Justino Lupiáñez

Ahora que todavía me respeta la artrosis, me viene de maravilla dar paseos. Antes me gustaba dar la vuelta al pantano del Renegado, pero como lleva ya tres años cerrado por unas obras de acondicionamiento que nadie ha llegado a ver (La Confederación Hidrográfica del Guadalquivir tiene la misma diligencia en ese aspecto que la que tiene para aprobar el informe que paraliza el PGOU, es decir, ninguna), pues me voy para el monte Hacho. Eso sí, me voy un poco enfadado porque no puedo disfrutar del embalse como antaño y parece que a nadie le importa un bledo.

Cuando las fuerzas ingeridas en el desayuno hacen efecto encamino mis pasos hacia el cementerio y comienzo la subida mientras pienso en mis cosas, ya saben, cosas de jubilado. Que si hay que ver qué bien me viene la mascarilla con el pestazo de la planta depuradora de aguas residuales (sí, esa que decían que no iba a presentar problemas de malos olores cuando la construyeron), que vaya desperdicio de Batería de Valdeaguas con sus búnqueres subterráneos abandonados que podrían ser una maravilla para visitar si los rehabilitaran, que qué pena de punta de la Sirena que tiene el acceso cortado y no se puede disfrutar, que hay que ver cuántos años lleva la caravana de madera con su huerto y sus animales junto a la curva del Faro sin que nadie les haya echado de allí, y otras nimiedades propias de la edad.

El otro día estaba en esos menesteres cuando mi mente, muy caprichosa ella, se acordó de la famosa pantera de Ventas de Huelma, amplia zona que conozco bien de mis días de senderista avezado, así como del cocodrilo de Valladolid, astuto animal con una inclinación hacia el escapismo digna de elogio. ¡Qué miedo, encontrarse ante esas bestias en un despreocupado paseo parecido al que yo estaba dando! Me asombraba, sobre todo, cómo los dispositivos del SEPRONA, Protección Civil y otros medios empleados por las autoridades no habían dado sus frutos. Es cierto que son territorios con muchos kilómetros que permiten opciones para que tales animales puedan escapar a la búsqueda. Y pensé que eso jamás ocurriría en Ceuta, y menos en un espacio como el monte Hacho, tan reducido y fácilmente acotable.

De repente me sobresaltaron unos ladridos amenazantes y repentinos que procedían de la ladera del monte, justo frente a la planta de transferencia de resíduos sólidos. Eran bastantes, y en ese momento me acordé de la alarma generada hace un año con un grupo de perros salvajes que había provocado algún incidente y mucha inquietud. Una pareja que iba delante mía con su mascota se asustaron y cogieron a su perrillo en brazos a la vez que aceleraban el paso para alejarse lo más posible. Lo cierto es que yo también aceleré el mío, no como cobarde maniobra de huida, en absoluto, sino más bien como una inteligente táctica de supervivencia.

El caso es que durante mucho rato anduve intranquilo, alarmado, sin perder de vista los matorrales desde donde procedían los ladridos y sin poder disfrutar de mi paseo. Les confieso que llegué a casa muy nervioso, indignado e incrédulo. Mientras me calmaba, me intenté documentar e informar sobre ese peligro que supone la presencia de perros salvajes en el entorno del Hacho, y comprobé cómo esa denuncia ha sido recurrente en los últimos años precisamente en toda esa zona desde el camino de Valdeaguas hasta la subida al Faro, una zona pequeña, ínfima comparada con las sierras de Ventas de Huelma o el río Duero o Pisuerga pero al parecer muchísimo más inaccesible e indómita para las autoridades de Ceuta, dónde va a parar.

Desconozco si, como anunciaron en su día, contrataron o no a una empresa especializada para atrapar a esos animales. De ser así, deberían devolver el dinero a la Ciudad. Desconozco si actualmente se ha llevado a cabo alguna batida por parte de alguno de los abundantes organismos municipales para eliminar el problema. De ser así, deberían incrementar la plantilla o convocar oposiciones (o meter a dedo, para hablar en lenguaje que se entienda en esta ciudad) con unos sueldos jugositos a ver si con ese incentivo salarial alguien puede quitar a esos animales que suponen un peligro para los ceutíes a los que nos apetece pasear por nuestros montes.

Aunque no estoy muy seguro de que nada de eso de resultado. Llámenme escéptico en cuanto a lo de solucionar problemas en esta ciudad se refiere.

No descarten ustedes que en poco tiempo el Gobierno de la Ciudad emita un comunicado oficial declarando que esa zona del Hacho se ha convertido en el último reducto para la fauna de nuestro país, un paraje indómito donde no es posible capturar nada, donde perros, panteras, cocodrilos y demás animales mitológicos se sienten a salvo de cualquier captura, riéndose de OBIMASA y del consejero de Medio Ambiente. Es probable, incluso, que ese comunicado concluya diciendo que la culpa es del Gobierno Central, de Marruecos, de los MENA (que el Gobierno también considera indómitos y de difícil captura) o del Covid, vaya usted a saber.

¡Ay, qué bonitos son nuestros espacios naturales!