Opinión

El privilegio de un café

Operación Paso del Estrecho OPE 2023 puerto cafetería café
photo_camera Un café

S.J. 

Te levantas un día por la mañana, vas al baño, luego a la cocina y te preparas un café. Solo en esas acciones ya hay motivos para dar gracias.

Gracias porque ya no te acuerdas de que hace unos meses te dio lumbago y no podías ni moverte, amén de que puedes pisar el suelo olvidando el esguince aquel que te martirizó. Cuando has ido al baño has hecho pis, sin más, ni lo piensas, ya…, porque la infección de orina aquella que te hacía ver las estrellas ha quedado atrás.

Has abierto la cafetera y, lógicamente, ni has pensado lo afortunado que eres porque cuando te torciste la muñeca y no podías ni abrir la puerta de la calle lo olvidaste; amén de que te tomas el café, disfrutándolo sin pensar en aquellas semanas de ansiedad donde tenías que tomar por la mañana tila o, en el mejor de los casos, café descafeinado.

Y así te vas a la calle, coges el coche, vas a la compra, haces deporte, sacas al perro, ves la tele y mil cosas más que hacemos durante el día, casi millones diría yo, sin pensar en lo afortunado que eres.

Vivir, lógicamente, dando gracias por cada cosa "insignificante" que haces durante el día sería vivir en un estado dopamínico tal que sería inviable, aunque me consta que hay personas capaces de apreciar esas "insignificancias".

Dos películas que he visto en Netflix en estos dos días:

50/50

Caramelo

La primera de ellas ya sabía de qué iba: chico joven al que, con 27 años, le descubren un tumor en la espalda. La segunda no lo sabía, pensé que era sobre un perro, Caramelo, pero el trasfondo de la película es también dramático: chico joven que consigue el sueño de su vida, ser chef, y poco después le diagnostican un tumor en la cabeza.

Ojalá nunca jamás me tenga que ver en la tesitura de comprobar qué importancia le doy a las cosas de la vida que hoy día me desequilibran porque, desgraciadamente, tengo un tumor. Pánico es la palabra que siento solo de pensarlo. No soy hipocondríaco, no, pero sí que cada dolor de espalda, de estómago, de cabeza me hace pensar. Y los pensamientos me llevan al pesimismo más lúgubre.

Mis hermanos, todos vivos, mis amigos igual. Llegará el día que empiecen a faltar, uno a uno... Mis padres ya no están; mi padre, precisamente, por un cáncer.

¿Cuántas veces nos juntamos con nuestros amigos o hermanos, desde una reunión informal a una celebración más popular, tipo Navidades, sin apreciar algo que algún día no podremos hacer?

Sí, lógico, un problema en el trabajo, una ruptura sentimental, un no poder llegar a fin de mes, y un millón de cosas más que es normalísimo que te afecten (les habla un experto en desestabilizarse por cosas intrascendentes), pero incluso en todas esas situaciones, ¿las vería igual el que está sentado en el hospital recibiendo quimio?

Sí, claro que soy un pesimista, un nostálgico empedernido y una piltrafa en la gestión de emociones, pero también tiene su parte positiva: los desayunos son fuente de felicidad con mi periódico delante; el sofá viendo una peli con León al lado (y si ya empieza a llover y a hacer frío ni te cuento) son momentos sagrados.

León, al que, dicho sea de paso, con 12 años llevo unas semanas cogiéndolo de madrugada cuando me levanto al baño y me lo pongo al lado porque cada día suyo son semanas mías y necesito abrazarlo... Ver a mis hermanos o amigos una vez al mes me llena de ilusión. Preparar o imaginar viajar aquí o allá me entretiene. Entrenar, correr, nadar, me hace creer que no envejezco (¡ja!, carajote soy tela).

Sí, es difícil mantener un equilibrio entre lo que haces y lo que deberías hacer: ¿tanto pánico en invitar a café a aquel muchacho que te atrae en el trabajo? ¿tanto miramiento a la hora de pedir perdón a esa persona a la que lastimaste? ¿tanto problema en decirle a tu amiga que no te gusta que se porte así con su marido? ¿tanto miedo en mandar a la mierda a ese novio que te hace la vida más difícil y que no te da paz?

En fin, solo trataba de decir, seguramente sin éxito, que deberíamos tratar de vivir siendo más felices, más en paz y disfrutar más de las miles de cosas diarias que no apreciamos. ¿Acaso no estás mirando a tus hijas sentadas ahora mismo en el sofá, llenas de salud, discutiendo sobre qué película ver hoy?

Y quizá ahí esté el secreto: no en esperar milagros, sino en darnos cuenta de que ya los tenemos delante. Un cuerpo que responde, una mascota que te busca, una familia que sigue viva, un café caliente que huele a rutina. Todo lo que hoy das por hecho, alguien en algún sitio lo está suplicando. Y entender eso, aunque sea por un instante, ya es una forma de fe.

P.D. Un musulmán joven de izquierdas gana la alcaldía de Nueva York. A ver si se le atraganta la comida a Trump.

P.D.2 Nuestro rey emérito, el campechano pero corrupto, el que da igual lo que haga porque la gente lo quiere (viene a Ceuta y se llenan las calles para aplaudirle fijo así Delinca hasta morirse, dice en sus memorias que sí, que ha sido infiel, pero "solo un poco"). Yo me lo como, en serio, pa comérselo.
 

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