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La azarosa historia de la Cruz de Jesucristo

Madrid- Es frecuente escuchar que «si se juntasen todos los supuestos fragmentos de la Cruz tendríamos un bosque». Otros hablan de «un barco» o «una flota». La frase la inventó el reformador protestante Calvino en el siglo XVI, hostil a las reliquias católicas. El arquitecto y arqueólogo Charles Rohault de Fleury escribió un libro en 1870 asegurando que había desarrollado un inventario de todas las astillas minúsculas y que, juntándolas todas, no tenían ni un tercio del volumen que le calculaba a la cruz de Cristo. También refutaba a Calvino el famoso escritor inglés Evelyn Waugh, en su novela de 1950 sobre Santa Elena, madre del emperador Constantino y descubridora del leño de la Cruz en Jerusalén en el año 326. Con casi 80 años, Elena ordenó excavar en el monte Calvario. Encontró tres cruces en una cantera bajo un templo pagano, construido por los romanos sobre un lugar de veneración cristiana. Según la tradición, una enferma se curó al tocar una de las cruces, determinándose así cuál era la de Cristo. Elena dividió el madero en tres. Una parte quedó en Constantinopla y desapareció en una batalla en el siglo VIII; el pedazo que quedó en Jerusalén se perdió en una batalla de los cruzados en el siglo XII. La parte de Roma se conserva en la Basílica de la Santa Cruz (construida sobre tierra traída de Jerusalén) y de allí salen muchos fragmentos que se han repartido por Europa. Algunos de los trozos más grandes se pueden venerar en Nôtre Dame (París), Gante (Bélgica) o en la catedral de Oviedo. Uno de los cuatro pilares frente al altar mayor de la Basílica de San Pedro en Roma contiene un pedazo. Otro fragmento se encuentra en la cima del obelisco de la Plaza de San Pedro. Pero la reliquia más grande se conserva en el Monasterio de Santo Toribio en Liébana, Cantabria. En 1958 un estudio concluyó que su madera podía ser de tiempos de Cristo y de un tipo de ciprés común en Israel.