Federación de Enseñanza de CCOO
Las borrascas sufridas en Ceuta en el mes pasado han desnudado, de una manera vergonzosa y vergonzante, lo que era una realidad muchas veces denunciada, pero a la que nadie ha querido dar nunca la importancia que realmente tiene. Los centros docentes de nuestra Ciudad presentan, en su conjunto, un estado deplorable. Sobre todo, los colegios. Se trata de construcciones muy antiguas y deterioradas que nadie se ha ocupado nunca de mantener y mejorar con la diligencia y determinación que requiere esta tarea.
Una parte del problema está en la precariedad normativa que azota a Ceuta sin piedad y que deja en el limbo la ejecución de competencias básicas. En lo relativo a los colegios, siempre andamos enredados en la disquisición sobre si las obras son de mantenimiento y conservación (corresponden a la Ciudad) o de ampliación y mejora (corresponden al MEFP). Esta situación es ideal para los políticos, ya que les permite imputar la culpa al de enfrente con la “conciencia tranquila” (en ese ya repugnante y ofensivo “no es mi competencia”).
Ya no se trata de poner de manifiesto que nuestros colegios mantienen una estructura funcional de los años cincuenta; es que ni siquiera cumplen los requisitos mínimos que debe observar cualquier edificio público o privado. Este es un hecho incontestable que solo encuentra explicación en que esta no es, ni ha sido nunca, una prioridad para el Gobierno de la Ciudad.
Lo razonable sería evaluar, con rigor y profundidad, el estado de cada centro, cuantificar seriamente el coste de las inversiones necesarias y arbitrar los medios para ejecutar el procedente plan de inversiones. Aquí se hace al revés. El Gobierno va asignando sus partidas presupuestarias según sus prioridades y, al final, “lo que queda” se destina a los colegios (también pasa con otras cosas). De este modo, se dice: este año, para los colegios “hay”… y a repartir. Siempre insuficientes y, en muchos casos, ridículos. Así llevamos más de veinte años. Los resultados no pueden ser otros: un desastre absoluto.
No corren mejor suerte los institutos, con la salvedad de que tres son más recientes que los colegios y de que los centros disponen de presupuestos (pequeños) para acometer obras por su cuenta, lo que ha permitido hacer algunas actuaciones. Pero el sistema “hace aguas” por todos lados. De entrada, es un disparate —que nadie se ha ocupado nunca de arreglar— que ni en Ceuta ni en “Madrid” haya una unidad de obras que se ocupe de evaluar, proyectar y planificar las inversiones educativas.
La chapuza (como siempre) consiste en que un asesor técnico docente de la Dirección Provincial hace las veces de técnico de obras y realiza un trabajo —en este caso magnífico— que ni siquiera puede firmar. Y, claro, se le hace el caso que se le hace. Pero el asunto es aún peor. El MEFPD no tiene una Gerencia de Infraestructuras (como todos los ministerios), sino que de este asunto se encarga el Ministerio de Cultura que, cuando “tiene un hueco”, echa una mano y se ocupa de las obras de Ceuta y Melilla. Ya sabemos que las cosas de Ceuta y Melilla no le importan a nadie (ni siquiera a los ceutíes). Pero ¿es tanto pedir que se cree en la Dirección Provincial una Unidad de Obras y se la dote de personal y presupuesto para atender este cometido? Parece que sí.
Pero lo más indignante de todo esto es que, además de sufrir las consecuencias de esta deliberada dejación de funciones, tenemos que soportar los discursillos de este caos diciendo lo importante que es la educación.