antonio gil
Antonio Gil

No me sentiría bien dejando pasar la oportunidad de opinar sobre una noticia que saltaba a los medios de comunicación la semana pasada en la que la Fiscalía llamaba a declarar a la delegada del Gobierno en Ceuta, Salvadora Mateos, ‘Ori’, en calidad de investigada, es decir, imputada por un presunto delito de prevaricación administrativa y otros.

Para algunos, que saliera condenada la delegada del Gobierno supondría que se está haciendo justicia atendiendo a la denuncia interpuesta por los representantes del ‘buenismo’ imperante. Para mí y para muchos otros, sería un auténtico despropósito de magnitud épica.

Informados estamos por los distintos medios de comunicación, de que la Gran Sala del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo (TEDH) avaló las llamadas ‘devoluciones en caliente’, en Ceuta y Melilla. La decisión de los 17 magistrados que conforman esta sala se sustenta, según estas informaciones, en que: “ellos mismos se expusieron en una situación de ilegalidad” en tanto que “decidieron no utilizar las entradas legales existentes que les permitieran acceder de modo regular al territorio español”; revocando de esta forma la sentencia de 2017 de la Sala por expulsión colectiva sin medida judicial previa. Contra este fallo no cabe recurso y bien puede valer, para este mismo acto, lo que supondría un espaldarazo a la actuación de la Delegación del Gobierno de Ceuta. De ahí que muchos encontremos en esta resolución un precedente cargado de simbolismo y de sentido común, dejando claro que el ‘buenismo’ no tiene nada de bueno.

Muchos ciudadanos no están dispuestos a aceptar la vulneración, la ilegalidad y la violencia como forma de obtener un pasaporte de entrada en nuestra sociedad. Lógicamente hay quienes no lo ven así, quienes no quieren entender que lo que estamos soportando es una invasión en toda regla y que ser condescendiente no es una buena opción. No faltan razones para mantener que lo que se desprende del ‘buenismo’ mata; esto es una verdad como la copa de un pino: la forma de entender este fenómeno favorece la proliferación de las mafias por todo el mundo; cuenta, como no, con la lasitud de nuestras leyes como caldo de cultivo e ingrediente imprescindible para que se multipliquen. Lo decía el dictador libio Muamar el Gadafi al que se le atribuye aquello de “conquistaremos Europa con vuestras propias leyes”. Parece que lo clavó.

Ahora bien, no vale darle la espalda, ni ponerse de perfil, se trata de ponerle cara al drama de la inmigración y para eso deberá ser: legal y pactada entre países que demuestren ser amigos y que compartan, a ser posible, nuestros mismos valores democráticos.

¡Ah! que el fenómeno de la inmigración tenga tintes políticos es un gran error.

salvadora mateos delegada