José Antonio Carbonell Buzzian
Llevamos años escuchando el mismo debate. Que si el rey debería venir a Ceuta. Que si hay que exigírselo al Gobierno. Que si es una cuestión de españolidad. Que si es una deuda histórica pendiente.
Y cada vez que el debate resurge, los partidos hacen sus movimientos de tablero, las declaraciones se suceden y, al final, todo queda exactamente igual.
Ha llegado el momento de decirlo con claridad: el rey no va a venir a Ceuta. No es un problema de agenda. No es un descuido. Es una decisión política calculada, sostenida en el tiempo por todos los gobiernos, tanto del PP como del PSOE, porque responde a una lógica que ninguno de los dos tiene interés en explicarle a los ceutíes.
Vamos a explicarla.
El giro sobre el Sáhara y sus consecuencias
El 7 de abril de 2022, Pedro Sánchez viajó a Rabat y se reunió con Mohamed VI. A la vuelta, declaró que España y Marruecos vivían el mejor momento de su relación bilateral en décadas. Lo que no contó fue el precio que pagó para llegar a ese momento.
En la declaración conjunta firmada ese día, y publicada íntegramente por La Moncloa, España reconoció que la propuesta marroquí de autonomía para el Sáhara Occidental constituía la base más seria, realista y creíble para resolver el conflicto. Traducido sin eufemismos: España respaldó la posición de Marruecos sobre un territorio que la ONU sigue considerando pendiente de descolonización, abandonando la neutralidad histórica que había mantenido durante décadas.
Y lo hizo sin recibir nada concreto a cambio.
Las aduanas de Ceuta y Melilla, cerradas desde marzo de 2020, siguen sin estar completamente normalizadas. Cuando en enero de 2025 se intentó reactivar el paso de mercancías, Marruecos boicoteó el proceso. Según análisis publicados por la Universidad de Navarra, Rabat presiona además para que Madrid transfiera el control del espacio aéreo del Sáhara Occidental, que actualmente gestiona España desde Gran Canaria.
Así funciona esta relación: España cede, Marruecos cobra y vuelve a pedir. Y en ese contexto, una visita del rey de España a Ceuta —la ciudad cuya soberanía Marruecos lleva décadas reclamando— es un gesto que ningún gobierno en Madrid va a autorizar. No porque no puedan, sino porque no quieren asumir el coste diplomático.
Lo que dice el PP y lo que hace
El PP lleva años utilizando la visita real como arma arrojadiza contra el PSOE. Denuncia el abandono de Ceuta, exige explicaciones, vota mociones. Pero cuando gobernó, tampoco trajo al rey.
Y cuando en enero de 2025 Ceuta Ya! presentó en la Asamblea una iniciativa para exigir formalmente la visita, el PP la vació de contenido. Cambió la redacción hasta convertir lo que era una exigencia en una simple petición. La propuesta se aprobó con los votos del PP y en contra de quienes la habían presentado.
La propia diputada del PP en la Asamblea acabó explicando la contradicción: reiteró la voluntad de Vivas de recibir al monarca, pero admitió que las cuestiones geopolíticas, geoestratégicas y diplomáticas dificultan estas visitas.
Eso es exactamente lo que ocurre. La diferencia es que el PP lo dice para justificarse.
Y ahora, en marzo de 2026, dirigentes nacionales del propio partido, como Ayuso o García-Margallo, hacen declaraciones que siembran dudas sobre la solidez de la españolidad de Ceuta. El Gobierno local las censura en comunicados, pero sin confrontar a su propio partido. El silencio tiene un nombre: cálculo electoral.
La presión que llega desde Washington
El 13 de marzo de 2026, el investigador del American Enterprise Institute Michael Rubin publicó un artículo en el Middle East Forum en el que instaba a Donald Trump y a su secretario de Estado, Marco Rubio, a reconocer formalmente Ceuta y Melilla como territorios marroquíes ocupados. Rubin fue funcionario del Pentágono durante la administración Bush. No es un opinador cualquiera, sino un analista con acceso a círculos de política exterior estadounidense.
En un segundo artículo, publicado el 16 de marzo de 2026, fue más lejos: pidió a Marruecos que organizara una nueva Marcha Verde hacia Ceuta y Melilla, sugiriendo que una ocupación pacífica no activaría la respuesta automática de la OTAN.
El argumento jurídico se apoya en el artículo 6 del Tratado Atlántico, que limita el paraguas del artículo 5 al territorio europeo o norteamericano de los aliados, a determinadas islas del Atlántico norte y a las fuerzas desplegadas en esa zona. Ceuta no está en Europa, ni en el Atlántico norte, ni por encima del Trópico de Cáncer.
El Gobierno español no ha dado respuesta jurídica pública a ese planteamiento. Tampoco lo ha hecho la OTAN.
El tablero real
Lo que está ocurriendo no es un debate académico. Es la acumulación de presiones sobre una ciudad que los sucesivos gobiernos de Madrid han gestionado como moneda de cambio diplomática durante años.
España cedió el Sáhara en 2022 sin contrapartidas verificables. Marruecos no ha abierto completamente las aduanas. Presiona sobre el espacio aéreo. Su lobby en Washington ha conseguido que analistas influyentes introduzcan la cuestión de Ceuta en el debate estratégico estadounidense. Y Donald Trump amenazó con romper relaciones con España los días 3 y 11 de marzo de 2026.
En ese contexto, la visita del rey a Ceuta no es un gesto menor. Para Rabat sería una declaración de soberanía. Para Washington, una provocación. Para Madrid, un coste que ningún gobierno ha querido asumir.
Entonces, qué hacer
Si la visita real no va a producirse, la pregunta no es cómo pedirla, sino qué hacer sin ella.
La españolidad de Ceuta no depende de una fotografía. Depende de inversión real, de infraestructuras, de presencia institucional efectiva, de aduanas abiertas y de derechos equiparables a los de cualquier ciudad española. Todo aquello que los sucesivos gobiernos han prometido sin cumplir.
Seguir pidiendo la visita del rey es más cómodo que exigir todo eso. Es un debate que no obliga a nadie a actuar, que se repite sin coste y que genera titulares sin consecuencias.
Los ceutíes merecen saber la verdad: el rey no va a venir porque los gobiernos de España han decidido que la relación con Marruecos pesa más que ese gesto. Y mientras Ceuta siga siendo una moneda de cambio en esa negociación permanente, ninguna moción ni declaración institucional va a cambiar esa realidad.
Lo que puede cambiarla es otra cosa: exigir que España deje de ceder sin contrapartidas, que las aduanas funcionen, que la economía local no dependa de Rabat y que la ciudad tenga el peso que le corresponde en los presupuestos nacionales.
Eso sí puede cambiar algo. La foto con el rey, no.