Cuando los hechos te pasan por encima

Carreteras asoladas. Árboles arrancados de raíz. Ríos desbordados. Pueblos evacuados. Casas anegadas. Infraestructuras colapsadas.

No es una película apocalíptica ni un documental de National Geographic.

Es España. Ahora.

Y lo más inquietante no es la violencia del fenómeno, sino la reacción de parte de la sociedad: negar lo que está ocurriendo mientras se pisa el barro.

Vivimos una época fascinante para los pseudocientíficos.

Gente que esta semana es experta en climatología, la semana pasada lo era en vías ferroviarias y accidentes de tren, y el mes que viene nos explicará con absoluta seguridad cómo funcionan los agujeros negros… todo desde el sofá y con conexión a internet.

No han leído un artículo científico en su vida, pero opinan con una fe ciega que ya la querrían muchos creyentes.

Porque no buscan entender: buscan confirmar lo que ya creen.

Y esto no es nuevo.

Hace no tanto tuvimos a un presidente de Estados Unidos —Donald Trump— sugiriendo públicamente que el COVID podía curarse bebiendo lejía o inyectándose desinfectante.

No fue una metáfora. No fue un bulo. Está grabado.

Ese mismo personaje ha negado reiteradamente el cambio climático, ha despreciado a la comunidad científica y ha tratado la evidencia como si fuera una opinión más.

Y millones de personas lo aplauden.

Porque cuando la ideología sustituye a la realidad, los hechos pasan a ser enemigos.

Negar lo que ocurre no lo hace desaparecer.

Solo te deja más expuesto cuando te estalla en la cara.

Y ahora vayamos a los datos globales que desmontan cualquier negación.

Los veranos en España son cada vez más largos, más calurosos y más extremos.

La AEMET confirma un aumento sostenido de las olas de calor y de las noches tropicales desde los años 80.

La contaminación del aire provoca unas 30.000 muertes prematuras al año en España, según la Agencia Europea de Medio Ambiente. No es una estimación ideológica, es estadística sanitaria.

El hielo marino del Ártico ha perdido más del 40 % de su extensión mínima estival desde 1979 (datos de la NASA, de la NASA, no de mi cuñado ni del experto de X).

El 90% del exceso de calor generado por el cambio climático ha sido absorbido por los océanos, que se están calentando a un ritmo sin precedentes, alterando corrientes, ecosistemas y ciclos de lluvias.

El 97% de la comunidad científica especializada coincide en que el calentamiento actual es de origen humano. No hay otro consenso científico tan amplio en ningún campo.

Otra cosa es que quieras creer al 3% restante o al Ojeda de Jerez, influencer y experto en clima.

Los aviones que fumigaban para que no lloviese han desaparecido; será cosa de Pedro (Perro para los amigos), Sánchez.

Negar esto no es escepticismo. Es analfabetismo científico voluntario.

Y aquí viene lo más importante: el clima no negocia.

Da igual lo que votes.

Da igual lo que creas.

Da igual a quién sigas en Twitter, TikTok o Facebook.

El viento, la lluvia y el calor nos igualan a todos.

Puedes negar el cambio climático todo lo que quieras.

Pero cuando el mar se calienta, se calienta.

Cuando el aire retiene más humedad, descarga más.

Cuando el sistema se desequilibra, rompe por algún lado.

Negarlo no te protege.

Solo te deja más indefenso. Porque el cambio climático no es una opinión incómoda.

Es una factura.

Y ya ha empezado a llegar.

Y para los que lo siguen negando por puro fanatismo ideológico, una mala noticia: la física no debate, el clima no negocia y la atmósfera no entiende de banderas. El CO₂ no se ofende y el calor no rectifica. Negar la evidencia no te protege, solo te deja más expuesto. El planeta no os va a convencer: os va a pasar por encima.