Reportaje

Lo que esconden los apellidos musulmanes perdidos: Tres generaciones sobre segregación y agravios en Ceuta

Un texto en dariya

Los afectados por el hurto de sus apellidos cuentan tres versiones en este reportaje con ceutaldia.com tan distintas como compatibles que revelan como recuperar sus nombres es un primer paso en el camino hacia una igualdad efectiva de oportunidades que no ven

Usted podría llamarse José José José si fuera musulmán y su abuelo, bisabuelo o tatarabuelo hubieran llegado a Ceuta desde Marruecos en cualquier momento desde los años 20 del siglo pasado hasta la actualidad. Podría no tener rastro de sus apellidos, del origen que estos delatan. Podría verse desarraigado, limitado durante años en sus pretensiones por solo ser un número en una cartilla, sin nacionalidad y tras mucho tiempo sin acceso al ascensor social. Es la historia del robo de los apellidos musulmanes, la que sigue sufriendo a día de hoy toda la comunidad ceutí y que ahora -a raíz de la Proposición No de Ley tramitada por Ceuta Ya! y Podemos en el Congreso para recuperar los nombres reales- cuentan tres generaciones de afectados a ceutaldia.com.

Los relatos de Nayat Abdeselam Ahmed, Farid Abdeselam Mohamed y Fatima Shora Mohamed Abdelkader -todos mencionados tal y como figuran en los documentos oficiales de España, con sus apellidos siendo mayoritariamente en realidad los nombres de pila de sus padres y abuelos paternos- son diferentes en la forma pero iguales en el fondo. Hablan de una absoluta y manifiesta indiferencia del Estado español hacia sus raíces y desvelan una sucesiva separación entre musulmanes y cristianos en Ceuta, que empezó por los barrios, siguió por los colegios y ha acabado impregnándolo todo.

Para ellos, recuperar sus apellidos supone "un primer aliento" en la lucha por una integración real que mayoritariamente no ven. Y es que, desde que sus abuelos o bisabuelos llegaron al albor de la Guerra de África a la ciudad autónoma, el registro de su existencia nunca se tomó en serio ni con el rigor de respetar sus orígenes en algo tan sencillo como siquiera escribir bien sus apelativos, cuentan. Este menosprecio tomó forma legal en los ochenta, cuando se estandarizó un sistema que ha llevado a que en Ceuta no existan los apellidos musulmanes y cientos de personas puedan llamarse igual. Como si fueran José José José.

Farid Abdeselam Mohamed para los registros, Farid Haldi Tunsi, en realidad

De ser cifras a nombres mal escritos

"En el colegio, pasando lista decían Abdeselam Mohamed y levantábamos cinco la mano". La historia que cuenta Farid Abdeselam Mohamed (Ceuta, 1967) -en realidad su nombre es Farid Haldi Tunsi-, la suya propia, ejemplifica a la perfección cómo la desidia y la despersonalización de los emigrantes marroquíes fue causa original de la pérdida de los apellidos musulmanes en la ciudad autónoma.

Sus bisabuelos paternos llegaron a la localidad coincidiendo con la Guerra de África, su abuelo fue militar, residente en el Ángulo y allí nació su padre, que posteriormente se trasladaría a Vicedo Martínez. En la otra rama familiar, la materna, ya su abuela había llegado al mundo en Ceuta, mientras que el que acabaría siendo su marido llegó de Dukkala casi al final del conflicto armado. "Eran mano de obra barata tendente a configurar las Fuerzas Indígenas de los antiguos Regulares", subraya el hombre, que recuerda que los antepasados de su madre vivían en el Poblado Regulares.

Su padre fue practicante, "Selam el practicante le llamaban y a mi me conocen por ser su hijo". Un poco como en el Señor de los Anillos, tal hijo de cual. "Era casi médico, los seis o siete doctores de Hadú tiraban mucho de él, le dejaban los recados en dos estancos y él daba consejos de dieta, de inyecciones, pastillas".

