El papelero de nacimiento que se encuentra clientes hasta en Copenhague se jubila
Emilio González Serrán deja el oficio en el que lleva toda la vida por herencia familiar y pone en traspaso el local en el que ha ejercido treinta años: "Me voy con gran satisfacción"
La de Emilio González Serrán es una cara afable y muy conocida para los vecinos de Ceuta. Ya de niño deambulaba por la papelería de su padre, "el número uno" en el oficio y en materia de distribución de revistas. Siguió sus pasos profesionales hasta el final, aún cambiando a un local -a pocos metros del primero que tuvo su familia- del que ahora se despide por jubilación. Ya sueña con cruceros con su mujer, con viajes a Japón donde, como le pasó cuando fue a Copenhague, igual se encuentra con un autobús repleto de clientes suyos. Por eso, por la gente que conoció y con la que compartió su trayectoria se marcha "muy satisfecho".
"Desde que recuerdo mi padre siempre tuvo estanco y papelería", inicia su relato González Serrán, de 65 años, apoyado sobre la repisa desde la que sirve loterías. En su mirada se percibe entonces una cierta conmoción, justo cuando se ve de nuevo así mismo revisando tebeos de "Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape o Hazañas Bélicas" en el local de calle Real 17 que sus progenitores cogieron alrededor de 1945.
Desde allí lideraban el sector de la papelería y distribución de revistas en Ceuta. Un negocio que luego exportaron a Puertas del Campo. Mientras, él iba a la academia San Juan de Dios, "subiendo la calle Sevilla". Luego pasó "a las anejas del instituto" y finalmente al Siete Colinas.
También jugaba al fútbol "en el equipo del colegio" y se maravillaba cada domingo con las proyecciones de 'Ben Hur' o "las de piratas" que daban en la matinal del Cine África. Lo hecha de menos, reconoce. "Se llenaba todo de niños".
Sus quehaceres en la papelería siempre estuvieron ahí. Eran seis hermanos y su padre llegaba frecuentemente con un "me hace falta esto o aquello". "Me acuerdo cuando venían los crismas. Se les ponía pegamento con un pincel y luego se metía en un cubo con escarcha. Así salía con todos los brillitos. Era todo artesanal. También cuando se acercaba la Feria rellenábamos cientos de bolsas con confeti".
Hace aproximadamente tres décadas mudaron el negocio al local actual, en el que sigue brillando el cartel que reza 'Librería General'. Entre esas paredes ha podido posar su mirada sobre el flujo diario de la vida, pues los fieles, acuden un día sí y otro también a por una cosa u otra: "Todos los días vienen dando un paseo y que si les falta un boli, que si tabaco, que si echo la lotería". No niega, por tanto, que se entera de todo lo que pasa en el entorno. "Esta zona es radiopatio", bromea.
En su memoria algunos instantes grabados. Como cuando le anunció un premio de la lotería a una clienta y esta "del shock" se fue sin siquiera cobrarlo: "Era una buena cantidad encima". Hablando de sorpresas, la que se llevó él mismo cuando años atrás fue de viaje a Copenhague. "Si no estoy allí y veo bajar de un autobús a uno de los compradores habituales de la papelería y detrás varios más".
Contarlo, como vivirlo, no le genera más que felicidad, y así lo deja. "He sido muy feliz, me voy con una gran satisfacción", se sincera. Entretanto se ha casado, ha tenido dos hijos que han seguido otra trayectoria profesional y de los que se muestra orgulloso. Pronto, si hay suerte, bajará la reja de su establecimiento por última vez. Su mente ya imagina cruceros con su esposa, viajes a Japón. Quizá allí también encuentre a algún cliente de la 'Librería General'.