"El Rocío empieza en casa", en Ceuta
Francisco Javier Barceló, director del coro de la Hermandad rociera en la ciudad, ha abierto su corazón en un pregón lleno de fe y amor hacia la Blanca Paloma y los suyos
"El Rocío no se vive sólo en las marismas. Ni en la arena. Ni en la lumbre. El Rocío empieza donde se nombra, donde se sueña, donde un corazón se ensancha al decir su nombre" y hoy, ese lugar, era la parroquia de Santa Teresa en Ceuta, donde entre lágrimas de emoción Francisco Javier Barceló, director del coro de la Hermandad en la ciudad, ha abierto su alma en un pregón lleno de fe y amor hacia la Blanca Paloma y los suyos.
Le daba paso quien estuviera en su lugar el año pasado, Adán del Campo Podadera, su mejor amigo y "alma gemela", quien se confesaba todavía "más nervioso y emocionado" que en su propio discurso. Presentaba a Barceló como "un caballa de nacimiento, rociero por derecho y cristiano por la gracia de Dios. Un hombre de los pies a la cabeza, un gran hijo, un gran hermano, y sobre todo, un amigo ejemplar de los de verdad". "Si conozco verdaderamente la amistad es porque perteneces a mi vida desde hace ya bastantes años", le dedicaba entre miradas de cariño hacia la bancada.
Esbozaba una sonrisa al recordar sus "chistes malos" y su forma de sacarlo de sus casillas y se le volvían a empañar los ojos al agradecerle que sepa darle "donde más duele" para hacerle "ver realidades" que le "ciegan". Palabras que todavía resonaban cuando se subió a cantar con el coro, mientras Barceló tragaba saliva y confesaba con ojos llorosos no saber cómo empezar tras los elogios del "hermano mayor" que considera que la vida le ha regalado.
Lo hizo por el principio, porque "como todo en esta vida, todo tiene un principio… y también un final". Llevado por la pasión comenzó narrando cómo la Virgen se fue "acercando" a él sin que "apenas lo notara". Precisamente a través del testimonio de su amigo, que le llevó, hace ya más de diez años a decidir ir al Rocío para vivir en sus carnes la experiencia de postrarse frente a la Blanca Paloma, que fue frustrado por un aviso de bomba. Una "mala pasada del destino" que les impidió completar su propósito.
Pero al día siguiente, nada más amanecer, decidí acudir a la ermita. Iba acompañado, sí, pero, en el fondo, me sentía solo. Crucé el dintel de la puerta… Y allí estaba ella. Distinta a como la había Imaginado tantas veces", recordó sobre el momento en el que mientras una niña se arrancaba a cantar una sevillana la Virgen se quedó en él para siempre. "¿Cómo olvidar aquel instante sagrado, cuando el alma se estremeció sin previo aviso? ¿Cómo silenciar aquel torbellino de emociones que me revolvía por dentro como un suspiro eterno?".
"Me citaste en el momento justo, como solo tú sabes hacer. Estar a tu vera no es deseo: es destino", le dedicó a la Reina de las Marismas, para la que "no hacen falta varales ni costeros" para llevarla "en el alma cada día".
Y es que, confesaba, "el camino más duro del rociero" no es el que lleva a Ayamonte, sino "el echar de menos". Porque "cuando todo concluye, el alma se queda vacía y empieza la nostalgia", que dura los 365 días del año y cuyo único "bálsamo" es el recuerdo de la experiencia y todos aquellos con los que los rocieros comparten ese mágico sentimiento.
Aprendió a tocar solo la guitarra, sin nadie que le guiara "más que la paciencia y las ganas" en las "noches de ensayo a escondidas", llenas de "cuerdas rotas" y "dedos sangrantes". Una pasión que le llevó a, entre copas y notas, a formar el coro que hoy dirige alentado por Manolo Guillén, de quien es la "bendita culpa" de que la hermandad sea la familia en la que se ha convertido, envuelta por las voces de una coral "que cantaba más con el alma que con la voz, pero que llevaba dentro el germen de algo grande".
"Cada Romería, cada Rocío es diferente" y él guarda especial cariño al que, en "en una de esas noches mágicas, ocurrió algo que no estaba escrito". Para Barceló "no fue casualidad" conocer a su "compañera de sudor y de lágrimas" y "brújula en los días de niebla", su pareja. Quien "sin renunciar a su hermandad y a sus Raíces en San Fernando, cruzó el Estrecho por trabajo y por vida, y decidió también apostar" por su relación.
"Y que sea para siempre, y a tu verita, vida mía, aunque te haya hablado de la noche en la playa como si fuera el principio, no lo es. Porque el Rocío empieza antes. Mucho antes. Antes de que la carreta mire al Coto. Antes de que El tambor marque el paso. El Rocío empieza en casa (...) Entonces, hermano, ya hemos empezado el camino. Aquí. En este templo. En este pregón. Porque el final de mis palabras… es sólo el principio".