tula fernández
Tula Fernández

Violencia viene del latín “violentia” un derivado del sustantivo “vis” que significaba fuerza o vigor. La violencia es, etimológicamente, el uso de la fuerza propia, generalmente con propósitos dolosos. De ahí heredamos también palabras como violar o violación.

La violencia se nos incorporó a la vida desde los más primitivos comienzos y, acompañándonos en nuestras andanzas lo largo de la historia, ha ido adaptándose a cada forma de vida, época y lugar. Es por ello que la violencia se nos ha presentado a hombres y mujeres con diferentes rostros. Hemos convivido con violencias permitidas y violencias vedadas, violencias aclamadas y violencias silenciadas, violencias políticas, religiosas, naturales, colectivas y violencias mundiales. De la perenne presencia de la violencia en la vida del ser humano, la ejercida contra las mujeres nos ha acompañado siempre y ha quedado ejemplificada en multitud de ritos, costumbres culturales, tradiciones, y acontecimientos históricos.

Griegos y romanos crearon una sociedad de hombres y para hombres, en la que, salvo algunas históricas excepciones, la mujer quedaba relegada al dominio masculino. Muchos de los hermosos mitos clásicos que hemos heredado nos narran el sufrimiento de heroínas, diosas y ninfas que quedaron cubiertas para siempre por el áspero manto de una violencia sexual y simbólica. Hemos narrado estos mitos en la literatura durante siglos y también los hemos pintado en valiosos cuadros. Los hemos adornado con música en conciertos y les hemos dedicado hermosos versos. Los amamos porque nos pertenecen culturalmente, sin embargo pocas veces nos hemos percatado de su mensaje. El mito no es más que una iniciación al entendimiento del mundo y le corresponde a la razón modelar ese primitivo pensamiento.

No siempre lo hemos logrado. Gea, Urano, Rea, Cronos, Apolo, Dafne, hasta nuestra hermosa y raptada Europa llevan siglos delante de nuestras racionales miradas advirtiéndonos, de manera sutil y callada, que llevamos siglos cometiendo los mismos errores. “Errare humanun est”.

El arte nos ha presentado a estas mujeres mitológicas dolidas y mancilladas. Han llenado en silencio las salas de nuestros museos con un dolor etéreo y perenne. Estas diosas, ninfas y heroínas llevan siglos exponiendo su dolor ante de nuestras miradas. Un dolor que procede de la forma de violencia más ruin de todas, la que se disfraza de amor. La razón marca la historia, sin embargo el mito no pasa en balde.

Hoy, como cualquier otro día, nos desplazamos de un lugar a otro, trabajamos, conversamos, nos reunimos, acudimos a consultas, cines y colegios, viajamos, vivimos arrastrados por la vorágine del día, un flujo de tiempos y espacios que a veces parece dominarnos, y dentro del museo que es nuestro mundo real nos movemos sin prestar atención a las señales, pero están ahí. Crueles Apolos que corren detrás de su presa y Dafnes que prefieren la fealdad a su belleza para apagar una vergüenza que no es suya “Ayúdame, padre, si los ríos sois divinidades, echa a perder, cambiándola, esta figura con la que he gustado demasiado”. Guerreros vigorosos que raptan y violentan en manada a jóvenes sabinas” una parte de ellas se mesa los cabellos, otra parte permanece en sus asientos sin saber qué hacer; una guarda silencio entristecida, otra llama en vano a su madre; ésta se lamenta, esta otra se queda estupefacta; ésta no se mueve, aquélla escapa. Llevan a rastras a las jóvenes raptadas”.

Pigmaliones que diseñan a su imagen y semejanza a las mujeres con las que desean convivir “Pigmalión, disgustado por los innumerables vicios que la naturaleza ha puesto en el alma de las mujeres, [...] esculpió con admirable arte una estatua de níveo marfil, y le dio una belleza como ninguna mujer real puede tener, y se enamoró de su obra. La tiende en un lecho de ropas [...] y la llama compañera de su tálamo. Manipuladores Teseos que se aprovechan de Ariadnas, castigándolas después con el abandono hasta la muerte “Ahora yo no sólo pienso en lo que he de padecer, sino en todo lo que puede padecer una mujer abandonada. Se me vienen a la mente mil modos de morir, y la muerte implica menos sufrimiento que la demora de morir” o Ceres que sufren la desaparición de sus Proserpinas “Desgraciada de mi ¿dónde está mi hija? Se arrastraba fuera de sí. Igual que las ménades tracias con el pelo despeinado, la diosa no podía contener sus gemidos”.

Hay quien dice que lo contrario del amor no es el odio sino el miedo. Quedan muchas mujeres con miedo todavía, demasiadas: compañeras, vecinas, amigas, alumnas, hermanas, hijas, nuestras o de otros, que viven con la sangre helada y la voz apagada, ninfas con miedo en la calle, diosas con frío en sus casas y heroínas que luchan por sobrevivir. Ellas son reales, propias de nuestra historia y no de mitos ancestrales, mujeres terrenales que están ante nuestros ojos sufriendo la violencia de un comportamiento despreciable y vil, que excusan en nombre del amor.

En lo que va de año, cuarenta y una mujeres han muerto violentadas por sus parejas. Todas ellas han quedado en silencio para siempre. No serán pintadas ni disfrutarán de versos, pero al menos hoy deberían resonar sus nombres. Flora, María, Conchi, Alicia, Mari Carmen, Mari Cruz, Jordina, Paula, Pilar, María Soledad, Warda, Betty, Lucía, María Teresa, Katia, Nicoleta, Alla, Katherine, Inmaculada, Rocío, Alicia, Consuelo, África, Susana, Hasna, María del Pilar, Mari Ángeles, Andrea Johana, Mari Ángeles, Luisa Amelia, Amal, Antonella, Pamela, Oxana, Dari Luz, Carmen, Zuita, Mónica, Erika, Maija, María Isabel. Cuarenta y una historias de tragedia, pasión y muerte.

 

*Nota de la autora: los textos han sido extraídos de las Metamorfosis y Cartas de las heroínas de Ovidio.