Un hombre muy conocido y querido en Ceuta, pero que nunca pudo optar a entrar en el Hospital porque solo disponía de la tarjeta estadística y no de la nacionalidad, cuenta su vástago, que enseña los documentos que ha podido rescatar y en los que se ve como a su padre y a su abuelo les cambiaron el nombre a antojo en distintos documentos oficiales, escribiéndolo mal a veces y poniéndoles unos u otros apellidos sin mayor explicación. "Éramos solo una cifra, solo importábamos a efectos de estadística", lamenta Farid Abdeselam.

Esto no solo atestigua que la pérdida de los apellidos se produjo ya mucho antes de los ochenta, cuando se estandarizó ya el agravio, sino que antes ni siquiera se facilitaban los documentos de nacionalidad a los ya nacidos en Ceuta, lo que a muchos impidió tener una proyección profesional y acceder al ascensor social de la educación universitaria en numerosas ocasiones.

Abdeselam lo ha vivido de cerca, no solo en el caso de su padre. Él y sus cuatro hermanos -dos mujeres- estudiaron en el colegio de los barracones de Erquicia y luego pasaron al Santa Amelia, y aunque él sí pudo empezar estudios en la Universidad de Granada, dos de sus hermanos no tuvieron esa suerte: "Uno quería hacer Arquitectura y otra Magisterio pero como ellos no tenían documento de la nacionalidad sino todavía tarjeta estadística, no pudieron", revela.

Él no acabó el grado de Sociología, entre su lucha por ser objetor de conciencia contra el Servicio Militar Obligatorio y echarse novia en suelo nazarí, las asignaturas "se fueron acumulando" y perdió la beca. Empezó entonces a trabajar de intérprete en la Operación Paso del Estrecho y a través de la Prestación Social acabó asociado a la biblioteca. "Es una de las cosas que más orgulloso me hace sentir, rescaté la biblioteca del Juan Carlos I, que era una sala de castigo y en el incipiente centro de mayores Edrissis monté también un espacio de préstamo de libros", relata.

La educación aparece en su discurso de forma constante, incluso cuando habla de su madre, que a sus 87 años, "sabe leer y escribir fluidamente". Pero, ¿qué pasa entonces con los niños de los colegios e institutos de Ceuta que muestran en el informe Programa para la Evaluación Internacional del los Estudiantes (Pisa) graves problemas en cuestiones como comprensión lectora?: "Hay un inconveniente importante que es el reconocimiento de que los niños a una corta edad van con lengua materna a los colegios. Eso de algún modo les coarta. Además, si los juntas a ellos solos en un centro y luego haces lo mismo cuando pasan al instituto, eso es la tormenta perfecta", argumenta, apostando porque se incluya personal de acompañamiento que facilite la adaptación lingüística.

Abdeselam, que en realidad debería ser Haldi, es ahora militante político -como asesor en Ceuta Ya!- impulsado por el deseo de buscar soluciones a muchas de las cuestiones que ha vivido en su vida y que observa ahora mismo. Derribar las barreras que impiden la igualdad de oportunidades y, en ese camino, la recuperación de los apellidos constituye para él "un primer aliento": "Saber íntegramente quiénes somos y de dónde venimos".

Nayat Abdeselam Ahmed para los registros, Nayat Harimi Azuz, en realidad

De las navidades en el Príncipe, la abuela porteadora y el arduo camino a la universidad

Nayat Abdeselam Ahmed (Ceuta, 1996) -debería llamarse Nayat Harimi Azuz- se crió y sigue viviendo en el Príncipe Alfonso, allí donde llegó a residir su abuelo, militar integrante de las Fuerzas Regulares en Ceuta a un terreno que le concedieron para construir: "Hay papeles verídicos de que se le dio para que estuviera allí la familia", explica.

Él murió cuando su hija -la madre de Abdeselam- tenía solo siete años, lo que obligó a su abuela a buscarse la vida. "Fue una de las primeras mujeres porteadoras de aquí de Ceuta. Eran seis o siete viudas que no tenían otra opción para tirar de sus familias", cuenta su nieta, orgullosa de recordar como se hizo hueco en un mundo eminentemente masculino.

