Ceuta merece más: ¿Por qué el talento de nuestra ciudad se va y no vuelve?

José Antonio Carbonell Buzzian.

José Antonio Carbonell Buzzian

La autonomía no sirvió para romper el bloqueo político. Treinta años después, seguimos eligiendo entre lo mismo, con los mismos resultados.

Imagina un ceutí que vuelve a casa después de estudiar en la Península. Tiene un título en Ingeniería, habla cuatro idiomas y una idea de negocio. Llega a la ciudad y encuentra: tres años de papeleo para abrir un local, una administración que no responde, y un mercado laboral donde lo único que importa es a quién conoces.

Se va. No a Madrid, ni a Barcelona. Se va a Portugal, a Estonia, a cualquier sitio donde su esfuerzo valga. Y Ceuta pierde lo que más necesita: talento joven.

Esto no es una tragedia personal. Es una tragedia colectiva que repetimos cada año. Y la culpa no es de los jóvenes. Es de un sistema político que confunde la autonomía con el feudo.

El mito del cambio

Cuando Ceuta se convirtió en ciudad autónoma en 1995, prometían eficiencia, gestión propia, futuro. Treinta años después, tenemos:

  • Paro estructural del 30%, juvenil del 50%

  • Una economía dependiente al 80% de la administración pública

  • Empresas que cierran por burocracia antes de abrir

  • Jóvenes que se forman fuera y no vuelven porque "aquí no hay para ellos"

Los partidos que nos gobiernan —los mismos desde hace décadas, con diferentes siglas— han convertido la autonomía en un reparto de sillones. No importa quién gane: el modelo es idéntico. Más funcionarios, menos empresas. Más subvención, menos inversión. Más promesa, menos resultado.

La trampa de la resignación

En Ceuta hemos normalizado lo anormal. Aceptamos que tener un trabajo público sea el único éxito posible. Que el mérito no sirva de mucho si no tienes "enchufe". Que un joven con ideas brillantes termine de dependiente en un comercio porque abrir su propio negocio es una odisea burocrática.

Esto no es justicia social. Es nepotismo institucionalizado disfrazado de solidaridad. Y tiene un coste: la fuga de cerebros. Cada año, docenas de ceutíes altamente cualificados emigran. No se van por el clima. Se van porque aquí su esfuerzo no se reconoce, su proyecto no encuentra apoyo, su talento no tiene mercado.

¿Y si probamos otra cosa?

Imagina una Ceuta donde:

  • Abrir una empresa lleve semanas, no años. Donde la administración ayude en lugar de obstaculizar.

  • Los cargos públicos se asignen por mérito, no por lealtad de partido. Donde el currículo de un asesor sea público y contrastable.

  • La educación sea de verdad una herramienta de movilidad social. Donde un niño del Príncipe tenga las mismas oportunidades que uno del centro.

  • La justicia sea rápida e independiente. Donde el que trabaja duro no tenga miedo a que le roben la idea o el cliente.

No es utopía. Es lo que hacen países que crecen mientras nosotros nos estancamos. Portugal, a 20 kilómetros, ha simplificado su administración, atrae inversión y retiene talento. Nosotros seguimos debatiendo si la culpa es de Madrid, de Marruecos o del destino.

El verdadero problema

El problema de Ceuta no es la financiación autonómica. No es la frontera. No es la falta de competencias.

El problema es que nuestros políticos no tienen incentivos para cambiar. El sistema actual les funciona: reparten cargos, controlan la administración, y cada cuatro años prometen lo mismo. El statu quo les protege. A ellos. No a nosotros.

Por eso proponen siempre más de lo mismo: más empleo público, más subvenciones, más dependencia. Nunca menos burocracia, más libertad económica, más meritocracia. Porque eso les quitaría poder.

La pregunta que incomoda

Aquí viene la pregunta que ningún partido quiere que te hagas:

¿Por qué en treinta años de autonomía no hemos conseguido que un joven ceutí con talento quiera quedarse?

La respuesta es incómoda: porque nuestro modelo político premia la permanencia, no el mérito. La lealtad, no la capacidad. El control, no la innovación.

Y esto no cambiará votando a los mismos con diferentes siglas. No cambiará esperando que Madrid nos salve. No cambiará con más autonomía si seguimos gestionándola igual.

¿Qué podemos hacer?

Primero, dejar de resignarnos. La frustración no debe llevarnos al desengaño, sino a la exigencia. Los ceutíes merecemos un sistema donde el esfuerzo se premie, donde la transparencia sea real, donde el talento no necesite "padrino" para triunfar.

Segundo, presionar desde la sociedad civil. Crear espacios, asociaciones, plataformas, foros donde se elaboren propuestas concretas, contrastadas, medibles. No manifestaciones vacías, sino trabajo técnico. Códigos éticos para los políticos, planes de simplificación administrativa, proyectos de retención de talento.

Tercero, si eso falla, plantearnos opciones políticas nuevas. No más partidos de las mismas familias ideológicas, con las mismas caras y los mismos apellidos. Una opción transversal, limpia, donde lo único que importe sea la capacidad y el compromiso con Ceuta.

Ceuta tiene potencial

Nuestra ciudad tiene ventajas únicas: ubicación estratégica, puerto, aeropuerto, multiculturalidad real, jóvenes formados. Pero ese potencial se desperdicia en un sistema que frena en lugar de impulsar.

No necesitamos más promesas. Necesitamos reformas estructurales: menos regulación para emprender, acceso público por mérito, justicia rápida, educación de excelencia. Necesitamos que la política vuelva a estar al servicio de los ciudadanos, no de las redes clientelares.

Treinta años de autonomía deberían haber servido para algo más que para cambiar el color de los carteles electorales. Es hora de preguntarnos: ¿queremos seguir así, o merecemos algo mejor?

El mérito no es una amenaza para la igualdad. Es su única garantía real. Y en Ceuta, la meritocracia no es un lujo. Es una emergencia.

"El poder debería estar en manos de quienes demuestran merecerlo: los ceutíes que trabajan, crean, innovan y pagan impuestos. Devolvérselo no es generosidad. Es justicia."