Opinión

El guardián de la soberanía y el arte de contemplar las ruinas

 El consejero de Fomento durante su comparecencia de este lunes / Laura Ortiz
photo_camera El consejero de Fomento durante su comparecencia de este lunes / Laura Ortiz

José Antonio Carbonell Buzzian

Hay una especie de político que ha perfeccionado el arte de sostener el paraguas mientras los demás se mojan. El señor Ramírez pertenece, con méritos propios, a esa distinguida cofradía. «La soberanía está garantizada con independencia del color político del Gobierno», proclamó hace unos días con la solemnidad de quien acaba de descubrir las Tablas de la Ley en pleno hemiciclo. La ciudad, debe entenderse, puede respirar tranquila. La soberanía, a salvo. Lo demás, un detalle menor de la Historia.


Lo demás, en este caso concreto, incluye un árbol centenario reducido a cenizas. No un árbol cualquiera, sino uno de esos patriarcas vegetales que llevan décadas siendo testigos silenciosos de lo que una ciudad ha sido capaz de hacer y de dejar de hacer con su patrimonio. Cuando el propio Ramírez lamentó el incendio, lo hizo con esa gravedad selectiva tan característica del cargo: la misma voz que garantiza la soberanía ahora lamenta el árbol. Uno se pregunta si entre ambas declaraciones hubo tiempo para preguntarse qué medidas concretas existen para proteger lo que aún queda en pie, o si la lamentación cumple ya, de por sí, función de extintor.


Pero la semana no terminó ahí. Con idéntica parsimonia, Ramírez se sumó al duelo colectivo por la pérdida del proyecto del mercado, esa iniciativa que, según se nos explicó durante meses, iba a modernizar la ciudad, dinamizar el comercio de proximidad y demostrar que Ceuta también sabe mirar hacia adelante. El proyecto ha desaparecido. No hay mercado. Y el señor Ramírez, fiel a su vocación testimonial, lo constató públicamente como quien da el pésame: con la distancia justa para no comprometerse y la cercanía suficiente para que conste en acta.

La soberanía garantizada, el árbol carbonizado, el mercado evaporado. Tres declaraciones en apariencia inconexas que, en realidad, componen un retrato coherente. El de una gestión pública que ha elevado el comentario a categoría de acción, que confunde el diagnóstico con la solución y que parece creer, de buena fe quizás, que nombrar los problemas equivale a resolverlos. Ramírez no incendió el árbol. Ramírez no hundió el proyecto del mercado. Pero Ramírez lleva tiempo en posición de evitar exactamente estas cosas, y eso, en política, también es una forma de autoría.


Al final, la soberanía puede estar muy garantizada. Pero una ciudad que pierde sus árboles centenarios, que ve cómo naufragan sus proyectos de futuro y que recibe a cambio declaraciones institucionales sobre la integridad territorial empieza a parecerse, demasiado, a una fortaleza perfectamente custodiada por fuera y silenciosamente desguazada por dentro. La soberanía, señor Ramírez, no se ejerce solo frente al exterior. También se ejerce y se mide en lo que uno es capaz de preservar, construir y entregar a quienes vienen después. Eso sí que no está garantizado. Y de eso, hasta ahora, no hemos escuchado ninguna declaración.

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