Hoy es Día de Reyes. Regalos, niños nerviosos, cafés bonitos, mensajes de “feliz día” y alguna que otra sonrisa automática. y yo vengo de un tanatorio.
De dar el pésame a una amiga porque se ha muerto su madre.
La vida es así: mientras millones de personas disfrutan de sus regalos, sin más y como debe ser, a otras, la persona más importante de sus vidas se les ha ido.
Y yo, un pesimista recalcitrante, que piensa mucho más de lo que sería sano en que esto se acaba; que cada vez que me reúno con mis hermanos los miro sin que ellos se den cuenta y pienso: estamos los seis, seas el Dios que seas, déjanos juntos todo lo que puedas;
que cada vez que estoy con mis amigos disfruto de ellos como ellos no pueden imaginar;
yo, que algún día imagino que León abrirá la boca para decirme: “No me des más besos, por favor, ya está bien”;
yo que, cada vez que lo miro con sus doce años, no puedo dejar de pensar que un día se me irá junto a todas las vivencias y personas asociadas en mi vida a él;
yo, que sigo creyéndome un niño —mi madre siempre me decía “mi Zarvi, ni niño”, tuviera la edad que tuviera—; todos esos yoes que disfrutan de cada viaje, de cada desayuno, de cada día sin dolor, de cada charla, de cada sol…, no puedo dejar de pensar que esto se acabará algún día.
Mis hermanos son mi raíz, mis amigos mi refugio, y León mi lección diaria de amor sin condiciones. Con ellos no necesito demostrar nada, ni fingir fortaleza, ni correr. Basta con estar. Y quizá por eso duelen tanto solo de pensarlos ausentes: porque son la prueba de que lo importante no hace ruido, no presume, no avisa… pero sostiene todo.
Y entonces pasa algo curioso: durante unos minutos —a veces horas— todo se recoloca.
Las tonterías pierden peso.
Los enfados se ven ridículos.
Las prisas parecen estúpidas.
Y lo importante aparece con una claridad incómoda.
Pensamos poco —muy poco— en la cantidad de cosas que damos por hechas.
Levantarnos sin dolor.
Abrazar a alguien.
Llamar a nuestra madre.
Tomar un café sin pensar en nada.
Que el día transcurra “normal”.
No lo agradecemos.
No porque seamos malas personas, sino porque somos humanos.
Porque agradecer constantemente sería agotador.
Porque vivir con la conciencia permanente de que esto se acaba sería insoportable.
No escribo esto para deprimir a nadie.
Ni para hacer filosofía barata de sobremesa.
Lo escribo porque hoy, Día de Reyes, la vida me ha recordado —sin delicadeza— que no entiende de celebraciones.
Que no mira el calendario.
Que no pregunta si hoy tocaba alegría o duelo.
Lo único verdaderamente nuestro es el tiempo.
Y lo gastamos como si fuese infinito, y no lo es...
Así que quizá hoy, además de regalos, estaría bien regalar presencia.
Una llamada.
Un abrazo.
Un “te quiero” sin motivo.
Un estar, simplemente estar.
Porque la vida es caprichosa, porque yo estaba en el sofá y suena el teléfono para decirte que alguien ha fallecido.
Y porque esto —aunque intentemos no pensarlo— se acaba.
P. D. Lo de Trump y Groenlandia, para otro día.