CORRUPCIÓN DE MENORES

Juicio al ex docente de Agustinos: “Cuando vi las fotos en el móvil de mi hijo vomité”

Juicio al ex docente de Agustinos: “Cuando vi las fotos en el móvil de mi hijo vomité”
Magistrados y abogados durate un receso en la Audiencia Provincial
Magistrados y abogados durate un receso en la Audiencia Provincial

El primer día del juicio al ex docente del colegio San Agustín, al que todos, incluso el Ministerio Fiscal, llaman por su nombre de pila, el mismo por el que lo conoce toda la ciudad, se ha alargado hasta bien entrada la noche en una sesión lastrada por una suspensión provocada por un fallo técnico en el sistema de grabación. Por la Audiencia Provincial han desfilado siete testigos, entre ellos los padres denunciantes, en una vista oral que se ha prolongado casi diez horas. Un juicio complejo en el que se dirimen cuestiones sensibles y en el que el acusado, un ex docente de educación física del Colegio San Agustín, se enfrenta a decenas de años de cárcel por seis delitos: tenencia (y elaboración) de pornografía infantil, corrupción de menores, abuso y agresión sexual a menores de 16 años, inducción a la prostitución de menores y ‘sexting’ (envío o petición de imágenes sexuales aprovechando la inexperiencia del menor).

El relato de los tres primeros testigos (y posteriormente también del quinto), todos menores de edad en el momento de los hechos, dibujó un retrato uniforme, casi idéntico, de un hombre cercano y querido por todos, un profesor sin tacha alguna por el que sus alumnos sentían verdadero fervor. “Era casi un familiar”, era “como un abuelo, un tío”, describieron dos de los testimonios, que trazan el perfil de algo más que un profesor, más bien un amigo con el que, explican, era “normal” intercambiar mensajes cariñosos, como un “te quiero con locura”, un “te echo de menos, no puedo estar sin ti” o “me voy a poner celoso si no estás conmigo”. Era, explican estos primeros testigos, un profesor y un amigo que les invitaba a comer en el Muralla, a cenar en el Refectorio y que les hacía regalos en ocasiones caros y al que también era perfectamente normal enviar fotografías en “bañador turbo”, desnudos o en poses provocativas. 

Cuatro testimonios idénticos...

Una actitud de un profesor que entienden como algo perfectamente normal y sin reverso oscuro, insistieron los cuatro testimonios, cortados por el mismo patrón. Enviaban fotos sensuales o incuso explícitas, “como harías con cualquier familiar con el que tienes confianza”, alegaba uno de los testigos. O hablaban con un tono más que cariñoso como algo normal entre ellos: “Bombón, cariño, cielo… Es mi forma habitual de hablar con la gente a la que quiero”, argumentaba otro de los testigos.

Era, explican estos primeros testigos, un profesor y un amigo que les invitaba a comer en el Muralla, a cenar en el Refectorio y que les hacía regalos en ocasiones caros y al que también era perfectamente normal enviar fotografías en “bañador turbo”, desnudos o en poses provocativas. 

Todos ellos insisteron en que todo fue por voluntad propia, sin que mediara petición del acusado: O bien se hicieron ellos mismos las fotos provocativas con el teléfono del acusado, del que hacían uso libremente con su permiso, o bien las fotos se las hizo él, pero a petición de los propios chavales. Ni asomo de sexo en su relación, insistieron, recordando que muchos de ellos tenían y tienen novia.

... Y una versión radicalmente diferente

Un retrato que cambia radicalmente desde la perspectiva del cuarto de los testigos, como el resto, también menor de edad en el momento de los hechos. Su versión es otra muy diferente: La finalidad tras los regalos, las invitaciones y las fotos era sexual. No tiene duda alguna. “Todo empezó cuando empezamos a escribirnos por teléfono y empezó a pedirme fotos”, testificó. “Las primeras eran, se puede decir así, fotos normales, con ropa, con amigos, y luego ibas quitando prendas de ropa, la camiseta, los pantalones…” “Era idea de Alberto”, aclaró el testigo. ¿Qué motivos le daba para pedir fotos más explícitas, le preguntaba la Fiscalía. “Quería apreciar el músculo y como me gusta hacer deporte; quería aconsejarme”. 

Las razones de los otros testigos para enviar esas fotografías, lo que se considera un delito de sexting si uno de los implicados es menor, son también muy diferentes. “Estoy seguro, que tengo buen cuerpo, veo que estoy bueno y tengo confianza como para mandar esa foto”, alegaba desenvuelto uno de los primeros testigos. Todos coinciden en que era normal enviar esas imágenes, como se las mandarían a un amigo. "Yo envié esa foto a mi hermano y a mi novia", aseguraba uno de los testigos.

