La feria del caballo de Jerez de la Frontera

Feria del Caballo en Jerez

S.J. 

El olor, el albero, las luces, las sevillanas, el paseo, las bulerías...
No, no soy el típico jerezano estirado de: “Jerez es lo mejó del mundo”.
No, no tengo ese ramalazo jerezano/sevillano, pero una cosa sí digo: la feria del caballo hay que verla y vivirla al menos una vez en la vida. Dato.

Llevo más de veinte años en Ceuta, feliz, pero salvo mi periplo londinense, he pasado más de media vida en Jerez. Aquí nací y mamé muchas cosas. Yo viví al lado del barrio de Santiago, yo jugué en el equipo de fútbol de los gitanos en Jerez, grande el Flamenco Club de Fútbol. Yo jugué con cartones de portería, zapatillas medio rotas y la policía quitándonos la pelota de badana.

Y no es ya venir a la feria, no. Es lo de siempre: llegar y comer en casa de Carmen, su abrazo y que te diga: “te quiero, hermano”, que ya sienta mejor que el potaje que me como a continuación...

Es pasarme a ver a Marcela, ay... su tito Favi.

Es el desayuno con los amigos, los de siempre, los del colegio. Es escuchar a Fernando decirme que lo tengo harto por muchas cosas, que me duela pero pensar que a lo mejor tiene razón. Es irme a correr con Migue, que me saque la lengua en diez kilómetros pero que siga siendo un ejemplo para mí de constancia.

Es el jueves de feria, día oficial de la comida de amigos.
Caseta de Luciano, el letrado que nos lleva los asuntos jurídicos; Fermín, despertando su ansia como “cantaor” emergente; Montoya, el gitano que a mi pesar dice que ya no baila más en la feria.

Los cuatro en la feria: Luciano, Fermín, Montoya y yo; todos con camisa y chaqueta, menos yo, a pesar de los ruegos de Fermín (siempre privilegié la comodidad frente a la elegancia en lo que al vestir se refiere).

Es el rebujito, que me bebo sin ganas al principio y más fácil al segundo o tercero antes de parar.

Es quedar con Rafael Padilla, el catedrático lejano ideológicamente y cercano en sentido común; es ver a Padilla, pero este Juan José, compañero de Universidad; es sentarnos los tres a hablar de lo divino y de lo humano.

Es el baile, cómo se baila y se canta en Jerez. Te puedes apuntar a una academia quince años en Japón, sí, pero para bailar como en Jerez, compadre... eso ya es otra cosa.

Es el lenguaje: “quillo, ¿qué? ¿Bien no, ompare? De lujo, ¿y tú? Yo na, pero bien también. Arza”.

Y sí, claro que podría hablar de política, de fútbol, de redes... pero, ¿para qué?

Ábalos, Koldo, las señoritas, el polvo blanco, la Kitchen, la sanidad en Andalucía, etcétera, etcétera. ¿Para qué?

Qué graciosos PP y PSOE echándose en cara sus casos de corrupción.

Qué gracioso Abascal —el del partido con ciertos tintes preconstitucionales— diciendo que es el único que defiende el campo andaluz pero callando con los aranceles de Trump al campo andaluz. De traca.

Qué gracioso escuchar a Ábalos y compañía mentir sin pudor en el juicio.

Y por cierto, a colación de las señoritas y el enchufismo: eso ha existido siempre. Los ayuntamientos de Jerez y Ceuta son un buen ejemplo. La mayor parte del sueldo se va en personal, pero todos miran para otro lado porque hoy es por mí y mañana por ti.

Yo no me creo —ingenuo que soy— que haya familias (con apellidos "ilustres"), donde todos los miembros son unos máquinas y hayan aprobado oposiciones a Policía Local, Bomberos o Portuaria.

En el Ayuntamiento de Ceuta no hay ni Relación de Puestos de Trabajo... mejor así y no destapamos lo que todos saben.

¿Las redes? Puf.
Escaparate para escotes prominentes, bailes ridículos de gente que ya peina canas, gimnasios donde fluye la química, parejas con sus fotonovelas y sus indirectas quinceañeras, mucho contenido pueril, algún que otro bufón que habla de política y, en general, autoestimas muy bajas disfrazadas de “sé tú mismo” o “quiérete mucho”. Mucho Pablo Coelho disfrazado.

Para todo eso prefiero hablar de cosas que me dan paz. Y quizá ahí está la clave de muchas cosas.

Hay personas que no saben vivir en paz porque la calma les incomoda, porque necesitan el ruido constante, la tensión, el drama o esa montaña rusa emocional que terminan confundiendo con sentirse vivos. Pero llegados ciertos momentos se puede entender que la tranquilidad no es aburrimiento, sino un privilegio.

Por eso Jerez no es solo la feria, en absoluto. La feria es la excusa.

La excusa para volver a lo importante.

A los abrazos sinceros.

A los amigos que siguen estando treinta años después.

A los hermanos.

A las bromas repetidas mil veces.

A las conversaciones sin filtros.

A los sitios donde nadie necesita aparentar nada para sentirse querido.