Opinión

Real Madrid 2 Barça 1, y el Paquete Club de Fútbol

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S.J.

Vamos a hablar de fútbol, ya puestos, que la política cansa (para mirarse las sesiones de control en el Congreso), ya puestos, que la familia está más o menos bien, ya puestos, que León envejece adecuadamente (dermatitis aparte).

Primer derbi de la temporada: ganó el Madrid. Para mí fue mejor, con independencia de mi tendencia merengue. En realidad, el artículo va de fútbol, sí, pero también de algo de sociología. De hecho, no voy a hablar solo del Madrid...

El partido tuvo sus polémicas (para mí Carvajal le hace un penalti estúpido a Araujo), sus roces, sus broncas, etcétera. Normal, seguramente, dentro de un partido a ese nivel (aunque yo opino que hay mucho niñato millonario dentro del terreno de juego, independientemente de que ni sé qué dijo Yamal durante la semana porque no me interesa, ni me importe el cabreo de Vinicius cuando lo cambian).

Vimos más que palabras entre los jugadores y un público “exaltado”; nada comparado con lo que vi yo el sábado cuando fui a ver jugar a uno de mis sobrinos, que juega —y de ahí el título del artículo— en el Paquete Club de Fútbol (sí, ya… mira que había nombres para elegir).

Mi conclusión es clara: muy pocas cosas suceden en España en partidos de alevines, infantiles, etcétera, sin que haya alguna tragedia.

Vergüenza auténtica es lo que siento cada vez que voy (voy poco, pero iré menos) y veo a unos cuantos —con tal de que sean dos o tres ya la tenemos— energúmenos desahogando sus frustraciones diarias en un campo de fútbol con niños de 9, 10 o 16 años.

Insultos a niños de un equipo, sin saber que el padre o la madre de ese niño puede estar al lado; insultos al árbitro (otro niño de 15 o 16 años)… y ahí que va, cerveza en mano, barriga cervecera y vocabulario quijotesco.

Y ahora dile tú: “Perdone, ¿no se da cuenta de los improperios que suelta usted por la boca?”. Claro, lo primero que haría sería preguntarte qué lo has llamado, y para que te entienda tendrías que decirle: “Oye, pedazo de burro, deja de soltar mierda por la boca y compórtate como un adulto”.

¿Problema? Si se te ocurre decirlo, ya la tenemos montada. Empieza la trifulca, porque el ceporro solo entiende de insultos y puñetazos, y en ese terreno se mueve más cómodo que la mayoría de la gente. Total, que te callas, te haces el sordo o te vas, y seguro que en un rato te alegras.

El fútbol de niños en España se ha convertido en un vertedero de insultos, con madres muchas veces más histéricas que los padres (mi padre jamás fue a verme a esas edades, gracias, papá), y un sacadineros, porque, lógicamente, hasta para jugar al fútbol hay que pagar… aunque sepan el padre, la madre y el cuñado del niño que lo mejor que le puede pasar es que no deje los estudios.

Poca policía —cero— veo yo en esos sitios, que son en potencia un escenario de violencia múltiple. Y de ahí algunos vídeos que vemos de vez en cuando en la tele, de padres, madres y niños enzarzados en broncas bajunas.

¿Qué haría yo? Lo siento por aquello de “justos por pecadores”: los familiares del niño no pueden entrar a ver los partidos, o al menos aquellos que muestran conductas agresivas. Claro, que si luego estos padres se van a su casa y ven un Madrid-Barça convertido en un partido de regional, con futbolistas que cobran millones comportándose como macarras…

En fin, pues a esperar a la siguiente pelea gorda, que grabarán los espectadores in situ y colgarán en TikTok, esa red social que es un esperpento de hasta dónde pueden llegar algunos/as para llamar la atención.

El problema no es que los niños imiten a los mayores; el problema es que demasiados adultos siguen siendo niños, pero de los que no aprendieron o no supieron darles un mínimo de educación.

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