Cuando se rifa un derecho fundamental: "Llevamos años esperando por una vivienda"
Crónica de cómo con un pequeño bombo, casi binguero, Emvicesa sorteó esta mañana una serie de viviendas de alquiler y compra ante la presencia de decenas de inscritos que aguardaron tensos por recibir un hogar asequible
En una sala de unos cincuenta metros cuadrados de la Biblioteca Pública de una ciudad de 18,5 kilómetros de superficie, se sortean 21 pisos de entre 30 y 105 metros. Un pequeño bombo, casi como de bingo portátil, sirve para que el notario, en presencia del gerente de la empresa pública de vivienda de Ceuta, Emvicesa, obtenga los números de los elegidos. Los posibles adjudicatarios miran atentos desde las banquetas ubicadas justo frente a la mesa. Están tensos, se juegan un alquiler asequible o la compra de una vivienda protegida. Un sueño, "tras años de espera", un derecho fundamental -con ciertos matices- que se rifa en una mañana de viernes destinada a cambiar la vida de un puñado de 'afortunados'.
En la localidad, los precios del alquiler rondan los 13 euros por metro cuadrado. Hay pocos inmuebles y son un 22% más caros que hace diez años. Bien lo sabe Chaima Abdeselam, que a sus 28 años no ha podido independizarse. Ella es una de las 78 personas que este viernes se juegan un hogar. "Vivo con mi madre, mis tres hermanos y mi abuelo", cuenta la joven, que cumple con los requisitos para las viviendas de Serrano Orive. Es decir, tener menos de 35 años y unos ingresos inferiores a cuatro veces el IPREM. Unos 28.000 euros anuales.
Con un coqueto vestido rosa, esta esteticista acude acompañada por su madre y uno de sus hermanos. Ya se imagina entrando en la casa -que tendría una habitación- y decorándola a su gusto. Lo primero que dice, haría. "Querría que tuviera un vestidor, un sofá grandísimo y una tele como si fuera un cine", cuenta con esperanza, indicando su preferencia por los tonos claros. "Beige o blanco", puntualiza.
De no lograrlo, sabe que tiene casi imposible acceder a un domicilio cerca de su trabajo, en el centro. "Me saldría por unos 1.300 euros porque no quiero tener que compartir", especifica, dando cuenta de lo elevado del precio de los alquileres en una ciudad que cuenta con un numeroso funcionariado con altos salarios en comparación con los del sector servicios, al que ella pertenece, en una situación mucho más precaria en lo retributivo.
Es de las primeras en llegar, aunque poco a poco la sala se va llenando antes de que den las diez. La mayoría optan a las 17 de Serrano Orive, todas de un dormitorio, salvo una, que tiene dos. Sin embargo, según detalla Santiago Ramírez, gerente de Emvicesa, también hay en juego otras cuatro de venta libre en la Calle Solís y una última VPO en venta en el Hacho.
Entre los que esperan por conseguir el alquiler también está Álvaro Illana, de 27 años, camisa azul elegante, pantalones tipo traje y calzado negro a medio camino entre zapato y deportiva. Le acompaña su madre, una mujer afable, con un bonito vestido en tonos beige, rojos y verdes, con la que pretende compartir la vivienda: "Necesito una casita para mí y creo que es una oportunidad muy buena. Mi madre lleva muchos años pidiendo una para los dos", relata, explicando que actualmente residen en un inmueble de su abuela ubicado en Juan Carlos I.
Maestro de primaria, trabaja "de vez en cuando" y sabe lo complicado que es para su generación acceder a un domicilio. "La cosa está muy mal en general, también en la península y sobre todo para los jóvenes", asume.
Por ello, ve en las bolitas que están por salir del bombo una esperanza. "Si lo consigo lo primero que haría sería una fiesta de celebración con mis amigos y mi familia", explica mientras el nerviosismo sube.
Llega la hora del sorteo
Al fin Ramírez y el notario se sientan en la mesa que preside la sala. El otro Ramírez, Alejandro, consejero de Fomento, mira en la distancia desde un lateral de la Biblioteca. Se le escapa una risa al ver el bombo. Casi binguero.
En lo que introducen las bolas, una niña que apenas levanta medio metro del suelo corretea por el hueco entre sillas con un muñeco en la mano. Luego la coge su madre, que atiende a la vez a otro niño, sentando a su lado. En la primera fila, una pareja aguarda expectante, él de polo verde, gafas negras y pelo oscuro, ella lleva mechas y ropa oscura. Se miran, dirigen los ojos al bombo y en una de las primeras bolas, llega la esperada noticia. Disimulan un poco, pero ella le agarra fuerte la mano. Una mirada cómplice lo confirma.
También le toca a Illana, que se abraza a su madre. Atiende a los medios y está encantado. Pronto podrá poner el sofá cama que deseaba, "para cuando haya visita" en el salón de su piso de alquiler en Serrano Orive, desde el que podrá seguir construyendo su futuro. Él es la cara. A otros les toca la cruz, en un acto que demuestra lo desigual de la sociedad cuando se rifa un derecho fundamental.