Carlos Antón Torregrosa

Cuentan los historiadores de la Filosofía que el pueblo Griego, allá por el siglo VI antes de Cristo, comenzó a levantar los pilares de la Democracia. La cosmovisión de mitos, dioses, tradiciones ancestrales, magias y todo tipo de relatos para entender el  mundo, ya no valían como modelos de explicación racional.

Los filósofos empezaron a cuestionarse por la naturaleza, por el origen de la vida por la idea de una sociedad que argumentara  cómo los ciudadanos deberían organizarse para afianzarse en la polis desde el discurso reflexivo. Ya no era posible acudir a la respuesta de las tradiciones perdidas en la noche de los tiempos.

Nació una nueva pedagogía: se enseñaban leyes, oratoria,  retórica, discursos para  fundamentar la validez de los comportamientos éticos en una sociedad completamente distinta a la de antes, en la que el pueblo sería el protagonista principal.

 

Los sofistas fueron los primeros maestros; defendían la relatividad de normas, barajaron la posibilidad de establecer lo justo, lo correcto, lo adecuado, amoldándose y mimetizando con la Ciudad Estado. En ese contexto,  prepararían a los futuros dirigentes políticos. No les importaría defender el doble discurso ni la relatividad de las normas para ganar el Gobierno de la ciudad. Lo fundamental era convencer para vencer.

Nuestro Sócrates quiso, desde un primer momento, separarse de esa corriente pedagógica, buscar el Corpus de la conducta humana y de la conciencia social en los mismos   valores que, serían defendidos en sí mismos sin dejarse atrapar soterradamente por lo que convenía o era más popular en un momento determinado.

La apuesta socrática  fue una revolución copernicana: los valores, las leyes, los ideales, las normas serían definidas e interpretadas de una manera unívoca, sin pasar por lo mediático sostenido por el gobiernos de turno.

Sócrates salió a la plaza de los Reyes, a los institutos de Ceuta, a los botellones, a los mercados. Se puso la mascarilla y tomó la palabra para intentar evitar otra muerte del pensamiento y de los que nos hace pensar.

La eliminación de la reflexión Ética en el currículo de la Enseñanza Secundaria es una especie de juicio sumarísimo contra el legado del este maestro que bebió la cicuta, que prefirió entregarse a sus verdugos en aras de la incipiente democracia que había sembrado un jardín de dudas sobre ella misma.

Otra vez tendremos que asistir al espectáculo bochornoso, privaremos

 a nuestros jóvenes de las erramientas necesarias con las que afrontar la tiranía de los prejuicios, las ideas preconcebidas, los Bulos, las verdades, a medias, los catecismos de la economía, la apatía en la participación ciudadana, la indiferencia ante los problemas que nos rodean, el conformismo radical. En definitiva, una derrota programada por los llamados " Representantes del pueblo".

Volveremos a estrenar sistema educativo y, más que nunca, todos los que nos dedicamos a la formación de nuestros jóvenes y no al adoctrinamiento, tendremos que rememorar aquel magnicidio contra Sócrates, reivindicar lo que se nos había prometido los que ahora forman parte del Gobierno de la nación.

Nos preguntamos el por qué molesta tanto la reflexión Ética. Hoy, en las clases del Instituto hemos debatido sobre este asunto. Ahí van algunas respuestas: generadas en el aula:

No quieren que pensemos.

No desean que nos escapemos de la caverna.

La crítica nunca ha sido auspiciada por el poder.

Les interesa una sociedad basada en la cultura y las modas oficiales.

Y así, entre otras muchas respuestas, nos miramos los unos a los otros reflexionando sobre la capacidad de la Ética para destapar las vergüenzas del mundo en que habitamos.

Seguiremos en la lucha aunque debamos beber de nuevo la amarga Copa de la cicuta, no queda otra.