Gracias en parte a ella pudieron salir adelante ella y sus ocho hermanos, con padres "sin estudios", dedicándose "a limpiar casas o a trabajar en la fábrica" siempre sin seguro alguno: "No sabían ni lo que era, ni le daban ninguna importancia. Hasta que mi madre entró en uno de los primeros planes de empleo, en 2003, nunca lo tuvo", incide sobre su progenitora, que ahora tiene 68 años y le ha transmitido el enorme cambio que ha vivido el Príncipe.

"Mi infancia giró en torno a la barriada, estudié en el Reina Sofía y éramos todas musulmanas, ni una sola compañera era cristiana. En todo el colegio igual eran uno o dos y la mayoría de esas familias ya se habían ido". Nada que ver con el recuerdo de su madre: "Dice que ahora las navidades no son como las de antes. Estaba la vecina con las luces y las cortinas decorativas y comían mazapán. Me enseña fotos del colegio y me dice 'esta ahora vive aquí, esta vive allá'".

Las luces de las casas de los cristianos "se fueron apagando", se apagó entonces la feliz convivencia que mantenían, no hubo más navidad ni mazapán, tampoco compartir con ellos el Ramadán. "El último en irse fue el cartero", detalla Abdeselam, a la que le da pena no poder haber tenido esas vivencias: "Me hubiera gustado", reconoce.

Preguntada por si piensa que esa zona y otras próximas de la localidad han acabado conformándose en una especie de gueto, ella responde tajante. "No es que se forme un gueto, es que es un gueto": "¿Dónde se construyen las casas de protección oficial y quién vive en ellas?", se cuestiona retóricamente, para seguidamente plantear su explicación. "A los musulmanes del Recinto o de otras zonas más céntricas nos están subiendo todos al mismo área".

Abdeselam -o Harimi, como realmente le correspondería ser llamada- es la primera de su familia que acaba una carrera. Lo hizo sin apoyo económico y sin medios materiales. Cuando iba al instituto "no tenía ordenador, ni conexión a internet". Es más, a veces no contaba ni con los libros de texto. Hacía cola en la biblioteca para poder usar el terminal con acceso a la web y así presentar los trabajos de clase -"me acuerdo que tenía que esperar a que acabaran los usuarios del CETI que se conectaban para ponerse en contacto con sus familias", abunda- y aprovechaba las sesiones en el aula para resumir el tema siguiente del libro que le prestaba una compañera y así estudiar luego en casa. "Ahora mis hijas lo tienen todo y no quieren estudiar. Serán cabronas", bromea.

El camino hacia la universidad fue arduo, pero al final consiguió sacarse Educación Social en la UNED y posteriormente un grado de animación en el Abyla, justo el centro en el que cursó secundaria. Lleva trabajando en la Fundación Cardjn casi diez años, ayudando a los jóvenes migrantes que alcanzan la mayoría de edad y se quedan en un completo limbo. Sin recursos, lejos de sus casas y ni idea de que hacer con sus vidas. Ligada anteriormente a la Fundación Engloba y a la Asociación Márgenes y vínculos, la mujer asume una postura fuertemente reivindicativa que contrasta también con la de sus progenitores.

"A mis padres les he preguntado por el tema de la recuperación de los apellidos y me dicen que les da igual. Han vivido en un mundo en el que han sido tan discriminados, tan poco valorados como personas y como ciudadanos, que no lo sienten. Esto no les ha supuesto un dolor de cabeza ni nada que hayan hecho en contra de ellos. Les parece algo burocrático para regularizar su situación", revela Abdeselam, que siente "frustración" al recibir esa respuesta: "Han tocado tu identidad, algo tuyo", valora ella.

Asocia esta forma de pensar por parte de sus padres en la actualidad a que "siempre han sido ciudadanos de tercera", a pesar de que incluso su abuela nació ya en Ceuta, "en el Hacho", puntualiza. "En la foto del colegio que te enseña mi madre se ve a las chicas cristianas y ellas están perdiditas en un lado. Se encoge a día de hoy ante ellas y le da más valía a lo que digan. Ahora va a hacer crochet y me dice que se encontró a 'Manolita' o a no se quién. Es muy servicial en su interior y eso a mi me enfada mucho", advierte.

