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Opinión

¡Vae victis!

En el siglo IV a. C. una horda de galos, de la tribu de los senones, venció a los romanos en la batalla de Alia. Los supervivientes derrotados se refugiaron en la colina del Capitolio. El ejército galo los rodeó y se dispuso al asalto. Después de varios intentos frustrados de ataque frontal, descubrieron un sendero que haría posible sorprender a los sitiados. Los gansos capitolinos, con sus graznidos, alertaron a los romanos de que estaban siendo atacados por el flanco. Esto les permitió rechazar una vez más al enemigo, aunque no impidió el expolio y el saqueo del resto de la ciudad. Finalmente, los romanos, asediados por los galos, tuvieron que aceptar unas condiciones inicuas para conseguir el levantamiento del cerco.