S.J.
Uf, vaya pregunta, ¿no? Si Dios existe… y cuál Dios. Vi ayer una película basada en hechos reales: La cosa de Cristo. Un matrimonio feliz (él, periodista afamado; ella, ama de casa, ambos firmes ateos) tiene un día un percance con su hija de 5 años, que está a punto de morir atragantándose con un trozo de comida en un restaurante, pero una enfermera la salva. Esa enfermera les dice que den las gracias a Dios, y eso hace que la esposa empiece a “creer”, lo que provoca un cisma en el matrimonio, puesto que el marido es un defensor a ultranza de la ciencia y no de la fe. Si quieren verla, está en Prime.
Esto, unido a que el otro día hablé por teléfono con mi amigo Rafael Padilla —cristiano de los buenos, casado con Rocío, ex profesora de Derecho Canónico en Jerez— y, según él, no estamos tan alejados ideológicamente (seguramente porque estamos más cercanos de corazón), me hizo pensar en si Dios existe o no. Como nota: mi padre y mi madre fueron cristianos de fe, un hermano mío es hermano mayor de una de las hermandades más famosas de Jerez y mi hermano pequeño carga en tres pasos… No soy dudoso en ese sentido.
Yo sí creo que existió un personaje llamado Jesús, que nació pobre en un portal en Belén y, con diferencia, es el personaje histórico con el que a mí me gustaría cenar si pudiese elegir, muy por delante de Leonardo Da Vinci o Mónica Bellucci. Rafael me dijo que no estamos tan alejados ideológicamente porque los dos defendemos, por ejemplo, el imperativo categórico de Kant, que dice que matar está mal. Es curioso, muy curioso, cómo para muchos ese imperativo moral —matar— se aplica en unos casos y en otros no (lo cual ya rompe el imperativo…).
Los cristianos, los que dicen que se sienten cristianos, no deben olvidar que ese personaje, ese Dios al que adoran, dijo, entre otras cosas: “No matarás” o “Amarás al prójimo como a ti mismo…”. El periodista de la película no pudo obviar que más de 500 personas vieron a Jesús después de muerto, de igual manera que no pudo sostener su teoría de que quizás no murió en la cruz. Las lesiones eran de tal gravedad que está demostrado que cuando Longino le clava la lanza en el costado, Jesús ya ha muerto. Amén de que los evangelios de la época demuestran la existencia de ese personaje.
El “problema”, para mí, es cómo muchos cristianos dicen llamarse cristianos cuando sus actos lo contradicen. No me vale que te metas debajo de un paso como costalero si el resto del año le haces la vida imposible a tu mujer. No me vale, de igual manera, que utilices a tus hijos contra el padre o le pongas denuncias falsas aunque lleves un crucifijo en el pecho. No me vale que, vestida con tu mantón de Semana Santa y llorando al paso de la Virgen, digas que la culpa de los que se mueren en el mar es de ellos porque lo mejor es que se queden en su país. No me vale que, vestido de legionario y tocando detrás de Cristo "Soy el novio de la muerte", trates con menosprecio a tus subordinadas en el cuartel.
No, lo siento, no me vale nada de eso. No es solo un ejercicio de hipocresía y cinismo… es que estás en la otra punta del pensamiento de ese Dios al que idolatras. Y esto no va de buenos o malos, de derechas o izquierdas, o de blancos o negros. No. Esto va de sentido común.
Cuando Jesús dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí”, no distinguía por razas o credos. También podría referirse a los niños palestinos, por ejemplo. Esos que de manera inmisericorde son asesinados sin piedad por un asesino —sí, un asesino— Netanyahu. Una cosa es tener derecho a defenderte de un ataque criminal de Hamás y otra muy distinta aniquilar sin compasión a decenas de miles de bebés o niños. Una cosa es defender a la población iraní de un régimen teocrático y criminal como el de los ayatolás y otra muy diferente bombardear una escuela y matar a unas 170 niñas.
Curioso, por cierto, el hecho de la repentina preocupación de muchos por los derechos de las mujeres iraníes (las de Arabia Saudí importan menos), y a la vez llaman violencia “doméstica” al dato de que en lo que va de año han sido asesinadas trece mujeres a manos de sus maridos y cero maridos a manos de sus mujeres. Está bien, no voy a discutir por algo semántico, de igual manera que no voy a entablar una charla con quien es incapaz de reconocer que puede equivocarse o que cree llevar siempre la razón; es cansino…
El periodista no pudo demostrar que Dios existe, pero tampoco que no existe. Y yo… yo no lo sé. Quiero creer que sí existió un buen hombre llamado Jesús. “Buenismo” llaman algunos a mis opiniones y lo critican. Curioso, cuando eso es precisamente lo que predicaba el Dios en el que ellos dicen creer: hacer el bien y amar. Y eso es lo que falta hoy en día, para mí: amor.
Si tu solución a los problemas es “hay que expulsar a todos los moros de España” (salvo a los ricos, a los que se les da la nacionalidad bajo ciertos requisitos…), tú eres muy poco cristiano o necesitas leer un poco los evangelios al menos. Porque sí, conozco —y esto no es ironía— a musulmanes malos de verdad, malísimos, tanto como José Bretón o los asesinos de Marta del Castillo, pero me niego a pensar en malos y buenos sin más.
Y no sé si Dios existe. Pero una cosa sí sé: si existe, yo creo que Netanyahu arderá en el infierno (que también existirá), y muchos de los que dicen llamarse cristianos tendrán que pasar una reválida con San Pedro antes de entrar en el reino de los cielos (que Ayuso le entregue las llaves de la ciudad al asesino habla más de su no cristianismo que de otra cosa, en su conciencia quedará, si es que la tiene...).
Lo de Trump es de psiquiatría más bien, no sé cómo andará el Jesús en ese tema y si también los tiene a nómina allí arriba.
Y quizá —solo quizá— el problema nunca fue si Dios existe o no, sino si nosotros somos capaces de comportarnos como si existiera. Porque creer no es llevar un símbolo al cuello, ni emocionarse un día al año, ni señalar al diferente desde una supuesta superioridad moral. Creer, si es que significa algo, debería notarse en cómo tratas al que tienes enfrente cuando nadie te está mirando. Y ahí, me temo, es donde más fallamos, todos. Amén.