Jamás pensé que fuese a escribir algo similar a esto, pero aquí estoy, sentado delante de mi ordenador en la que, salvo que la vida altere mis planes de futuro, será mi última vez como periodista. Si suena a despedida es, justamente, porque es una despedida: hoy, 30 de septiembre de 2024, pongo fin a mi etapa como comunicador. Lo hago estrenándome en la opinión no para opinar, sino, precisamente, para decir "adiós".
Tras darle muchas vueltas, he decidido tomar otros derroteros. No ha sido una decisión fácil, mas sí, a priori, enormemente acertada. A pesar de haberlo meditado hasta la extenuación, a pesar de estar convencido de lo que hago, estos últimos días han sido para mí muy tristes. He de reconocer que tengo sentimientos encontrados: por un lado, me gustaría regresar al gremio en algún momento (aunque fuese de forma puntual); por otro, no puedo evitar pensar que no estoy hecho para esta profesión. Al final, va a ser verdad eso que dicen de que uno nunca es feliz con nada.
Empecé, sin comerlo ni beberlo, en la televisión pública local. Me arreglé un poco la barba, me enfundé una americana y me coloqué delante de una cámara en riguroso directo –sin experiencia ninguna– un 4 de abril de 2022. Nunca se me olvidará lo que mi entonces jefe me dijo por WhatsApp nada más terminar el que fue mi primer informativo: "¡Te he visto muy bien, Alejandro!". Pocos meses después de aquello recalé en Ceuta al día, el medio al que debo el grueso de mi crecimiento profesional. Así como Javier Navas y Jorge Castro fueron mis dos primeros “maestros” en esto de contar cosas, aquí he aprendido casi el cien por cien de lo que sé como informador.
Solo éramos tres, pero daba la sensación de que no hacía falta más. Yo, con tan solo veinticuatro años de edad y aún con mentalidad de adolescente, no tenía ni la más remota idea de qué era el periodismo. Para más inri, vine a ocupar el hueco que dejó un peso muy pesado. El reto era mayúsculo. Durante un tiempo, de hecho, me costó la misma vida hincarle el diente. Por suerte, Pablo Matés y Javier Sakona me fueron moldeando poco a poco. Si soy quien soy hoy día es, en parte, por obra de ellos.
Era una apuesta arriesgada; este periódico decidió contratar a un tipo –yo mismo– sin apenas rodaje en un intento por llenar el vacío que, con su salida, provocó en él uno de los mejores periodistas de Ceuta. No había lugar para un término medio: el invento solo podía salir muy bien o acabar en tragedia. Hoy, luego de veintiséis meses de duro trabajo, creo a pies juntillas que mi fichaje por este digital fue acertado en ambas direcciones. Era un desafío, sí, pero también una ocasión sin igual para crecer tanto en lo laboral como en lo personal. Así me lo tomé; así quise que fuera; así ha acabado siendo. Gracias, Pablo, por haberme dado esta oportunidad; espero haber estado a la altura.
Desde el momento en el que quienes me rodean fueron conocedores de mi decisión de abandonar, todo han sido buenas palabras, halagos y dedicatorias. He de decir, aún así, que no solo me he sentido valorado durante esta recta final; salvo en momentos puntuales, ese sentimiento ha sido una constante. Por descontado, quienes más me han apoyado han sido mis padres. Ya no es que me hayan apoyado; es que me han soportado (no hablamos de algo precisamente sencillo). Es difícil saberlo, pero creo que el hecho de que esté tan sensible últimamente se debe más a la oleada de cariño que he recibido que a mi marcha en sí.
Aunque ha habido de todo, me quedo con lo bueno; me llevo conmigo a gente maravillosa, a personas que, pese a la existencia de toda clase de obstáculos, están diariamente dando el callo y elevando la calidad del periodismo caballa a base de horas y horas tecleando y de acudir a toda clase de sitios. Queridos amigos: os llevo en el corazón; sois vosotros quienes me habéis aportado la parte más dulce de este oficio entre cafés y corrillos. A aquellos que ya peináis canas, gracias por aconsejarme siempre desde la más absoluta honestidad; estoy convencido de que habéis querido lo mejor para mí en todo momento.
Antonio, Juanjo, César, Kike, Dani, Simo, Anselmo, Álvaro, Maribel, Jesús, Reduan, Carmen, Gabriela, Raúl, Mari Paz, Sara… Todos habéis contribuido a que mi paso por el periodismo haya sido, en cierto modo, un camino muy gustoso y placentero de recorrer. Mención especial a mis ángeles de la guarda: José Andrés, Fernando y Carlos. El primero, una persona entregada como pocas he conocido; el segundo, un tipo con un corazón que no le cabe en el pecho; el tercero –el de la foto que ilustra este artículo–, un superviviente de manual, un tío con dos huevos como dos bombonas de butano (y, posiblemente, el compañero que más me ha marcado de cuantos he nombrado). En mayor o menor medida, los tres habéis estado a mi lado cuando más cuesta arriba se me hizo todo, cuando el trabajo y la vida misma parecían comerme. Podéis estar seguros de que no lo voy a olvidar jamás.
A lo largo de esta agridulce etapa he tenido ocasión de cubrir todo tipo de eventos, de escribir sobre mil cosas y de dar voz a muchísimas personas. Con esta última, mi firma en Ceuta al día (A. Castillo) acumula la friolera de 978 publicaciones. A ellas hay que sumar un buen puñado de notas de prensa y multitud de textos en los que, por H o por B, decidí no plasmar mi nombre. Suficiente o no, lo verdaderamente importante es que he dado a este noticiero lo mejor de mí, sin titubeos.
Hace ahora un año, mi gran amigo Ramón Rodríguez Casaubón me dijo lo siguiente cuando le comenté que planeaba abandonar: "El gremio de la comunicación perderá a un gran profesional". "Lo bueno es que lo va a ganar el de la educación", me apostilló. El tiempo dirá. Hasta que eso se materialice (si es que se materializa), voy a echar muchísimo de menos coincidir con los míos a diario en las convocatorias de prensa.
Aún no he terminado de asimilar esto que estoy a punto de consumar. Hace solo un par meses estaba deseando que llegase esta fecha. Esta última semana, sin embargo, no ha habido día en el que no haya pensado en quedarme o, al menos, en aplazar mi salida. Siendo sincero, ahora mismo estoy asustado. No sé qué va a ser de mí de aquí al próximo lustro (ni siquiera de aquí al año que viene). Pase lo que pase, sea cual sea el escenario venidero, tengo clara una cosa: a la vida hay que echarle cojones. Ya lo dice el bueno de Robe Iniesta en una de sus canciones más ilustres: "Como buen guerrero, voy a dar la talla…". Puede que, después de todo, esto no sea un "adiós"; puede que, a lo mejor, sea un simple “hasta luego”.
Queridísimos amigos periodistas: GRACIAS POR TODO.