Tórrido aniversario en La Cuna, por un puñado de aceite y el Ayatolá Sánchez: Intrahistoria de una carrera

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Ceuta y los foráneos presentes asumen con humor el duro reto de recorrer decenas de kilómetros a pie en una jornada festiva 

En un lugar al norte de África cada año se juntan para correr -o caminar- un millón de las antiguas pesetas -seis mil- pero de personas. No huyen de nada, al menos así lo confirman los consultados a CEUTALDIA.COM. Sin embargo, hay espacio en ese heterogéneo grupo, en este 2026, para tórridas celebraciones nupciales, apuestas valientes, estrategia geopolítica y mucho orgullo legionario. 

Este sábado amanecía pronto, las calles parecían haberse puesto antes de lo normal. En la playa de La Riberra, un hombre de hechura maradoniana corría con su galgo, que iba más rápido y aprovechaba el impás para hacer un agujero en la hoy aparentemente más limpia arena de la céntrica franja costera. Pocos metros antes, a la altura del Casinillo ya se intuía la presencia de un legionario uniformado, mientras que en los aparcamientos pegados a la playa, la novia de otro militar dejaba a su pareja, cargado con una mochila, como quien suelta a su hijo en el colegio. 

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Participantes en La Cuna de La Legión 2026.

Se le veía ilusionado con lo que venía, como a Anabel López y a Nando García, gaditanos que hoy mismo celebraban tres años casados echando patas por Ceuta. "Nos conocimos entrenando, yo soy su entrenador", relataba el hombre, a quien su amigo no dejaba de pinchar durante el calentamiento previo, mientras aclaraba que su labor no consistía en enseñar a correr a su cónyuge: "Pilates, pilates", matizaba rápidamente

El caso de su acompañante es digno de mayor estudio: "Estos han estado teniendo sexo en el cuartel", exclamaba para sonrojo de los casados y risas de quienes alcanzaban a poner la oreja. De nombre Paco, apellido incierto y humor chirigotero, el hombre pasaba revista a todo con gracia: "A Sánchez lo mandaba a Irán en vez de a la Legión. Los legionarios son mayoritariamente buena gente, salvo algunos mentirosos, que dicen que queda un kilómetro pero en realidad quedan cuatro", aseveraba, informándose a continuación de donde iban a poder leerse sus palabras: "¿Lo podrá ver mi mujer?", consultaba, pidiendo de paso que le pixelaran la cara en la foto. 

Participantes en La Cuna de La Legión 2026.
Participantes en La Cuna de La Legión 2026.

No muy lejos de allí, José Manuel Pérez y Andrea Parrado calentaban con calma. Debutaban en la prueba, aunque no en el mundo de las carreras. Él, analista de ciberseguridad y actualmente docente; ella, maestra de primaria. Ambos compartían afición por correr y también por hacerlo juntos. “Carreras hemos hecho bastantes, en la península y aquí en Ceuta”, explicaba José Manuel, mientras Andrea asentía con la tranquilidad de quien tiene claro el plan del día: terminarla bien y disfrutar del camino.

La estrategia estaba más o menos calculada. “La idea es dos horas y media, dos cuarenta, tranquilamente, sin prisa y sin pausa”, calculaban, conscientes de que el cronómetro importa menos cuando el objetivo es compartir kilómetros. Si todo salía como esperaban, incluso habría margen para llegar al vermú. “Doce y algo, doce y media”, aventuraban entre risas.

Participantes en La Cuna de La Legión 2026.
Participantes en La Cuna de La Legión 2026.

Miguel Martínez y Javier Sánchez ya tenían algo más de experiencia en la prueba. No era la primera vez que se colocaban el dorsal de la Cuna de la Legión. Cada uno había elegido su distancia: veinte kilómetros para uno, cincuenta para el otro. “Disfruto corriendo”, resumía Martínez con una naturalidad que parecía explicar cualquier madrugón o ampolla. “Te desahoga, estás tú contigo mismo, ves el paisaje… me gusta cansarme”.

Sánchez hablaba en términos parecidos, aunque añadía el componente competitivo contra uno mismo: “Es un poco de superación, de ir mejorando cada día”. Ambos coincidían en algo más: el orgullo legionario que impregna la prueba. “¿Qué unidad militar tiene más personalidad que la Legión?”, se preguntaban casi retóricamente antes de responderse: “Ninguna”.

La ciudad, además, se transforma durante estas horas. “Es el día que más gente hay en Ceuta, el mejor día de la ciudad”, afirmaban sin dudar. El plan posterior estaba claro: cerveza con los amigos que habían llegado de fuera y algo de celebración después de la carrera. “Deshidratarse un poco más”, bromeaban.

Entre los participantes también estaba Sergio Ronda, ceutí, camiseta del Ceuta incluida. Era ya su quinta o sexta participación, aunque el número exacto se le escapaba. Lo que sí tenía claro era la distancia: veinte kilómetros, como cada año. “Para disfrutar y para que todos los que no son caballas vengan a nuestra maravillosa ciudad”, explicaba, reivindicando la mezcla de deporte y promoción turística que acompaña a la prueba.

Su preparación era la de muchos corredores populares: salir un par de veces a la semana y confiar en las piernas cuando llega el día señalado. “Lo importante es terminarla”, resumía. Después, la recuperación tendría forma de algo contundente. “Algo proteico”, sugería primero, antes de concretar con una sonrisa: “Un chuletón”.

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Participantes en La Cuna de La Legión 2026.

Desde más lejos había llegado Lola Osorio, de Córdoba. Era su primera vez en Ceuta y también su primera experiencia en una carrera de estas características. Había venido con amigos en coche hasta Algeciras y desde allí en ferry. “Ayer estuvimos viendo un poco la zona, lo que el tiempo nos permitió”, contaba.

Su relación con el deporte era más de caminar que de correr. “Suelo andar por la sierra”, explicaba, aunque para esta ocasión había decidido enfrentarse a los veinte kilómetros. Sin prisas, disfrutando del recorrido y del ambiente. “Quiero acabarla y disfrutarla”, resumía.

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Participantes en La Cuna de La Legión 2026.
Entre los participantes también había apuestas de las que dejan huella en la báscula. Juan Sánchez, llegado desde Jaén, tenía una misión muy concreta. “Vengo a recuperar mi peso en aceite”, explicaba. Un año atrás había hecho una apuesta con su cuñado: entrenar durante doce meses y correr la prueba.

La recompensa estaba clara. Cuando regresara a casa se pesaría, y su cuñado le entregaría en aceite de su propia almazara todos los kilos que hubiera perdido durante el proceso. Juan sonreía al imaginar el resultado. “Le voy a arruinar”, advertía. “Van a ser más de quince litros”.

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