Opinión

El teatro de las luces mientras se apagan las neveras

Encedido de las luces de Navidad 2025 (84)
photo_camera Encedido de las luces de Navidad 2025

Jose Antonio Carbonell Buzzian

En Ceuta, los políticos estrenan traje para el postureo navideño mientras familias enteras deciden entre comer o encender la calefacción.

Otro año más, el mismo circo. Los políticos de turno se disputan el honor de apretar el botón que ilumina el centro de la ciudad. Sonrisas forzadas, palmaditas en la espalda, declaraciones grandilocuentes sobre "el espíritu navideño" y "la magia de estas fechas". Miles de euros en bombillas de colores mientras a escasos metros, en los barrios que nunca salen en las fotos oficiales, hay gente rebuscando en los contenedores.

No es una exageración. No es un recurso literario. Es Ceuta en 2025.

Mientras el alcalde y su séquito de concejales posan como reyes magos ante las cámaras, en el Príncipe hay madres diluyendo la leche para que dure más días. En Hadú, familias enteras se acuestan sin cenar para que los niños puedan desayunar. En la Constitución, ancianos toman la decisión diaria de si compran las pastillas o el pan. Pero eso no aparece en el programa de actos navideños.

La pobreza en Ceuta no es un dato estadístico abstracto. Tiene nombre y apellidos. Tiene rostros de niños que van al colegio sin desayunar. Tiene la cara de trabajadores que cobran sueldos de miseria y viven en pisos compartidos con otras tres familias. Tiene el cansancio de las mujeres que limpian casas doce horas al día por 400 euros al mes. Esa pobreza no es fotogénica, así que no interesa.

Lo que sí interesa es la campaña de imagen. Los políticos necesitan su ración anual de propaganda navideña. Necesitan demostrar que "se preocupan por la ciudadanía" organizando cabalgatas y conciertos, mientras los servicios sociales están colapsados y las listas de espera para ayudas básicas se eternizan. Necesitan hacerse la foto con alguna asociación benéfica, tras haber recortado las subvenciones que estas necesitan para funcionar.

La hipocresía alcanza niveles insoportables cuando los mismos que recortan en sanidad, educación y servicios sociales durante todo el año, aparecen en diciembre repartiendo cestas navideñas como si fueran benefactores. Como si unas lentejas y un turrón compensaran once meses de abandono institucional. Como si la caridad paternalista sustituyera a los derechos sociales.

Mientras tanto, Ceuta sangra. Las cifras de pobreza infantil son escalofriantes, pero nadie dimite por ello. El desempleo juvenil es desesperante, pero no hay consecuencias políticas. Las familias se endeudan hasta el cuello para sobrevivir, pero los presupuestos municipales siguen priorizando eventos, asesores y cargos de confianza.

Y llega la Navidad, y todo se disfraza de purpurina. Los mismos políticos que han contribuido a crear esta miseria estructural se erigen en salvadores navideños. Organizan cenas benéficas donde se gastan en vino lo que una familia necesita para comer un mes. Inauguran belenes gigantes mientras hay gente viviendo en infraviviendas sin agua caliente.

No hace falta salir de Ceuta para encontrar el drama. Está aquí, en cada esquina que las cámaras oficiales evitan enfocar. En cada familia que ha normalizado pasar hambre. En cada niño que sabe que en su casa no habrá regalos este año, ni el que viene, ni probablemente nunca.

Pero para los políticos, eso es invisible. Su Ceuta es la de los actos protocolarios, los brindis institucionales, las galas benéficas donde la élite local se felicita mutuamente por su generosidad. Su Ceuta no huele a humedad de las casas sin calefacción. No suena a estómagos vacíos. No se parece en nada a la Ceuta real.

Las luces navideñas se apagarán en enero. Los políticos guardarán sus sonrisas hasta el próximo evento fotogénico. Y la gente seguirá exactamente igual: jodida, abandonada, sobreviviendo como puede en una ciudad que brilla para las cámaras pero se apaga para los que la habitan.

Feliz Navidad. O no. Depende de en qué Ceuta vivas.

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