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Las cinco semanas del cerebro de los atentados de Cataluña en la cárcel de Los Rosales

CAD | 20 de junio de 2020

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Imagen de una celda de la antigua prisión de Los Rosales.

La periodista Anna Teixidor reconstruye en un libro las biografías de los autores materiales de los atentados de 2017, entre ellas la de su 'cerebro', el imán Abdelbaki Es-Satty, que en 2010 fue cazado en el puerto con 121,1 kilos de hachís en su coche. Entre las hipótesis que plantea está la de que se radicalizase entre rejas.

La periodista Anna Teixidor ha publicado este mes 'Los silencios del 17-A', un libro que reconstruye las biografías de los autores materiales de los atentados yihadistas del 17 de agosto de 2017 en La Rambla de Barcelona y en Cambrils (Tarragona), entre ellas la de su 'cerebro', el imán Abdelbaki Es-Satty, que hace ahora diez años y medio pasó cinco semanas en la prisión de Los Rosales, ya clausurada.

Según relata, “a las siete y cuarto de la tarde del primero de enero de 2010, Abdelbaki se encuentra en un vehículo a su nombre en el recinto portuario de Ceuta, decidido a embarcarse en el transbordador que lo tiene que llevar a Algeciras. En el momento de pasar el control de preembarque de vehículos, un perro de la policía olfatea alguna sustancia sospechosa en su interior. Lleva escondidos 121.106 gramos de hachís, que en el mercado pueden tener un valor de más de 176.000 euros. La primera reacción de Abdelbaki es negar cualquier relación con ese arsenal de droga. De poco le sirve, puesto que ingresa el 3 de enero de 2010 en el Centro Penitenciario de Ceuta”.

Con la prisión local masificada, el 9 de febrero fue trasladado como interno preventivo a Castellón I, una zona relativamente cercana al Garraf, donde ha vivido los diez años anteriores. Solo volvió a la ciudad autónoma “durante los días del juicio, entre el 14 de diciembre de 2011 y el 5 de enero de 2012”.

Desde que ingresa en prisión, Abdelbaki estuvo “obsesionado con el relato que explica ante el juez”. En la primera declaración ante la policía, niega que esa droga fuera suya, sin aportar dato, prueba o nombre que lo exculpe. Su versión, sin embargo, según Teixidor, “cambia en los meses siguientes, cuando se siente engañado y defraudado porque los miembros de la organización para la que supuestamente trabaja se desentienden de él, sin proporcionarle un abogado privado o una cierta remuneración por los servicios prestados”.

“En el Estrecho de Gibraltar”, explica la periodista en su libro, “es habitual que organizaciones criminales contraten los servicios de individuos que acepten hacer de «mulas», una forma coloquial para referirse a personas que cruzan la frontera camuflando droga. En ocasiones, dichas «mulas»ni siquiera son conscientes de la cantidad de sustancias estupefacientes que están introduciendo ilegalmente en el país y tampoco de las penas a las que se pueden enfrentar si acaban detenidos”.

“El cúmulo de circunstancias –sentirse engañado y abandonado a su suerte– parece que le hace cambiar de argumentación ante el juez. «El hombre se siente defraudado», dice uno de los abogados que sigue la vista, y se muestra contradictorio ante las acusaciones. Es-Satty asegura que tres hermanos marroquíes establecidos en Cambrils lo introducen en una furgoneta en junio de 2009, lo apalean mientras otro le apunta con una pistola y lo abandonan en una granja. Acto seguido, le queman su furgoneta y está en coma durante cuatro días ingresado en el hospital. De hecho, des- de la cárcel escribe varias cartas dirigidas a instituciones (Fiscalía General del Estado, Defensor del Pueblo y Jefe del Estado) para denunciar que una banda relacionada con el hachís le ha engañado y está injustamente acusado”.

Ante estas acusaciones, el juez señala otro día de juicio y se cita a declarar a los hermanos, a quienes se les asigna un abogado de oficio. Los tres hermanos llegan, procedentes de Tarragona, con una actitud “tranquila” y dicen que no conocen a Abdelbaki Es-Satty y que nunca antes lo habían visto.

es satty

Teixidor se pregunta si estos hermanos “son una pieza más en la organización criminal que hay detrás del tráfico ilegal de sustancias estupefacientesen la frontera”. Es-Satty no aportó ninguna prueba ni argumentación lo suficientemente sólida como para iniciar una investigación. «Se trataba de la palabra de un acusado contra otras personas que negaban conocerlo y que ni siquiera estaban en el escenario de los hechos», dice uno de los abogados alegando que es una causa perdida.

El juez detecta “notables contradicciones” entre las versiones de Es-Satty, que este último atribuye a errores de traducción, aunque estas explicaciones no convencen al magistrado. La sentencia le condena a cuatro años y un mes de prisión. En caso de impago de la multa impuesta, que asciende a 176.087’83 euros, deberá pasar noventa días más internado.

“¿Es en algún momento de estos días que pasa entre rejas –al alimentar el sentimiento de victimización, al pensar cómo mostrar su inocencia y evitar una expulsión forzosa a Marruecos– cuando se cataliza su proceso de radicalización? O, de hecho, ¿se está gestando desde que conoce al suicida Belgacem Bellil casi diez años antes? ¿El hombre de treinta y ocho años, que se ha dejado llevar por el mundo oscuro de la delincuencia y ha desatendido a la familia, quiere redimirse de sus pecados?”, plantea la autora.

A su juicio “la prisión puede dar el tiempo necesario para encontrar nuevos significados a las crisis personales.” y de hecho refiere que “algunos académicos hablan de la «narración de la redención», en la que los internos experimentan una «apertura cognitiva», un evento impactante o una crisis personal que los impulsa a valorar de nuevo su vida. El interno se puede dar cuenta de la necesidad de romper con su pasado criminal y compensar sus pecados justificando sus actos a través de la religión y de su participación en el yihadismo”.

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