minera, sólo alguna mención poco detallada de Antonio Ramos de Espinosa de los Monteros, Celestino García Fernández o incluso de Al Ansari, pero sin especificar su ubicación y en la mayoría de los casos no circunscritas a la ciudad sino a su entorno inmediato.

Este es un hallazgo fruto de la exploración, en el que han necesitado del apoyo de espeleólogos como Cuco Raggio y geólogos como Francisco Pereila, para acceder a la primera cueva, a la que se entra por un túnel vertical, un pozo excavado por el hombre lleno de irisaciones verdes que marcaban el camino hacia la mina de hierro y cobre: cardenillo, pirita, calcopirita, manganeso, limonita… Una pequeña mina férrica, con acceso también desde el mar, con un rudimentario sistema de esclusas que permitía trabajar entre mareas, detalla Pereila apuntando que el Hacho es además un terreno muy fértil para este tipo de minerales ya que ha sufrido en “sólo” 21 millones de años (poco en términos geológicos) muchos episodios de distensión y contracción, por lo que el Monte Hacho está completamente fracturado, lleno de simas en las que se concentra el hierro y el cobre.

Así, en las faldas del Hacho y el Sarchal, se encontraron durante la construcción de las VPO un enorme yacimiento de calcopirita, muy cerca de las minas descubiertas ahora. Lamentablemente, apunta Pereila, el yacimiento no se pudo estudiar y fue cubierto de hormigón y hoy sirve de cimientos a esas torres “que parecen sin acabar”.

Una actividad minera de la que no había noticia y que, muy probablemente cesó en el siglo XIXy de la que, de momento, es imposible datar su origen, para ello sería necesaria una excavación arqueológica, explica Pérez Rivera. Su compañero en Septen Nostra, Oscar Ocaña, apuesta por catalogare y estudiar, para lo que pide sólo “un mínimo de sensibilidad”.

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