Por contra, aboga por ir en contra de la segregación, por dar un paso en pro de la integración efectiva, algo que pasa también por recuperar sus apellidos y con ello su identidad. "Yo voy a Marruecos y me dicen vete a tu país y en Ceuta me dicen lo mismo. Entonces, yo qué coño soy. Tengo herramientas para no bajar la cabeza y no disculparme ante nada", apostilla Abdeselam, que por ejemplo opta por no llevar a sus hijas al Reina Sofía: "Quiero que se integren con gente que no sea solo musulmana. Hablan de que los niños del Príncipe no se integran, pero si en clase están ellos solos, en el barrio y en casa hablan únicamente dariya y luego en el instituto les separan a todos en un aula...Lo que quiero es que mis hijas puedan llegar al bachillerato en las mismas condiciones que una niña del centro", zanja.

Fátima Shora Mohamed Abdelkader para los registros, Fátima Shora Hasnawi Messauri en realidad

Una joven que enarbola la bandera de la lucha por su identidad

La joven Fátima Shora Mohamed Abdelkader (Ceuta, 1998) -cuyo nombre debería ser Fátima Shora Hasnawi Messauri- fue una de las representantes políticas locales que acudieron a reunirse con la líder de Podemos, Ione Belarra, en Madrid, para plantearle la importancia de retomar los apellidos musulmanes originales. De aquel encuentro, que recuerda con gran emoción, salió la Proposición No de Ley que está pendiente de tramitación en el Congreso.

Mucho antes de aquel paso en firme hacia la recuperación de sus raíces, varias décadas, el abuelo paterno de Mohamed ya había nacido en Ceuta, después de que su padre -bisabuelo de ella- llegara a la localidad a corta edad "por una tía que trabajaba aquí". Siempre asentados en el Príncipe hasta el día de hoy, ella recuerda la difícil vida de sus antepasados, "trabajando de sol a sol" para sacar adelante a doce hijos, siendo además ocho hermanos, mientras convivían en la barriada en perfecta armonía con los cristianos: "Según me cuenta mi abuela en las noches de verano cenaban juntos aquí en un patio".

La segregación que líneas atrás relataba Abdeselam Ahmed, la vivió también esta joven que también estudió en el Colegio Reina Sofía. "Fueron los mejores años de mi vida", dice convencida y se retrotrae a las clases de su niñez, en las que todos sus compañeros eran musulmanes. Lo mismo le pasó cuando fue a parar al IES Abyla: "Nos ponían la etiqueta. El primer año nos metían a todos los que veníamos del Príncipe en la misma clase, pero en segundo ya si sacabas buenas notas el panorama cambiaba por completo y la mayoría en tu aula ya eran cristianos".

Ella ha tenido que escuchar que le dijeran cosas como "para ser del Príncipe no lo has hecho tan mal o para ser musulmana hablas muy bien". Le repugna ese estigma. "Eso solo se podrá cambiar haciendo mucha pedagogía, de forma que se entienda que gente buena y mala hay en todos lados".

Su familia es un ejemplo de que los prejuicios no aplican. Mohamed cuenta orgullosa como su madre estudio auxiliar de enfermería, después técnico de laboratorio y salud ambiental. Ella acabó Criminología y también siguió sus pasos completando la formación de técnico de laboratorio.

Sin embargo, su camino la llevó a la militancia política y en ese contexto descubrió como a través de sus nombres les habían arrebatado sus raíces. "Al perder nuestros apellidos originales perdemos parte de nuestra herencia", dice convencida sobre una cuestión a la que cree que sus padres y abuelos no han dado tanta importancia por desconocer "la gravedad de lo que supone". Y eso que entre sus allegados se dan casos sangrantes de hermanos con distintos apellidos por un cambio de criterio a la hora de elegir que nombres de pila se usaban.

Por ellos. Por sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos, como por los del resto de musulmanes de Ceuta, por su identidad "arrebatada injustamente" y por los agravios sufridos y no reparados, la joven espera que su lucha no caiga en saco roto. "Necesitamos sentir de donde venimos, sentir que estamos recuperando parte de nuestra historia", concluye.