“Todo empezó cuando empezamos a escribirnos por teléfono y empezó a pedirme fotos”, testificó. “Las primeras eran, se puede decir así, fotos normales, con ropa, con amigos, y luego ibas quitando prendas de ropa, la camiseta, los pantalones…” “Era idea de Alberto”

Pero en el caso del testigo número 4, era distinto. O al menos él lo percibió de un modo diferente. Las fotos seguían subiendo de tono, pero también la incomodidad del chaval. La última foto lo cambió todo: Era el final del verano de 2017. Tenía entonces 15 años. “La ultima fue sin ropa, con el calzoncillo bajado. Esa foto me la hizo en su casa. Fue en su habitación, de hecho. Después le dije por WhatsApp que no me gustaba que me hiciera esas fotos, que no lo volvería a hacer”. Él no lo sabia aún, pero esa foto sería decisiva. 

"Las madres lo normalizaban"

En paralelo a las fotos, el testigo recuerda cómo empezaron también a llegar los regalos: “Al principio te daba monedas para ir a comprar al ‘chino’ de al lado del colegio y fue aumentando hasta unas zapatillas Adidas blancas, de unos 80 euros”. Las zapatillas hicieron saltar todas las alarmas de la madre, que ya llevaba un tiempo escamada con la estrecha relación de su hijo con un profesor.

“Llegó a casa con unas zapatillas, de entonces llevaba tiempo mosqueada por los regalos de un profesor del colegio, le regalaba chucherías, le invitaba merendar, es cierto que iba con más chiquillos pero no había motivo para las invitaciones. Las madres lo normalizaban como algo habitual de este señor. Lo tenían muy normalizado en Ceuta. Al ver que eso iba a más, al principio era cada mes y luego ya empezó a ir a su casa, que yo sepa dos veces. Me decía que iba con más amigos pero por lo menos en una ocasión fue él solo”. 

Todo conformaba un escenario inquietante y la madre quiso ir más allá y echo un vistazo al teléfono de su hijo. Quería saber cómo contactaba el docente con su alumno. Y lo encontró: ahí estaba la última foto que se hizo su hijo en casa del acusado. Sin ropa, con los calzoncillos bajados. “Cuando vi las fotos en el móvil de mi hijo me quería morir, tuve que ir a vomitar”

"Las madres lo normalizaban como algo habitual de este señor. Lo tenían muy normalizado en Ceuta. Al ver que eso iba a más, al principio era cada mes y luego ya empezó a ir a su casa"

Ni ella ni su marido conocían al acusado. Su nombre de pila era la única referencia. Y cuando lo conoció se llevó una sorpresa. Pensaba que era un chico joven pero no, era un hombre mayor, trajeado. “Me quedé más tranquila”, confiesa la madre. La segunda ocasión que habló con él incluso le dio las gracias por el cambio que había dado su hijo, mucho más contento desde que tenia un grupo de amigos y salía en la cofradía de Las Penas. Su hijo siempre fue un chico reservado, tímido, que rehuía las fotos. Por eso ahora, con la dolorosa perspectiva del tiempo, a la madre y denunciante aún le duele recordar cómo una de las fotos que posteriormente se encontraron en el móvil del acusado, una en la que su hijo aparecía en bañador, se la había hecho ella misma en una reunión familiar. 

Los padres prefirieron no decir a su hijo que habían puesto la denuncia. Sabían de sobra la capacidad de influencia que tenía el acusado con su hijo y no querían que lo mediatizara. No hizo falta. El acusado se adelantó y fue él mismo quién se lo dijo. “Tu madre me ha denunciado por corrupción de menores”, espetó. “A ese señor se le denunció el día 16 y el día 17 fue al colegio y estuvo hasta enero. Yo no le habría dejado entrar en el colegio”, recordó la madre durante su declaración. 

Presión y ostracismo para el denunciante

Para él (su hijo), explicó la madre, “era súper importante su círculo, tenían privilegios, salían a cenar, era como ser de la clase alta, todos querían ser el preferido de Alberto”, apuntaló la denunciante. Su hijo, con el paso del tiempo, lo entiende. “Era muy joven, podía intuir algo pero no comprenderlo”, reconoce su hijo ahora, ya mayor de edad desde hace solo unos meses.

“Era súper importante su círculo, tenían privilegios, salían a cenar, era como ser de la clase alta, todos querían ser el preferido de Alberto”, explica la denunciante.

Su hijo tuvo que pasar por su propio calvario. Recordó las presiones de sus entonces amigos para declarar lo mismo que el resto, que dijera que las fotos se las hacían ellos mismos, no el acusado. “No vayas decir nada”, le pedían. Incuso llegaron a ir a su casa para pedírselo entre lágrimas. Presiones que por su parte niegan los señalados. Para ellos, el acusado es solo un profesor, casi un familiar, sin un lado oscuro, aunque a veces les hiciera regalos y le enviaran fotos desnudos y no el cazador de adolescentes que perfilan los denunciantes. Quién de los dos es realmente el acusado lo deberá dilucidar el Tribunal. 

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